domingo, 21 de junio de 2015

Carta al Viento: Teresa de Ávila, una mujer para envidiar

Por Jesús Vega Mesa
Estoy de viaje por la tierra de  Santa Teresa.  He caminado, junto a un grupo de canarios,   por los lugares donde  ella vivió  y caminó, inquieta, alegre y entusiasta. Por allí, por Ávila, Salamanca y Valladolid hemos revivido sus andanzas, releído sus poemas, y envidiado su fortaleza de mujer. Hace quinientos años que nació esta mujer, la que ahora llamamos  “Doctora de la Iglesia”. Pero  no fue hasta  1970  cuando se le dio este título  ya que, cuando se solicitaba a Roma, a pesar de reconocer que su ejemplo de vida y sus enseñanzas  lo merecían,  se respondió siempre con el tradicional “obstat sexus” (es decir: lo impide ser mujer). Sin embargo en la Universidad de Salamanca, en 1622, en un acto público,  revistieron su escultura con el birrete correspondiente a los doctores.  Y mucho después, en 1970,  el papa Pablo VI  la declaró  oficialmente, por fin, doctora de la Iglesia. La primera mujer en lograrlo.  La paciencia todo lo alcanza, Teresa. Hasta en eso.
Teresa fue una chiquilla vivaracha, alegre, bromista. Y así lo fue también, más tarde, dentro del convento hasta su muerte en Alba de Tormes. Supo compaginar muy bien la seriedad con  la alegría y el buen humor. Porque ya lo dijo ella: Un santo triste es un triste santoTristeza  y melancolía, no las quiero en casa mía.  Cómo le encantaría a ella entrar en nuestros templos y conventos  de ahora y encontrar gente alegre y con buen humor.  A muchos de nosotros también nos gustaría, Teresa.
La Doctora Teresa es Maestra de oración. No oración rutinaria. De hecho, cuando a los veinte años entró  en el convento se encontró con unas monjas rezanderas, con devociones muy piadosas en nada parecido a lo que enseñó Jesús de Nazaret.  Ella entendió la oración como un diálogo espontáneo, sencillo, normal con el Señor. Por eso llegó a decir: De devociones absurdas y santos amargados líbranos, Señor. Que nos libre, sí, de fomentar grupos espiritualistas, ajenos a la realidad, que se conforman sólo  con rezar, sólo rezar. Para mí la oración, escribía ella, es un impulso del corazón, una sencilla mirada al cielo, un grito de agradecimiento y de amor en las penas como en las alegrías. Esta Iglesia te sigue necesitando, Teresa.
La santa abulense reformó los monasterios porque  su amor a Dios y a la Iglesia le hizo rebelarse contra aquella situación y emprender una renovación de la vida monástica. Mujer andariega, decidida, valiente, luchadora, sin miedo a las críticas.  Cruza Castilla  y llega hasta Andalucía fundando  y animando  pequeñas comunidades de  vida y oración. Y piensa uno, qué sé yo, en nuestra Diócesis de Canarias y el Plan Diocesano de Pastoral. Ojalá algunos, Teresa, tengamos un poco de la valentía tuya para no anquilosarnos en viejas formas y poner en práctica lo que ya nos dice el papa Francisco.
Estos días vividos aquí, en  Castilla, nos ha abierto los ojos para descubrir a una santa del siglo XVI que nos gustaría tener hoy. Las habrá, ahora también, sin duda.  Como Teresa de Jesús habrá  mujeres  de este siglo que también piensan, rezan y hablan con libertad.  Que no se dejan seducir  por la vanidad ni por espiritualismos ñoños.  También ahora hay religiosas y laicos que luchan por  una Iglesia más comprometida y más sincera y fiel a Jesús, a veces también con incomprensiones.
Estamos por estas tierras teresianas  encantados  con la escritora. Y encantados con esa presencia suya que  impregna la vida cultural y religiosa de la ciudad.  Hemos leído sus libros y los pensamientos que le inspiraron. Y repetimos lo que ya tú decías: Lee y conducirás. No leas y serás conducido.
Sí, tenemos santa envidia de la Teresa escritora, fundadora, animadora, orante, luchadora, fuerte.  Grandeza y humildad se funden en la santa callejera. Nos gustaría tener tu actitud activa y contemplativa: Vuestra soy, para vos nací, ¿Qué mandáis hacer de mí?
Eres envidiable, Teresa.

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