miércoles, 21 de junio de 2017

El pasota

Por Luis C. García Correa
Desde hace años denuncio la enorme labor negativa que desarrollan los pasotas.
Los pasotas arrollan al bien comunal de manera constante y persistente. Son el cimiento y el cemento del poder perverso.
El pasota no nace, se hace.
El pasota depende de la educación recibida de sus padres, en especial si ha sido educado con carencia de valores.
El ambiente presente, que han creado las perversas costumbres nacidas a la sombra de la ausencia de la honesta participación, también favorece la formación del pasota.
Pero esto no le disculpa. Puede que disminuya su responsabilidad, pero no la anula. Su falta de valores éticos o religiosos y su inactividad son el fundamento de su perversidad.
El poder del pasota es tan grande como el del perverso. Su nulidad, su falta de participación personal y, especialmente, social, son los dos grandes caldos de cultivo del mal comunitario.
Debemos tratar de ser contundentes a la hora de hacerles saber el daño que causan.
Por supuesto, siempre considerándolos personas capaces de arrepentirse y mejorar.
“Nadie puede condenar a nadie”. Sí, intentar ayudarles en todo lo que podamos, en especial en que se den cuenta que su pasotismo es enormemente dañino.
Somos seres sociales, no anacoretas. Nos necesitamos todos. Necesitamos, urgentemente, ayudar y convencer a los pasotas para que dejen de serlo, y el mundo vuelva a ser lo que tiene que ser: un paraíso en donde la felicidad y la libertad sean el estado normal del hombre, y vivamos en nuestro hábitat natural. Esto no es utópico, yo ya lo he vivido cuando fui concejal.
El egoísmo personal se transmite a la sociedad. El egoísmo es contagioso.
Tenemos que tratar de interesar a los pasotas en los problemas de la comunidad. Que también son sus problemas.
Tenemos que hacerles comprender la importancia que tiene vivir para y por la comunidad. La Comunidad somos todos, también ellos. Me atrevería a decir incluso que "en especial ellos", porque les necesitamos mucho.
La Comunidad es el medio en el que vivimos, un medio que vamos conformando a diario. Cada segundo de nuestra vida no queda en vacío, influye de alguna manera en los demás.
Nos necesitamos, y ahora más que nunca.
Hasta tanto no haya una mayoría de personas honestas y participativas que influyan con su comportamiento en la sociedad, el mundo seguirá empeorando, aunque parezca mentira. Sí: aún es posible estar peor, y los pasotas tienen una enorme responsabilidad. Su ausencia en la vivencia comunal es la esencia del mal presente.
El arrepentimiento y la conversión de un pasota es un logro de la comunidad y para la comunidad: ¡una persona más que participará, plenamente, de la felicidad y de la libertad, que todos nos merecemos!
Amar al prójimo como a nosotros mismos. Ésta es la solución.
Sin la honesta participación, la convivencia no es posible.

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