Carta al Viento: El Roque Nublo y Dios
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Por: Jesús Vega Mesa |
El viernes pasado
estuve al ladito mismo del Roque Nublo.
Unas cien personas del municipio de Agüimes y pueblos vecinos decidimos hacer
senderismo y partimos desde la Cruz de Tejeda. Cuando subíamos en la guagua,
cada uno hablaba, espontáneamente, del
lugar donde vive: Yo vivo en Agüimes pero soy de Ingenio, decía una señora. Y
yo soy de Agüimes, pero vivo en Ingenio, comentaba otro señor. Y los de Las
Rosas dialogaban de los últimos
acontecimientos del barrio. Manolo invitaba a las próximas fiestas de Arinaga
para celebrar a San Martín de Porres y así, cada cual expresaba a su modo el
amor por su pueblo y por su barrio.
Cuando empezamos a
caminar, pendiente arriba entre los pinos, las conversaciones también iban cambiando. El tema ahora era la sequía y los incendios que, por desgracia, han
sufrido casi todas las islas en los últimos años. O la alegría de poder
disfrutar de paisajes tan hermosos a pesar de la falta de agua y sin salir de
nuestra tierra. O la necesidad de hacer los esfuerzos que sea para que, ahora y
en el futuro, mantengamos vivos y limpios nuestros bosques.
En el grupo iban
personas de todas las edades. Los niños habían empezado a caminar con
mucho entusiasmo y energía, adelantándose,
incluso a los dos excelentes guías, Bordón y Manolo, uno de Agüimes y otro de
Ingenio. Mientras atravesábamos los
pinares, cada vez más frondosos, se iban
sucediendo esas simpáticas anécdotas de
toda caminata: el resbalón de alguno, las fotos más ingeniosas o la parada para reponer fuerzas y que ayuda a
compartir lo que cada uno lleva. El
camino se iba haciendo un poco más duro y la relación entre todos, sin embargo,
cada vez más cordial. Y otra vez, un cambio en el tema de las conversaciones: el trabajo y, sobre
todo, la falta de trabajo; las catequesis y las diferencias que hay
entre algunas parroquias cercanas, el colegio y los comedores escolares, el
independentismo de algunas comunidades o los gastos superfluos que todavía
hacen muchas de nuestras instituciones.
Estamos ya en el
último tramo, con un cielo intensamente azul en la zona de Los Llanos de la
Pez. Algunos niños preguntan si falta mucho para comer. Hace calor y los que
llevan agua la ofrecen con mucha amabilidad. Los guías preguntan: ¿Alguno
quiere subir al Roque Nublo? Y aclaran: Tendremos
que invertir como hora y media más de
camino. ¿Alguno se apunta?... Y, para sorpresa de todos, la mayoría, empezando por los más pequeños,
dicen que sí. Otra vez subir entre los
pinos, atravesar el campamento del
Garañón, caminar sobre la presa convertida en charco, otra subidita más… y
allí, dominando toda la Isla, como signo de de fortaleza y unidad, nuestro
Roque Nublo. Al llegar a él, muchos se
emocionan. Otros lo tocan y besan con devoción como si besaran a la Isla
entera. El objetivo se ha cumplido. Desde
arriba, todo es distinto. Los pueblos se ven pequeñitos. Observamos la isla, y
pensamos que vale la pena tener una
mirada más abierta. Que hay que amar nuestro barrio y nuestro pueblo pero con
horizontes más amplios que no mengüen el amor y el respeto a toda la isla y
todo nuestro mundo. Allí, junto al Roque Nublo, casi tocando el cielo, cercanos
a una nube que pasaba, comprendimos que muchos de nuestros problemas son más
llevaderos cuando los miramos con más perspectiva.
Al bajar todos teníamos algo que comentar: La belleza de
nuestra tierra y el orgullo de pertenecer a esta Isla y la responsabilidad de todos de cuidarla y la
importancia de sentirnos unidos, no importa donde viva o haya nacido cada uno.
De regreso a
nuestro municipio, ya en la guagua, alguien me comentó con emoción.
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Es la primera vez que subo al Nublo. Y
pasaron por mi mente tantos buenos sentimientos que yo creo que allí
estaba Dios.
Comentarios
Por algo será que el contacto con algo trascendente es la primera invitación que ofrece el lugar.
Muy bien apreciado.