lunes, 9 de febrero de 2015

Crítica a un político honesto

Por Luis C. García Correa y Gómez
Hace muchos años, en un país donde se amarraban los perros con longanizas, oí que un señor, al referirse a la dimisión de un político que dejaba la política por honestidad, decía: “es un huevón porque estuvo en la guanábana y no se acomodó”
Entonces, allí, era una idea comúnmente aceptada que el estar en la política activa no tenía otro objeto que acomodarse: enriquecerse deshonestamente, y todo lo más que uno pudiese.
También solía decirse: “que robe todo lo que pueda, pero que haga algo por los demás”.
La corrupción es el cáncer más virulento, más destructor y arrollador de una sociedad, de una nación, de una familia o de una empresa. En definitiva, de cualquier actividad humana.
La corrupción lo destruye todo.
No existe riqueza ni bienes que resistan a la corrupción.
La corrupción se fundamenta en la falta de educación y de valores éticos, morales o religiosos, así como en la falta de la honesta participación.
Si la corrupción se instala en un país inmensamente rico, éste acabará en la miseria más absoluta y devastadora, con detrimento de la vida y de la salud de sus habitantes.
La plena felicidad y la plena libertad son patrimonio exclusivo de los pueblos honestos y participativos.
Los pueblos que creen y practican el Primer Mandamiento: amar a Padre Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Y en el caso de los no creyentes: vivir y participar honestamente en todos los actos de sus vidas. Son pueblos grandes, donde la felicidad y la libertad son lo normal.
El antídoto contra la corrupción es la honesta participación.
En los países en los que se impone la mayoría honesta y participativa no hay ni puede haber corrupción.
“La honesta participación sigue siendo la solución”.
¿En qué sociedad vive? ¿Cree que debe hacer algo? ¿O se siente feliz y contento?

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