viernes, 19 de febrero de 2016

La Blasfemia

Por Luis C. García Correa
Blasfemar es decir palabras injuriosas contra Dios o contra las personas o las cosas sagradas. Es una injuria grave.
Injuriar es ofender, ultrajar con obras o palabras. Dañar o menoscabar a Padre Dios, lo que algunas personas consideran, quieren y adoran por encima de todo: eso es blasfemar.
Nadie en este mundo tiene la autoridad, ni está autorizado, para blasfemar acerca de la religión que sea.
Quien blasfema debería ser reo de reproche social.
La blasfemia debería ser condenada universalmente.
Quien cometiera blasfemia debería ser un reo universal.
Quien blasfema es un maleducado, rencoroso y envidioso. Es un enemigo social, porque la blasfemia está relacionada con otros actos indeseables en contra de las personas y de sus creencias.
En la religión que sea, Padre Dios es lo que merece el mayor respeto, la adoración y el amor de los creyentes.
Blasfemar es no respetar lo que es más sagrado para los creyentes.
La falta de respeto es el origen de la mayor parte de los problemas personales, sociales y mundiales.
Las guerras, el oprobio, la maledicencia, la ofensa, el rencor, el odio… son manifestaciones de falta de respeto.
No hay, ni puede haber, felicidad ni libertad sin respeto.
El respeto es el cimiento del bien, de la convivencia y del progreso.
Alabado y benditos sean los honestos, educados y respetuosos porque de ellos nace y crece el bien, la felicidad y se desarrolla la libertad.
La blasfemia es la manifestación más degradante del ser humano.
El que blasfema ofende, falta al respeto, y, probablemente, no quiere y condena a quien profesa las creencias que desprecia.

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