domingo, 30 de abril de 2017

El primer vuelo en Canarias despegó del Municipio de San Lorenzo y sobrevoló Tamaraceite

Tal día como hoy, hace 104 años, fue un día histórico para Canarias y para nuestro extinto municipio de San Lorenzo. Comparto con ustedes un estracto del libro "El primer vuelo en Canarias" escrito por Manuel Ramírez Muñoz donde recoge la expectación que suscitó el primer vuelo de la aviación española en Canarias y donde Tamaraceite toma un protagonismo especial ya que el área que se acondicionó para tal fin estaba dentro de los límites del Ayuntamiento de San Lorenzo siendo su alcalde Don José Rivero Viera.
Creo que el autor comete dos errores que no emborronan este fantástico trabajo y son: por un lado que no nombra al Ayuntamiento de San Lorenzo en ningún momento y segundo que habla de Las Palmas de GC cuando el término de Gran Canaria lo toma el municipio capitalino tras la anexión en 1939.
Les invito de todos modos a que retornen a 1913 y echen a volar su imaginación recordando e imaginando el Tamaraceite que vivieron nuestros antepasados hace poco más de 100 años.

Leonce Garnier nació en París en 1888. Apasionado de la aviación construyó él mismo un aeroplano. con elementos propios, en el garaje que su padre poseía en San Sebastián, terminándolo en 1910. Efectuó sus primeros vuelos en Pamplona, sufriendo en uno de ellos un grave accidente que casi le cuesta la vida. Al romperse su aparato se entrevistó con Bleriot, que estaba volando en Barcelona, comprándole su aeroplano un Bieriot XI. En el Aeroclub de Francia obtuvo el título de piloto en diciembre de 1910, lo que le permitió fundar en Vitoria, con dos aparatos más del mismo tipo, la primera Escuela de Pilotos de España que al no dar los resulta dos que esperaba, tuvo que dedicarse a exhibiciones aéreas por diversas ciudades españolas. En el timón de dirección del Bieriot XI que trajo a Canarias podía leer se: «Garnier. Escuela de Pilotos de Vitoria». El piloto francoespañol, con una experiencia de 95 vuelos por 28 ciudades españolas, suscitó en Las Palmas de Gran Canaria una expectación inusitada en la primavera de 1913, al anunciarse que habría festival aéreo como punto principal de las fiestas de San Pedro Mártir, gracias a las gestiones de una comisión encabezada por dos apasionados admiradores de este nuevo ingenio mecánico: el profesor de gimnasia Jaime Campany y el redactor de La Provincia Domingo Navarro Navarro. 
En principio se eligió como campo de vuelo un terreno situado en la proyectada Barriada Carló, en Las Rehoyas, que al no reunir las condiciones necesarias para llevar a cabo despegues y aterrizajes, hubo de trasladarse a una explanada existente entre la carretera de Tamaraceite y la playa de Guanarteme, junto a una finca del Sr. Antúnez, lugar flanqueado posteriormente por el torreón de la CICER, las fábricas de salazones de El Rincón y el Colegio Nacional Fernando Guanarteme. 
Los vuelos no pudieron comenzar el 29 de abril, como estaba previsto, debido a problemas en el arreglo del campo, realizándose al día siguiente cuatro salidas: la primera, de pruebas, alrededor del campo, y las tres siguientes llevando a bordo en cada uno como pasajeros a Jaime Campany -primer canario que logró surcar el cielo a 100 metros de altura-, a Julio Rodríguez, y al Gobernador Militar de la Plaza, Juan Sierra. 
Garnier sobrevoló Las Canteras, El Confital, La Isleta y Tamaraceite, mientras las gentes que se agolpaban hasta en las montañas de los alrededores, gritaban y aplaudían en cada despegue y cada aterrizaje, bautizando al piloto como «rey de los aviadores» y «emperador de los aviadores». 
Respecto a este primer día de espectáculo, dice con cierta socarronería El Tribuno, que las autoridades debían imaginarse que allí iba a pasar algo gordo por el despliegue extraordinario de fuerzas que se llevó a cabo. Treinta guardias municipales, numerosos guardias civiles al mando de tres oficiales, fuerzas de seguridad y, por si esto fuera poco, aun había varios agentes de vigilancia, pero «afortunadamente no hubo gritos subversivos, ni se provocó ningún motín, ni se hizo la tan temida revolución social». Entre seis y ocho mil personas admiraron al día siguiente, 1° de mayo, los dos vuelos que realizó Garnier superando a los anteriores, pues «fueron emocionantes y llenos de la sublimidad grandiosa inherente al espectáculo. El segundo vuelo, sobre todo, en el cual el aviador demostró su pericia insuperable, fue ovacionadísimo. El éxito de los dos primeros días llevó al piloto a realizar vuelos de mayor envergadura, despegando el 4 de mayo rumbo a Guía, Gáldar, Agaete y Arucas, acompañado de su mecánico. Después de sobrevolar la Montaña de Arucas tomó tierra en la finca de la familia Gourie, donde fue espléndidamente agasajado mientras en Guanarteme se temía lo peor ante la tardanza en el regreso. La muchedumbre, impaciente, oteaba el horizonte hasta que al fin, un punto diminuto se fue agrandando conforme se acercaba, y cuando el ronroneo del motor se hizo perceptible «aquello fue el delirio". Tras bajar del Bieriot, el francés fue aclamado como un auténtico héroe, con amplia sonrisa respondía agradecido a las muestras de admiración del gentío que le rodea ba», y, a modo de despedida, acompañado de su esposa, sobrevoló en dos ocasiones la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, dejando una estela heroica en e! corazón de sus habitantes que boquiabiertos miraban sus evoluciones desde el Puerto, Lomo de San Francisco, Vegueta, Barranco del Guiniguada, etc., pues las cimas de las montañas, las calles y las azoteas, «eran atalayas de muchos ojos»

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