miércoles, 4 de marzo de 2015

Testigos: ¡supremos adoquines!

Por Antonio Domínguez
Hay que ver el valor que tienen las cosas y con embargo ni se les da importancia semasiológica: a la farola, al adoquín de la acera, a los caminos viejos; que se les da a los nuevos (caminos) y demás.

La mujer y hombres urbanos, lo que más han mirado en su vida, y menos han visto, es el adoquín en la acera. La mujer pone ojos en la acera, cabeza gacha para no dar permiso a miradas de lascivia y deseo matador: esa escandalera interior ¡pecado! Para todos los actores. El hombre mira para el suelo porque le asusta lo que ve a cabeza levantada. He ahí como gana importancia simbólica “el humilde adoquín”, con su duende intrínseco-obligador a que se le mire aun sin verle.

Posee el adoquín, por el incontrovertible intercambio con millones de miradas “la expresión de las emociones, de las actitudes, de los humores, de las intenciones”; de los sinos del adoquín que nos comunica telepático, esto es, su evocación “en el oyente”.

No se debe usar el término adoquín –solo porque el mismo no ha sido nunca filosofado- para señalar y menos para comparar con la cabeza de nadie.

Tengan en cuenta que lo más duro que haya en la realidad de este mundo, “tiene sus papeles arreglados”, o sea, permiso para existir. ¿Qué es existir?... alternar con absolutamente todo lo demás, que, en lo que se refiere a los demás, solo son necesarios para hacer negocios a poder ser ventajosos para uno, que no es el otro. Es bonito existir también para echar mentiras, tomar poses; discriminar, huir de pobres, torpes y feos; por lo que debemos aprender del adoquín que soporta que hasta los santos le pisen. Desde este punto de vista ninguna distinción le es posible al adoquín, tiene muy reducido su estímulo a actitudes: tiene que permanecer por siempre quedo o quieto, donde lo asentó humano insignificante al respecto de esta filosofía casera, que, hasta defiende el cogito ergo sum de los teniques. ¿Puede que ello sea solo cierta facilidad semántica?, bueno, mire, me conformo. 

Respeto y genuflexión por las cosas más duras. Conmiseración cuando la cosa está dura. Alegría: risas y fiestas cuando la cosa se pone dura… y… duradera.

Nunca se podrá poner en duda, que desde localización sagrada, contempla el adoquín, quien lleva y no lleva bragas.



En próximas apariciones vendrán la farola y caminos viejos. No es una promesa.

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