El viejo vergel de Tamaraceite
LPDLP. Adzubenam Villullas.
Según Santana Cabrera, “el auténtico
paseo”, comenzaba pasadas
las seis de la tarde, hora a la que terminaba la sesión del desaparecido
Cine Galdós. Los jóvenes acudían
hasta el bar de Mariquita Ortega,
quien tenía “unas sombrillitas” en la
plaza. La calle principal rebosaba
vida. “Aquí había como cuarenta comercios,
entre tiendas y bares”, hace
memoria Agustín Suárez Espinosa.
Este majorero, de La Oliva, llegó
a Gran Canaria en los sesenta y
trabajó en los tomateros de Los Giles.
Ahora, ya retirado, se toma un
pisco de ron casi cada día en el bar
Masito, abierto desde 1947Los tenderos señalan que las
grandes superficies y las mejoras
del transporte apagaron la calle, poco
a poco, desde los ochenta. La
apertura de la circunvalación en
2001 fue la gota que colmó el vaso.
Valle o paso entre palmeras. Según
algunos historiadores este es posiblemente
el significado de Atamarazait,
probable nombre aborigen
de la localidad de Tamaraceite.
Cuando llegaron allí los castellanos
se encontraron con un mar de palmeras
por el que discurrían peque-
ños arroyos. Así recoge Esteban Gabriel
Santana Cabrera las palabras
del historiador Antonio Abad Arencibia
en su libro Un paseo por Tamaraceite.
Con el tiempo, la deforestación
convirtió aquel vergel en
plantaciones de caña de azúcar, papas
y legumbres; hasta que en el siglo
XIX se asentaron allí los cultivos
del plátano y el tomate.
Situado en
un cruce de caminos, el pequeño
pueblo creció entorno a la antigua
Carretera General del Norte, parada
obligatoria para aquellos que deseaban
llegar hasta las poblaciones
de Arucas y Teror, entre otras.
Santiago Díaz pasó treinta años
en aquel océano de plataneras que
un día cubrieron la vega y el barranco
hasta San Lorenzo. A sus 92 años
aún recuerda las murallas que separaban
la calle Diego Betancor
Hernández de las fincas del “maestro
Blas, el encargo de todo aquello”.
Eran tiempos de necesidades y pobreza.
“Fíjate si pasábamos hambre que tenía enía que compartir un solo
huevo con mi hermana”, recuerda
ahora risueña Candelaria Tejera,
su esposa. Sin duda, los niños que
crecieron en el pueblo hace más de
50 años supieron lo que era trabajar
duro en el campo.
Pero no todo eran penurias. Díaz
aún se acuerda cómo correteaba
con sus amigos por unas calles que
eran de tierra. La pelota, el boliche y
el trompo eran los juegos preferidos
de entonces. No obstante, la zona
era un remanso de paz. “Íbamos
al barranco a recoger cañas y, con
un par de hilos, montábamos las cometas
para echarlas a volar”, rememora
el nonagenario aquellos maravillosos
años de su infancia.
La vida en Tamaraceite giraba
entorno a la Carretera, la única que
había, la general del Norte. En ella se
desarrollaba la vida comercial, el
ocio y la administración pública.
La
actual Casa de la Cultura, en el número 111 de la citada calle, acogió
hasta 1939 las dependencias del
Ayuntamiento de San Lorenzo. En
sus estancias se aglutinaban juzgado,
cuartelillo, Policía Local y oficina
de correos. Sería durante la Guerra
Civil cuando todo cambió para
siempre. En 1937 fusilaron en La Isleta
a Juan Santana Vega, último alcalde
electo por las urnas en el municipio,
junto otros miembros de la
corporación. Dos años después el
pueblo fue anexionado por la fuerza
a la capital.
En los convulsos años treinta esta
localidad era tierra de jornaleros
y trabajadores. Muchos de los empleados
de las grandes plantaciones
eran sindicalistas o comunistas.
Entre ellos estaba el padre de Candelaria.
“Estuvo preso, por nada”, señala esta antigua agricultura, mientras
rememora la historia de su familia,
aunque ella apenas tenía cuatro
años en aquel entonces. “Tras el
Golpe mi madre lo escondió en un
pozo, pero pilló una pulmonía en
un par de días y tuvieron que sacarlo
de allí”, apunta. Su progenitor volvió
entonces a la faena, en el campo.
Al poco tiempo los falangista se lo
llevaron del almacén de plátanos
donde trabajaba junto a tantos
otros vecinos, recuerda.
“Por suerte él no recibió mucha
leña, otros sí fueron torturados, tuvieron
secuelas durante años; uno
de ellos, a quien mi padre ayudó a que no lo fusilaran, estuvo muchos
años agradecido con nosotros y
nos mandaba cuando podía paquetes
de gofio”, relata. Sin duda, el
barrio, como tantos otros lugares
del Archipiélago, vivió terribles testimonios.
El Paseo de los domingos
La vida continuó. En las décadas de
los cuarenta y cincuenta era habitual
acudir los domingos por la tarde
hasta la carretera, mejor conocida
como “el Paseo”. “Era un vínculo
de unión y un punto de encuentro
para la gente del pueblo”, señala
Santana Cabrera en su libro. Este
vecino recuerda que en aquel entonces
solo tres personas tenían coche:
Francisco Aguilar, Juan Suárez
y los González. “Por ello no quedaba
más remedio que hacer vida en
Tamaraceite”, resalta.
Bajar a Las Palmas era, a veces,
todo un reto. Los escolares tenían
que coger el coche de hora de las
cinco de la mañana, porque el siguiente
no pasaba hasta las nueve,
cuenta. Y a quien se le hacía tarde
en la capital muchas veces no le
quedaba otro remedio que volver
caminando.
Pero, la gran transformación ha llegado
en los últimos tres años con
la apertura de uno de los mayores
parques comerciales del Archipiélago. Llegaron así Leroy Merlin, Decathlon
y, finalmente, Alisios.
Todo este área de Tamaraceite
Sur estuvo ocupado en otro tiempo
por cientos de hectáreas de plataneras.
Eran las tierras de los Betancores.
Agustín aún recuerda a los llamados
“cabos de vara”, los capataces
que no dudaban en dar una paliza
a los chicos que descuidaban sus tareas
en las fincas, asegura. “Estaban
atentos siempre para ver quien no
trabajaba”, señala.
La naturaleza intenta ahora ganar
espacio en aquellas fincas ahora
abandonadas. “Ejemplares de
palmeras nacen espontáneamente,
lo que viene a confirmar que este
lugar fue hasta no hace más que
unos pocos siglos un inmenso palmeral”,
apunta Santana Cabrera.
Pero los cambios no se han ceñido
al área sur del pueblo. Desde los
sesenta empezaron a proliferar barrios
por las lomas. Así nacieron La
Suerte, Lomo los Frailes, Piletas, Isla
Perdida y La Galera.
Poco antes, cientos de familias
recibieron casa en los bloques de casas baratas del Patronato. Francisca
Montañez Oramas fue una
de ellas, quien reside ahora en la
calle San Valentín. Natural de las
casas terreras de San Antonio, como
muchos en el vecindario, está
a la espera de una nueva vivienda
para decir adiós a la precariedad
de estos edificios. No obstante, el
Ayuntamiento de Las Palmas de
Gran Canaria ya ha iniciado la reposición
de muchos de estos bloques.
Nuevas zonas verdes y hasta
un lagartario intentarán devolver
a Tamaraceite el aspecto que
perdió no hace tanto
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