lunes, 9 de mayo de 2016

Nadie tiene un precio

Por Luis C. García Correa
El valor de cada ser humano es incalculable. Nadie tiene un precio.
Hay quien se fija un precio faltando a su propia dignidad, a sus valores y reduciéndose a mercancía con la que se puede comerciar.
¿Quiénes se fijan un precio? Quienes se venden.
Hay quien fija su valor en una cantidad, reduciendo sus valores a ese precio, al que dedica sus esfuerzos,  su vida y sus desvelos.
Cuando la honestidad se tasa y se utiliza para alcanzar un precio, se hunde en el fango de la deshonestidad y el desprecio.
Una vez manchado, uno queda marcado. Aunque sigue existiendo el perdón, a quien pide perdón y se arrepiente de corazón.
Alabados sean los que se arrepienten, de ellos es el honor terrenal y la gloria celestial.
¡Qué triste comprobar cómo por dinero y poder se arruina lo que tenemos de más valor: nuestro nombre y prestigio!
La gran riqueza que tenemos es nuestra honestidad, la humildad y el amor.
Para el avaro de dinero y poder, su riqueza es el dinero y el poder, lo que le hace perder lo que tiene más valor: la honestidad y el reconocimiento familiar y social.
Nadie tiene un precio, ni lo tendrá nunca.
Rendirnos al poder del dinero y del propio poder nos convierte en esclavos: encarcelamos nuestra alma y nuestro corazón convirtiéndolos en materia de cambio por dinero o poder, despojándonos de valor y de honor.
Nadie tiene un precio, ni nadie tiene poder ni autoridad para tasar a un ser humano poniéndole precio.
Nadie tiene un precio, porque somos inviolables.
Quien se pone un precio se ha tasado, y se ha condenado.
“Nadie tiene un precio”. Ni lo tendrá jamás.

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