lunes, 9 de diciembre de 2013

Memoria de un Tenoyero: El gofio de millo (Capítulo tercero)‏

Por Tino Torón
 Una vez los sacos llenos de millo eran depositados en un cuarto cerrado para que no se lo comieran los ratones, en cajas, bidones, garrafones …e incluso llegué a ver que le echaban arena y detano, unos polvos contra los gorgojos, para protegerlos, de allí cogían los sacos que le hicieran falta para llevarlos al tostadero, que se ponía sobre teniques (piedras) dejando un hueco o espacio para la leña, entre el fuego y el calor las mujeres protegidas de pies a cabeza iban removiendo el millo con el meniador (meneador) utilizando el pírgano que salía de una hoja de palmera limpiando sus flequillos y que entre otras servían para las escobas (también recibí algún pirganazo de mi madre) o caña de una escoba inservible, envolviendo en el tronco un envoltorio de trapos, un verdadero arte, el tostador negro como el carbón de sus usos y que lo hacían con un bidón cortado, otros de una dimensión superior de unos 30 centímetros de altura con una compuerta de la misma lata y un canal para que los millos tostados cayeran en otro depósito de recogida, también habían tostaderos pequeños de barro en los hogares, los que no tenían tostador lo pedían prestado.

        Este procedimiento lo llegué a ver en las fincas, a la misma orilla de las calles en los solares como lo hacía mi madre cerca de la casa y a orillas de la Calle El Molino que terminaba colorada como un millo por el calor del fuego, cambiando de color cuando lo alimentaba, saltando las cenizas incandescentes, (con otra chispa  de humor les digo: Recuerdan Vds. cuando una vieja tostando le saltó una chispa y le quemó el “machango”) los niños que pasaban se desconsolaban y mi madre les daba “millo tostado que trituraban con sus sanos dientes haciendo chasquidos, incluso si coincidían a la salida de la escuela a la hora del mediodía, haciéndoles roscas con azúcar preparadas en la casa a poca distancia del tostadero, al igual que otras vecinas en las mismas tareas.

     En mi casa éramos dos, una hermana un año mas chica que ayudaba en la casa y yo que ayudaba a mi madre después de la escuela, transportando el millo cerca de mi casa al solar y la recogida del tostado, el tostador se quedaba allí hasta que se enfriara, incluso dejándolo hasta el siguiente día.        
     Ya estaba el millo tostado a su gusto y aventado con el cedazo, preparado en los sacos blancos de azúcar para llevarlo a los molinos, los que lo llevaban en burros o mulas los encintaban y fajaban sujetándole la albarda, los de Tenoya unos iban a Santidad al molino de Cardona, o a la Goleta. Yo iba a Cardones, al de Don Víctor, donde estaba Panchito con sombrero, todo polvoriento como si fuera una estatua caminante envuelta en gofio, una estampa que me esperaba siempre al llegar cargado y ya sin respiro con el saco al hombro caminando por el camino Gáldar desde Tenoya a Cardones cerca del puente, dinero que me ahorraba para otros caprichos, siempre esperaba un poco mientras  escuchando los ruidos del molino y viéndolo echar el millo en la torva, cerrando la compuerta para que no se mezclara, si era el mío me privaba, el mismo saco lo trababa en el canal y una vez terminado me lo cobraba por kilos, dinero sobrante que mi madre me dejaba, siempre que iba llevaba el temor de ver amarrada una bestia que llevaba varios sacos, ese día podía perder el viaje. ( como decía Eva María en su comentario del artículo anterior, teniendo que volver al siguiente día) Él me conocía y me apreciaba, tal vez por los tantos viajes viendo con el tiempo a este niño poco a poco crecer, porque mi madre tostaba según las necesidades y le gustaba el gofio fresco y oliente.
        Hoy sigue agradeciendo a Panchito, ya fallecido, por esos gestos que me dejó,      
moliéndolo cuanto antes, incluso cortando la torva de otros clientes que estaban ausentes. 
         Cuando regresaba con el saco caliente que al largo camino quemaba, cogía el coche de hora dejándolo todo perfumado, que por cierto, era el famoso Bruno el cobrador, que me conocía, y me daba la lata, por si alguno lo conoció era así, cuando llegaba a mi Pueblo dejaba la estela como una nube invisible, dejando a gente deseosas de comérselo caliente y en polvo, que lo hacía nada mas llegar a casa. (Cogía un atajo por donde le llaman la Sangradera, casi frente la tienda de los Cardonas para evitar tales desconsuelos)
        Hablando de mi madre, cuando llegaba a casa la misma tarde o al siguiente día, dependiendo del vecino, le daba una tasa, un cardero o medio…..por regla general todas hacían lo mismo, consolar a los más allegados, incluso si cogían una calabaza, piñas …los vecinos se las repartían y se ayudaban los unos a los otros. Este gofio era diferente a los que se vendían en las tiendas, era de millo seleccionado y tostado al gusto del cliente que cuando lo llevaban al molino le decía al molinero: “lo quiero mas fino, mas grueso.”
       
        Me contó un empleado de una finca, que el dueño lo mando en un burro al molino y el pensando que le iba a consolar no lo hizo, la siguiente vez que lo mando le quitó lo que le correspondía de este viaje y el otro.
        Otro me contó que un agricultor mando a que le adiestran un perro y le mandaba gofio, otro empleado se dio cuenta y le robaba el gofio del perro y me dijo: para el perro yo, recuerdo en una finca de este Pueblo que una mujer empleada, amasaba gofio para los animales y sin embargo los empleados no tenían que comer, y habían otros que lo repartía una parte entre los empleados.    
       En las tiendas el cajón del gofio era el más grande de todos, los cajones siempre estaban con la pala preparada y de noche se tapaban, en las casas se depositaba en cajas de madera y depósitos metálicos, en latas de galletas, en las hechas por latoneros con pala, calderos etc.

Seguiremos en el próximo capítulo

2 comentarios:

Eva Mª Molina dijo...

Hola Tino: Yo también recuerdo que en la finca en que viví había una habitación para "enarenar" el millo, decían. En el suelo, una verdadera montaña de millo, el cual se revolvía con arena, creo (y de esto no estoy muy segura) recordar a mi padre de vez en cuando revolver dicha "tonga" de millo y arena, se decía que se guardaba así para que no se picara. No sé si con este capítulo acaba tu relato, si es así ya te veré por la zona, te conozco y me daré por conocida. Además si eres de Tenoya de toda la vida, yo soy sobrina de José Molina, muy conocido ahí. Saludos

Tino Torón dijo...

Eva María: Lo que recuerdas es asi,como lo cuentas,ese lugar era un silo que cuando era cantidad lo almacenaban para moler,para los animales y volver a plantar.
Antes en todas las fincas se plantaban millos y judías que también se guardaban en el silo o despensa y otros productos, papas calabazas...En estos lugares en que las puertas eran de dos hojas, las ratas las roían en las uniones para poder entrar.
Seguiré al menos con tres artículos que considero interesantes.
Conocí a tu tío y fue un personaje importante del que hay mucho que decir...Te felicito por ser sobrina y familiares.
Gracias por colaborar.
Te saluda.