Vivencias de un tenoyero - La Ganadería (Capítulo tercero y último)
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Por Tino Torón |
En aquellos tiempos, no solo había animales en las fincas,
también existían los animales domésticos en las casas, tanto en solares como en
las azoteas, entre los mas eran las cabras, gallinas, conejos y algún
aficionado un palomar y tanto en fincas como en algunas casas los cochinos, en
este caso el día de la matanza se festejaba con un gran ritual, participando
vecinos y amigos, recuerdo de verlos matar en la misma calle en la zona del
Salvial de los conocidos mil quinientas, en la acequia hoy llamada Calle
Acequia por Celito el Zulaquer y en la finca del Provisor. Del preciado animal
se hacían morcillas, chorizos y se guardaba entre sal, recuerdo de ver los
vendedores de cochinillos de Ingenio, uno de ellos cuando venía se quedaba en
una finca cerca de la casa de mis abuelos.
Como decía, por
no decir en todas teníamos animales, tanto es así que habían varios que tenían
machos, que iban por las calles dejando ese fuerte olor que nos penetraba,
antes de llegar y a lo lejos ya lo percibíamos, otros la llevaban al macho
tirando por la cabras por la calle, sobre todo eran niños que después de salir
de las escuelas, pues los padres estaban trabajando, cuando llegaba a la casa la madre le preguntaba:” cogió macho
mi niño” y recuerdo en mi caso que la mujer me atendía, ya que el marido estaba
trabajando y le preguntaba, quedando en silencio, contestándome: pues no sé mi
niño.
De los machos
tengo varias “anécdotas y curiosidades variadas” y apodos que me permitan cariñosamente
publicar mas adelante y con la colaboración de
ustedes completarán.
Los niños
teníamos que ir a buscarles de comer, rastreando laderas en busca de hierbas, a
los tomateros en fuera de zafra y a las fincas en busca de hojas de platanera y
tallos, pues del rolo sacaban las tiras para venderlas, cuando había una sacada
de papas íbamos en busca de ramas. Mis padres tenían unos pequeños terrenos en
Caña Honda y me mandaban a mí en busca de millo en rama que con el sol me
cortaban el cuello, así como frutas para vender a las tiendas sin poder
descargarme por el camino, todo esto me ha servido para valorar ala vida.
Había familias
que vendían los huevos para subsistir
como la leche, que era muy solicitada y quesos, recuerdo de oír: mi hijo se
crió con la leche la cabra, cuando un niño estaba enfermo buscaban la mejor
leche incluso de favor.
Por mi pueblo
llegué a ver al cabrero con varias cabras vendiendo leche, ordeñándolas delante
de los clientes y en la zona de la isleta frecuentadas desde niño a casa de mis
tíos llegué a ver grandes ganados de banda a banda por las calles que con los
cencerros y dispersos balidos, con esa musiquilla tan natural, llamaban a los
clientes, de esas cabras llegaban los estiércoles que le llamábamos estiércol
del puerto, mezclados con aserrín que los niños registrábamos a ver si nos
encontrábamos algo de valor.
En aquella época
al pasar por las calles oíamos los balidos, las gallinas cacarear, los perros
ladrar, percibiendo los olores incluso de tierras que perfumaban a hierbas
aromáticas a todas horas, el pasar de las mujeres con cargas a la cabeza y los
hombres al hombro de los trabajos, había quién tenía un burro, animal muy
frecuentado en las fincas, panaderos, vendedores ambulantes… luego venían las
recogidas de estiércol que se vendía por lo que muchos apañaban recorriendo
carreteras y laderas, no dejaban caer una hoja.
Cuando pasábamos
por las calles y callejones, percibíamos el balar de cabras y baifos, estos
bajo una cesta para que no comiera tierra y aprovechar el cuajo, el ladrido de
perros, el piar de las gallinas y los pájaros, casi todos teníamos canarios,
mirlos,….hasta periquitos, loros, todo se vendía y los que venían cantando
“gallinas cueros y baifos” con un palo atravesado en el hombro colgando en los
extremos las compras de gallinas boca abajo, incluso se intercambiaban unas
gallinas por otras, sin dejar atrás la figura de los marchantes y matarifes, de
los que algunos he entrevistado con una gran historia personal increible, que
nos llama la atención.
Cuando una
cabra, vaca, oveja paría había quienes peleaban por el beletén, en los pueblos
todos nos conocíamos (Tenoya sigue siendo pueblo) y tanto que cualquier noticia
se difundía rápidamente, pues tanto cuando iban a lavar, a buscar agua al
pilar, a la tienda “los ecos llegaban al último rincón”.
En vista de la
cantidad, las matanzas eran casi a diario e inclusos había robos sobre todo de
gallinas y huevos, un amigo mío le quitaba los huevos a la madre e iba a la
tienda para que le hiciera un bocadillo, todos no estábamos preparados para
matar por lo que había vecinos y matarifes en los pueblos, en Tenoya hay un
sitio donde le llama La
Sangraera , lugar donde mataban a los animales, como no había
neveras las carnes eran frescas, mantenidas en ocasiones entre hielos.
Me despido con
la elaboración de los quesos caseros y una poesía a los Pastores:
Con una imagen que
revivo en estos momentos de ver a los maridos y a ellas mismas ordeñar sus
cabras para hacer los quesos veía por regla general a las mayores (Las abuelas)
vestidas de negro y pañuelo escarranchadas con trajes largos y delantal ante la
quesera, sus manos arrugadas y rudas después de hacer la cuajada, que también
se aprovechaba, presionaban con arte y cariño desprendiendo su calor
templado poco a poco mientras el suero
líquido sobrante caía en un cacharro o caldero, con esa paciencia observaba
como entre sus dedos brotaba el sobrante que reponía, una vez hecho lo pasaban
al cañizo (unas esteras echas de cañas) colgado en las cocinas, porque decían
que el ambiente de calores y olores era el mejor, percibiendo ese aroma e
incluso en muchas de ellas colgaban ramos de eucaliptos a su vez se
posaban las moscas.
Todos los días
le daban vueltas para que se fueran curando, unas si era queso tierno o duro,
los hombres desenvainaban el cuchillo canario haciendo el primer corte,
aprovechando la hora del pisco de ron y ver catándolo haciendo una pequeña cuña
cogiendo la cáscara y volviéndola a colocar para no afear el queso, a lo mejor
ya tenía tres catas o mas.
Allá viene el pastor,
Con su farol y
lechera,
Por el camino Las
Pitas,
Y los pistones de
banderas,
Surco del amanecer
Camino como las aguas
Aguas serenas y
cantarinas
Sin sueños ni
fronteras
Allá en el machinal
Al pié de la ladera
Esta el alpendre
Mirando a las
fronteras
Oh pastor
Pastor de cabras,
Pastor de vacas
Pastor de ovejas
Cuantas tienes:
Y ninguna te llevas
Las llamas por su
nombre
Las diriges como
velas
Pastando en la rivera
Portando en las
laderas
Los frutos en flor
Pastor
Tu imagen sencilla
Sentado en aquel
morrete
Palo en mano
El gran predicador
Llevas a tu rebaño
Con tu humilde mirada
Con tu temple
Diriges la manada
Tú figura un retrato
Sombrero, capa botas
Y talega de gofio en
la mochila
En tu descanso
Pastor de laderas
Pastor de establos
El pero tu compañero
Y tu amada en el
regazo
Comentarios
Ha sido muy bonita tu narración de estas vivencias. Muchas gracias por traer a mi memoria, recuerdo, vivencias, olores...Tanto del pajar, de los "alpendres" en si (creo que ya no se llaman así)Del millo tostándose en la finca y como ya dije en otra ocasión, de llevar el millo al molino con mi padre e ir con él cogida de la mano, carretera arriba a recoger el saco de gofio aun calentito...los olores del molino...
Gracias por recordarme mis vivencias. Eva Mª Molina
Me despido, muy agradecido