viernes, 15 de noviembre de 2013

Algunas consideraciones de la honestidad

Por: Luis C. García Correa
Uno de los valores necesarios para una convivencia feliz, es la honestidad.
Sin la honestidad la convivencia se vuelve amarga, desesperada y agresiva.
La honestidad nace con el niño y se desarrolla por la educación. La llevamos de forma implícita en nuestra alma y así como crece y reluce con la educación en valores, de la misma manera mengua y se apaga cuando falta esa educación.
La vida de cualquier pueblo tiene que estar fundamentada en la honestidad, si quiere la felicidad brille e ilumine a todos sus integrantes.
La honestidad se hace realidad cuando nos comunicamos con valores. La deshonestidad arraiga cuando borramos esos valores éticos o religiosos. Es el "humus" ideal para el materialismo y la mentira.
No hay vida feliz si no está basada en la honestidad.
Por eso es tan importante.
Lo "material" nunca llena el vacío de lo "espiritual". Si no respeta los valores morales, éticos o religiosos, la felicidad se marchita: dura apenas un momento, es un breve destello. Por desgracia, muchas veces confundimos la felicidad con los fuegos artificiales: estallan, deslumbran y mueren.
Caminar por el camino estrecho de los deberes es lo que lo es lleno de esplendor. Produce, a la corta y a la larga. la felicidad.
Cumplir no es sólo hacer lo que debemos, es ir un poco más allá.
El final del deber cumplido llegará en el momento de la muerte. Hasta entonces tenemos que esforzarnos, día a día, hora a hora, minuto a minuto. Es la única receta para sentir la dicha que produce lo que está bien hecho. Y esto sólo  se consigue cuando, además, la meta última, no es la obligación misma, sino su cumplimiento por amor a Padre Dios. Él nos dirige, pero cuenta con nuestra libertad. Si ponemos el fundamento de este regalo en el amor a Dios y al prójimo, la libertad se convierte en el bien más preciado: todos nuestros actos quedan orientados a Padre Dios, quien los acepta y los bendice con cariño. Y por si fuera poca esta recompensa, cuando crucemos la frontera del Más Allá, nos esperará con los brazos abiertos y estaremos en su presencia, contemplándole eternamente.
Vivamos siempre dispuestos a servir y a aceptar, con profunda humildad, ser servidos.
Lloremos nuestros pecados y enjuguémoslos en el amor a Dios y al prójimo. Entonces viviremos la recompensa debida al buen trabajador, que se merece su paga.
Probablemente me haya quedado corto al explicar la grandeza de la honestidad y la belleza del buen hacer. Otros lo harán mejor que yo. En todo caso me gustaría añadir que todo lo dicho es posible si está presidido por la humildad.
Para acabar estas palabras, roguemos a Padre Dios que siempre ilumine nuestras mentes y nuestros corazones para que de ellos brote la bondad del bien hacer y todo esté coronado con la corona imperial de la honestidad.
Doy gracias a Padre Dios y a la Santísima Virgen por haberme dado la riqueza de la palabra y del buen hacer, para que siendo honesto la felicidad sea nuestro estado natural para hoy y siempre, y la podamos repartir a todos. A los más cercanos y a los más lejanos. 

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