lunes, 28 de marzo de 2016

La pérdida de la identidad

Por Luis C. García Correa
La identidad es el amor al lugar donde uno ha nacido.
La identidad es esencial para la felicidad y la libertad.
La identidad debe ser local, nacional y universal.
Quien no tiene identidad camina derecho al mal.
La identidad se crea y se cimenta en la niñez y se desarrolla a lo largo de la vida por los valores de honestidad aprendidos y heredados.
La identidad no se improvisa.
Todo lo grandioso no se improvisa.
La pérdida de la identidad es el origen de una enorme cantidad de males y desventuras que arrastran al odio, a la maledicencia y a la incomprensión del amor entre vecinos y convecinos.
¡La identidad se fundamenta en el amor a la tierra y al vecino!
La frontera de la identidad globalizada debería ser recorrer el mundo y darse cuenta que se llega al punto de partida. No debe haber frontera en la identidad globalizada.
Hemos de decirles a los jóvenes -también al resto– que vivimos un mundo afortunadamente globalizado. Tenemos que intentar que sea para el bien y no para el mal, y aquí tenemos que transmitir a los jóvenes esas creencias para que se conviertan en vivencias, en sus propias experiencias.
La pérdida de la identidad lleva a la pérdida del amor local, lo que arrastra al humano al sentimiento disgregador, independentista, y a la falta del respeto y amor al lugar donde nacimos.
La pérdida de la identidad aísla, recome y amarga la existencia.
¡La pérdida de la identidad es ser apátrida por propia voluntad!

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