Cuento de los Finaos.
![]() |
Por: Sergio Naranjo |
Allí donde confluyen las lindes de Santa Brígida, Teror y San Mateo, virando al naciente, había un señor mayor, viudo, que dormía cada noche en casa de una de sus hijas, y por la mañana, rayando el alba, echaba gofio en una escudilla y se iba a unas tierrillas suyas, una cañada más allá, donde tenía cabras. Siempre ordeñaba una sobre la escudilla, desayunaba, se echaba una cachimba y después se iba a sus quehaceres hasta la hora del almuerzo.
Aquella mañana, en pleno ordeño, al hombre le llegó la Hora, y escarranchado con las manos en las tetas --con perdón-- entregó su alma. Viendo que no llegaba el padre a la hora convenida, se acercó la hija al lugar y encontró al hombre tieso, más de ocho horas después.
Poner aquel cadáver derecho dentro de la caja resultó muy complicado, como es de imaginar, y se solucionó a base de unos amarres y nudos con sogas que vencieran de algún modo la tensión que deben soportar. Se hizo el velatorio y se fue pasando la noche.
Allá que fue llegando la hora tercia y todo el mundo se fue retirando, se quedaron en la casa mortuoria, donde se hacían los velorios hasta hay más allá, los doloridos. Unos, vencidos por el sueño, adormilados en la sala que se dispuso. Otros, fumando o conversando, en las afueras de la casa. Alguien preparaba un caldo, un café, un ron...
En esto que un nudo principal, fuera porque no estaba bien hecho, fuera porque no resultó suficiente, se rompió, y el cadáver, de improviso y como un rayo, se quedó sentado con las manos abiertas. Por lo visto, unas mujeres que estaban allí se despertaron del viaje y alguna hubo que del soponcio a pique estuvo de espicharla también. Y de los que se pudieron mover, fue la cosa que el que menos corrió llegó hasta el Llano de María Rivera.
Comentarios
Perico Dominguez Herrera
Mi madre siempre me ha dicho, poniéndose solemne: "A ti te ha parío yo, pero qué rarito sos, mi niño."