Carta al Viento. El Papa que yo quiero.
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Por: Jesús Vega Mesa |
Se permite soñar. Tenemos por delante
unos días en los que, cualquiera de nosotros, podemos subirnos a la nube y
pensar esa Iglesia que siempre deseamos y ese Papa que nos gustaría votar. Está
claro que no tenemos ni voz ni voto. Pero, mientras en el Iglesia haya sede
vacante, sí que podemos disfrutar de los
sueños sin olvidar, claro, que el papa solo no es la Iglesia
El pasado 28 de febrero, cuando ya
Benedicto XVI se despedía, decidí preguntar a un grupo de personas cómo le gustaría que fuese el nuevo papa.
Recibí unas cincuenta respuestas de hombres y mujeres de diferentes edades,
creyentes y no creyentes. No me caben
aquí todas las respuestas pero les aseguro que una mayoría, empezando por Alicia
del barrio de La Suerte en Tamaraceite, coincide en desear un Papa sencillo,
transparente, humilde, cercano al pueblo y con ideas nuevas. Insisten casi todos en que debe tener una
mentalidad joven y no desconectar de la
realidad. Patricia dice que debe poner a Jesús de Nazaret por delante de las
normas y las tradiciones eclesiales. Y Soraya, desde Fuerteventura, sueña con
un pastor que no imponga sus ideas hasta
ahora tan conservadoras. Pedro coincide: que sea sincero, no categórico.
Josimar, de Tamaraceite, reclama a
alguien que sea tolerante y no se
oponga, por ejemplo, a la homosexualidad. Charina pide que sea un hombre con
coraje y no le importe hacer majo y limpio contra la corrupción en la Iglesia.
Algunos
otros de los que me responden hacen referencias directas al evangelio. Por
ejemplo Carmelo quiere un papa que pueda decir de sí lo mismo que el Nazareno:
Soy camino, verdad y vida. Y Bernardo valoraría que no fuera un intelectual
sino que haya sido un cura de pueblo y lea a Dios en la vida de la gente.
Hay otros encuestados que aprovechan
para exigir un cambio más radical, como Juan A. que quiere que luche por una
Iglesia con menos ostentación. Y otros que piden que sea “uno de los nuestros”, que transmita
paz, que sea cómplice con los jóvenes que hable sin demasiados tecnicismos
y que sea un buen creyente.
Por
último, hay un grupo de mis encuestados que piden un hombre valiente y cambie
las estructuras de la Iglesia para que sea más democrática. O que sea alegre,
que anime y entusiasme. Que escuche menos a los cardenales y mucho más al
Espíritu.
Sin embargo algunos me han comentado
que les cuesta mucho soñar con una Iglesia diferente. Les cuesta, no porque no
la deseen, sino porque creen que es una utopía. Me pasa también a mí. Pero sigo
soñándola. Porque ciertamente la Iglesia no es el papa ni los cardenales ni los
curas. Hay muchísimos hombres y mujeres de Iglesia, que tienen esos valores sugeridos para un
nuevo papa. Y me viene a la mente
aquello que cantaba Labordeta: “También será posible que esa hermosa mañana ni
tú ni yo ni el otro la lleguemos a ver; pero habrá que forzarla para que pueda
ser”.
Aunque parezca imposible un papa con
esos valores, no hay que dejar de soñar. Los cambios en la sociedad son muy
lentos. Mucho más en la Iglesia. Y ahora que es tiempo de soñar y rezar para
que la Iglesia tome el giro más conveniente, no perdamos la oportunidad. Yo no
voy a votar ni mi opinión va a llegar a ningún sitio. Pero soñar…Soñar no me lo
quita nadie. Seguiré deseando ese papa con el perfil que han dibujado mis
amigos encuestados. No lo veremos, pero “habrá que forzarlo para que pueda
ser”. Ese es el papa que yo también
quiero…ahora o desde que sea posible.
Comentarios
Tanto con quienes lo quieren, eligiendo entre lo que hay, es que salga Maradiaga y no salga uno de esos gordos italianos;
como con quienes piensan que nada cambiará. Y no creo que lo haga. Los casos de corrupción sexual u otras perversidades que se achacan son demasiados para barrerlos de un escobazo, y además habrá que tener mucho tacto y muchas amistades.
Y qué decir de los casos económicos, donde el Estado Vaticano puede incluso ser acusado de todos los abusos que su teórico Maestro denunció.
Aquí el único que acabará perdiendo es el Espíritu Santo. Lo último que yo deseo...
Un fuerte abrazo