lunes, 7 de abril de 2014

¿Tuvo trabajo la verdad alguna vez?

Por Antonio Domínguez
Cada una de las cosas que oigo o veo me sugieren un montón de sensaciones, de inquietudes mayormente en aspecto negativo. No busco la realidad, casi nunca me ha interesado y la verdad de la que tanto he oído hablar,  que por lo visto hay mucha variedad porque cada cual tiene la suya propia, me trae fastidiado. Es que a mí la que me gusta es la universal, siendo un lío para distinguirla de la domesticada. Aunque todavía no reniego de ella ya no la busco, estoy muy cansado.
La realidad no me interesa en sí misma. La verdad la he buscado en día de domingo para verla duchada, peinada, con afeites y gala que la haga aún más bella todavía de lo que debe ser (digo debe ser porque aún no la conozco, no la he encontrado).
A pesar de ello, ando que no vivo de amor por ella, al que me incita la gran fama que le dan como al conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno.
La he buscado en días laborables también, a ver si la veo, aunque sea sudada y desaliñada fregando una escalera. La he buscado con una vela encendida a pleno medio día; a la clara y potente luz de un día de verano (como ya lo hiciera otro). Pero a donde quiera que llego y digo lo que busco todos se burlan y dicen ser amigos íntimos de ella, al punto de que casi todos exponen incluso haber yacido amancebados en su compañía.
 ¡¡Qué como es que yo no la conozco!! Me dicen. Qué ha estado con ellos toda la mañana y qué si hubiese venido yo cinco minutos antes la habría visto; y así siempre, como una pesadilla.
Por eso ando tan despechado (lo que significa seguir amando igual; sólo que despotricando de lo amado, diciendo a los demás lo contrario; que la aborrezco).
Anduve así platónicamente enamorado (todavía hoy no sé lo que significa el tan nombrado amor platónico, siendo algo que no conozco en la profundidad debida que, como animalito de Dios solo entiendo el amor si se consuma), hasta que estaba ya más maduro que verde, propicio a medio comprender que debía retroalimentarse mi propio fruto ¡ya remaduro!, a tiempo, sin dejarlo caer a la tierra; so pena que su semilla germinara de nuevo y se tornara una vez más en mal amañadas aspiraciones. Esto es, el fruto de mi mentira, o la mentira de mi fruto; ya que como se explica, no sé si perfectamente, la verdad no me ha tocado.
La búsqueda de la verdad es como la del oro, hay que cribar media montaña para conseguir unos gramos, o beber, en sentido figurado, toda el agua de un riachuelo, para obtener al final de la vida, los más, sólo un montoncito, en el fondo de la palma de la mano, que no llega si quiera a puñada.
Así misma la verdad no se asiste, y es incómoda a estar presente en los negocios humanos que lo son incluso el amor, la virtud, el honor y todo lo más que se pretenda noble. A los que sin embargo asiste la verdad en pequeña parte, pero nunca en forma material, sino como fantasma, porque ha muerto, y ya no es parte de este mundo; lo digo por protegerme yo de la anterior aseveración de que la verdad no me ha tocado. ¿Cómo voy yo a admitir que hay verdad para todos y para mí no?
Asiste sólo por molestar la verdad pretendida, todavía sin evolucionar ( no le digo señor, que el mundo no esté preñado de verdad, pero sostengo que todavía no la ha parido); sin ser siquiera invocada en forma de maligno comendador, pero aún así es valedera; porque los negocios humanos y divinos son ardides de lo humano, en absoluto y en total amplio sentido; y tienen que estar lustrados de una verdad cualquiera para que sean creíbles.
Aunque sea “esa verdad” fantasmagórica, cuestionable y de malas tracerías no hay otra; se torna por bueno lo que hay, se le rinde satánica adoración y pleitesía, se le encumbra y eleva como algo muy santo entre las manos, como a un hijo natural “idiota”, que el padre, por vehemente amor, cree que es lo mejor que la naturaleza puede dar, y le sube al trono del talento y suficiencia, de todo esto está absolutamente convencido, enfadándose mucho si alguno de los demás hace la más mínima observación en contrario ¡y todos! Creen que su hijo no juega en el Madrid por su mala cabeza, pero sin embargo, no sabe ni para peón de albañil. ¡¡No pasa nada!! ¿Pasará una cuenta en carne, en especias, especies? ¡¡Ojalá y no sea en efectivo, porque, esos efectos ya,  nos proyectarían a la luna!!

Retomo y digo que sólo unos pocos encuentran las grandes y ricas vetas de oro y de la verdad, que cuando son de oro “para mas nada sirven” que para persuadir a desenfundar cientos de revólveres en los largos caminos de poner el metal en civilización. Llegaban a la urbe llenos de barro y en harapos. Cuando no tenían balas que  tirarse se tiraban terribles trompadas y se hacían tiras las ropas por las mordidas o fuertes apretones de dentaduras aplicadas. “Encontrar oro es fácil” lo imposible es que llegue vivo al punto de venta quien lo encontró. Cuando son de verdad –las vetas-, menos, porque sí “que es verdad”, que la verdad solo se puede comprar, y, con oro. ¡Bueno! Eso es lo que yo creo; entre lo poquísimo que creo.

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