lunes, 26 de septiembre de 2016

Pertenecer a una familia educada y con historia

Por Luis C. García Correa
Nadie elige a su familia. Se nace, se crece y se vive en una familia, que, para cada uno de nosotros, es el cimiento de lo que llegaremos a ser y de lo que somos ahora.
La educación se recibe con palabras y con el ejemplo de nuestros padres y del resto de miembros de nuestra familia, en especial los más allegados, como son los abuelos y los tíos.
Toda familia tiene sus rasgos personales, que heredamos y aceptamos. Hay quien los hereda y no los acepta, aunque es la excepción.
En mi familia, por ejemplo, me grabaron de forma indeleble el Primer Mandamiento: Amar apasionadamente a Padre Dios y al prójimo como a mí mismo.
Si no soy consecuente con ese Mandamiento falto a mi deber y debilito mi voluntad y, como consecuencia, mi comportamiento.
Si vivo y practico ese Mandamiento fortalezco mi educación y mi comportamiento, lo que me lleva a corresponder y a vivir esos dos amores.
He vivido y trato de seguir viviendo y gozando de la felicidad, pero siempre y cuando soy consecuente con mis apasionados amores: la experiencia me ha enseñado que si los vivo y los comparto, llego a la plena felicidad.
Benditos y alabados sean quienes me educaron. Me dieron los medios y  los cauces por los que debo  andar. Siguiendo ese camino he amado con pasión a Padre Dios y a mi prójimo, y así he llegado a la felicidad y a sentirme y ser libre.
Mis metas han sido y son amar a Padre Dios y a usted y así alcanzar la felicidad y la libertad.
La libertad es lo que nos diviniza por ser la mayor responsabilidad y el mayor don que hemos recibido, y que depende de cada uno de nosotros.
Amar en libertad es vivir la plena felicidad.
He cometido, y cometo, errores y pecados. Pido perdón por ellos, para poder restablecer el orden de mi vida, de mi conciencia y de mis actos, y para poder vivir de acuerdo a esos valores y a las metas.
La gran experiencia que necesito compartir es esta: es necesario tratar de ser consecuente con la conciencia, con los valores heredados y amar apasionadamente, tratando de ayudar, para compartir la felicidad, que eso es la felicidad. Y así alcanzar la plena felicidad, ayudar y llegar a la libertad.
Benditos y alabados sean quienes me educaron, porque tenían una historia y eran educados. Me transmitieron su historia y su educación y yo acepté ambos legados.
Todos tenemos historia.
Bendita sea esa historia.
No olvidemos nuestra historia.

No hay comentarios: