miércoles, 22 de octubre de 2014

Obituario al que tiene derecho el reprehensible malhechor más delictuoso

Por Antonio Domínguez
Como esto es un invento para entretener y entretenerme, no pongo nombre y apellidos supuestos, “del muerto”, no sea que, como internet es visto en el mundo entero, se diera casualidad de una persona con ellos en su DNI.

En esta mi Gran Canaria, tierra (mas que de amigos) de compadres como Dios manda y como no manda, por consiguiente de compadradas al estilo compadre. Mi compadre ha muerto. En  mi seno caben solo las buenas maneras de quien no fue especialmente perjudicado por ese gran compadre; lo era tanto o más a efectos de trastadas como a compromiso y buenas formas (“conmigo no fue buena persona, puesto que buena persona no era; ¡sí se portó bien!”). Nadie le escribirá un obituario, pero lo hago yo, por él haberme enseñado tanto, putada tras granujada. En estos casos la vida ríe, nuestra vida ríe igual que la del que recibe herencia de pariente guajiro de, y fallecido en, Máximo Gómez: pueblecito de Matanzas allá por Cubita la bella.
 Mi comadre perdió en su marido al compañero de follones, peleas y "guirreas". Aprovechó el ahora finado, cuando aún era afín –disfrutó- compartió hasta  la hez con los dos hijos y nietos de él, tantas pendencias (hijos y nietos salieron igualitos a él) como si fueran propias, además de las de su propio “mérito”. El señor tres equis, era el conjunto de todos los males para su esposa; y él, además de eso que era para ella, era también un calentón de encochinamientos de muy poco cuidado, pero, sí de tres días jalando el demonio por él, intentando llevárselo a “lomajundo losinfiesnos”.

            ¡Fuiste malo!, sobre todo con ella. Ello, lo demostraron todos los años llenos de baches e infelicidad que estuvieron juntos (era el leve mal vivir, pero, ininterrumpido). Faltándose  en el respeto, mandándose al carajo, al coño la madre. !Y blasfemaban...! como sólo se hace con práctica de años. En las enfermedades que cada uno fue teniendo, el otro no estaba a su lado, se iba para casa de un hermano y se quedaba el panorama entre los hijos indistintamente. Venían al “cumplimiento conyugal” (que viene de yugo) cuando se enteraban que el problema declinó.


            Sus hijos han perdido con alegría a su padre que tanto les hizo bregar (hasta la penuria de todos ellos tener barriga como la tableta de chocolate, esa famosa) a cada uno; encerrados en almacén y sus labores día y noche, entongado y desentongando; para proveerse y despachar. También le malquerían sus nietos; por ser abuelo tan cercano, le podían odiar ¡ya mismo! con la mirada. Al señor tres equis, no le vi palabras en contra de nadie ¡era un angelito! Sólo balbuceaba a mínimos decibelios: cabrón, cualquier día te voy a "dejincar" un cachetón  que no te "alevantas" cuando quieres sino cuando “pueis” (no decía absolutamente más nada). Bueno sí, ahora que me acuerdo le oí una vez excrementarse en las prostitutas progenitoras, de menganitos de una comisión, de heredad de aguas; y  dos o tres monstruosidades más elevadas, a estamentos más elevados al aire.

            Se fue del mundo como había venido aquél rebenque de chiquillo, cuando salió de la vagina y se vio libre (que al mundo se irrumpe con, y por estrecheces; jodidas si continúan a lo largo de la vida, porque son de nacimiento), empezó a llorar con una voz gruesa y "asombrante" y en una de éstas levantó el puño a su madre y lanzó una voz no nítida, pero los que estaban allí aseguran que era la palabra puta, a lo más que respondía y pudiera amoldarse aquella recién nacida construcción fonética. Se fue como había vivido, nació montado en una calentura de mal parto; de madre chiquitita alumbrando chiquillo que jalaba para los seis quilos; envenenado desde ese primer mal momento, siguió, y murió realizando una de las actividades que más le gustaban: saltar a los campos de juego a insultar policías. Amaba el riesgo y la emoción adrenalínica del puenting más peligroso: decirle cosas a los de las cachiporras.

            Un día en un evento, peloteríl en todos los sentidos, él, murió a la punta de arriba de la grada. Las fuerzas de seguridad estaban todas en el centro del terreno impidiendo que mataran al árbitro; que eso querían, lo decían a grito limpio. Esta vez no le pudieron salvar los policías, que, a pesar de todo le habían -hasta el momento- salvado en multitud de veces. Y no se sabrá nunca si fue por cabe, mordida, rodillazo en el arco del triunfo, recepción de tremenda halitosis, o trompada bien "apulsada" (patada de mula de infantería). Todo ello en la gesta honrosa de dos aficiones defendiendo sus colores. Estoy seguro, que mi compadre se siente orgulloso, allá en el infierno, de haber muerto aquí en semejante digno acto; salvaguardando la honestidad y virtud en aras de su pueblo y que toda grandeza la tiene (en mas ninguna otra parte) en su equipo.
La muerte, cuando nos llega desde tan lejos, tan lejana, metida dentro de personas que no apreciamos formalmente, nos duele tanto, “nada”, porque los recuerdos que de él tenemos en nuestras mentes, se agarran a pelear también con las conversaciones, con el último encuentro, las últimas salidas, los últimos abrazos, su última mirada, gesto u ocurrencia se hacen muy presentes por aborrecibles. Porque encierra la náusea disimulada de muchos años por el compadre "el amigo"; y lo que fueron siempre traspiés se han de ver (sólo porque "el caballero" entregó cuerpo a plataneras) como los grandes goces de la amistad "verdadera" (y todas las mariconadas que se dicen post mortem; así le llaman a después de la muerte), y, ¡qué bueno era!. ¡¡Yo puedo decir reventando de veracidad!! Que a este compadre mío no le olvidaré jamás y ruego, imploro que no haya otra dimensión donde reencontrarnos. No deseo verle ni en alma.
 El humano malo, como es natural la maldad en todo lo que sea y venga  de lo humano, miente para cuando él muera esté la moda del, que bueno era, y le sea aplicada a un fulano como él; más malo que picadura de víbora negra). 

            No duele despedirse de la persona que no queremos. Duele mucho menos saber que ya no compartiremos nada con él. ¡Él ya no está! Es reconfortante y regocijante enterarse del óbito de semejante compadre ante una gran taza de café o té (no respingue hombre; analice su vida y sus sueños. Acepte su propio bagaje humano, verá que no es mucho peor que el mío).  Nos sumerge en estado de tranquilidad casi absoluta. Es muy duro cuando dudamos y no nos lo creemos; parece que el tipo está vivo. Parece mentira, pero la vida es así; por lo menos para individuos que sabemos que nos comerá el gusano, y, ¡ras!, todo se acabó. Ni pá riba ni pá bajo. Ni pá allá ni pá mas allá, eso, por descontado.

El señor tres equis se ha ido físicamente, pero mientras lo recordemos viviremos asustados. Seguirá con nosotros dentro de algunas personas que tuvimos la enorme desgracia de compartir con él parte de su vida. !Gracias señor tres equis! por todo lo que te debemos. De todos nosotros, gracias por la despreocupación y los descuidos tan al toletazo que nos brindaste; cuando el maltrato no nos hacía falta y nunca te lo pedimos. Gracias por tus contradicciones, porque nos hiciste ver todas las estrellas del cielo. Comprendiste que la letra con sangre entra y cogiste el palo. No repartiste nada por la ansiedad que te daba dar mendrugo. En fin fuiste como Berengario el tractorista; te desternillabas de risa ante la desgracia ajena. Todas estas duras formas del vivir te hacen nuestro maestro en más de la mitad del conocimiento que construye al hombre; para la otra mitad tenemos maestros de sobra pusilánimes, deportistas, temerosos del señor, medrosos de otro distinto Dios adorado, meticulosos conductuales, timoratos tertulianos, asustadizos sufridores, y lo malo, malísimo, es que todos ellos están prestos a dar horripilantes lecciones, de lo que te harán allá si te cogen sin confesar y demás rarezas. Como ves no le pido a Dios por ti porque sé que está deseando meterte manos. Escóndete a ver si en un cambio de guardia te puedes colar en el cielo ¡ánimo! Hazte amigo del diablo (te será fácil) para que te deje tirar un salto a intentarlo en el paraíso. Te reitero ánimo: estoy seguro que cruzar la valla de Ceuta y Melilla tiene más dificultad. Gracias amigo; al fin y al cabo mi no enemigo. ¡Y si no pasas no terminarás con cacho de carne de menos  por haberla dejado atrás colgando en la verja, u oreja arrancada! ¡En el cielo no pasa nada! Es una maravilla; te puedo dar mi palabra porque lo conocí en viaje turístico al cuarto cosmos; vía pasadizos de cuerdas y agujeros negros!
Gracias, señor tres equis, gracias por todas tus enseñanzas. Todo el que te sufrió sabe dónde estás, pero yo te digo lo mismo que a los buenos hombres ¡ESTES DONDE ESTES! no mires para acá, para este mundo, porque soy de la opinión que preñas con la mirada.
Tu no enemigo que no te olvida, ni a tus putadas, las cuales practico a diario; por lo que con tus insanas enseñanzas acudes cada momento, o estás siempre en mi consciente. Aun sabedor de las terribles purgas con las que has de pagar, te deseo paz sin riesgo para mí (ya que es lo que siempre se desea y nunca viene).

Animo a hacer obituarios de personas reales humanas con virtudes de no virtudes. Los comentarios de bondades y esencias que imposible sean humanas, o son empalagos mentirosos o caen como empachos preñadores patrañeros. Porque usted no se escandalice aflojo un montón de puntos, para decir, supuestamente en la mayoría de los casos, no en todos los casos; haciéndole mucho caso al caso que viniere al caso (solo porque no se escandalice, respetado lector si fuera el caso).

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