martes, 18 de febrero de 2014

Asistir a misa

Por Luis C. García Correa
Cada día que vivo le doy más valor, agradecimiento, a la Santa Misa;  y me reconforta, intentando sea diaria.
El valor  de la Misa es infinito y eterno. La presencia de Nuestro Señor Jesucristo y la Comunión son algo tan grande que no se describirlos. Sí sentirlos. (Así me lo creo).
He tardado años en entenderlo y vivirlo. Por eso lo expongo ahora. Intento explicar la dicha, el consuelo que se siente y las ventajas espirituales que son ilimitadas y que suman una cantidad inmensa de valores que elevan y perfeccionan al comportamiento y al alma.
La satisfacción de la Misa es inconmensurable y, reitero, su valor es eterno.
Aunque se note, recalco que solo soy un creyente, no un técnico en la materia. Describo lo que siento: por ser tan maravillosa y de gran ayuda recomiendo la Misa diaria. También por el apasionado amor que le tengo al ser humano y a Padre Dios.
La Santa Misa llena el espíritu, aporta valores y recompensa lo perdido, dando gracias para la eternidad.
La Misa  es el acto más importante del día.

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