viernes, 10 de agosto de 2018

¡Morir en el atardecer de la vida!

Por Luis C. García Correa
Después de nacer, el acontecimiento más trascendental para cualquier ser humano es la muerte, sea creyente o no.
Nacer es llegar a un mundo en el que mi contribución será decisiva para todas aquellas personas con las que comparta mi vida.
Compartir es parte del cimiento del maravilloso edificio de la vida.
“¡Compartir debe ser repartir!”
¡Incluso compartimos la muerte con todos los seres vivos!
Para un creyente, morir es llegar al final del camino para comenzar la eternidad, con el deseo y la necesidad de que sea en la compañía de Padre Dios y de toda la corte celestial.
Morir no es cuestión de edades ni de tiempo pues solo tiene una explicación: para morir basta estar vivo.
Es cierto que el paso de los años hace más presente la realidad de la muerte y nos acerca a ella. Pero, repito, para morir solo hay una condición necesaria y suficiente: todos, en cualquier momento, tenemos el billete en el bolsillo.
“¡Vivir sin hacer y sin ayudar es vegetar: sí, es actuar como una planta, una flor, una brizna de hierba, que no tienen finalidad moral!”
Todos, sin excepción, cubrimos un tiempo y un espacio propios. Nadie lo hará en nuestro nombre. Por eso la importancia de cada ser humano es trascendental y define la vida propia, así como la de los que están a nuestro alrededor.
¡Morir en el atardecer de la vida es lo normal!
Cada segundo, cada hora, cada día, todos los días de la vida tienen un irrepetible e importante significado y sus efectos son especiales. Tan especiales que se convierten en necesarios.
Morir en el atardecer de la vida es llegar a viejo después de vivir muchos años, de los que se ha de responder. Pienso que esa responsabilidad es más grande en relación a los años finales de una vida.
Para una persona entrada en años, el final de la vida debería dar paso a una reflexión serena, porque se ha tenido la oportunidad de ayudar durante más tiempo, de ir mejorando para acumular un activo de valor que le sirva para la eternidad. Se sea o no creyente, el valor es el mismo.
¡Morir en el atardecer de la vida es una oportunidad que hay que aprovechar!
¡Quién no aprovecha la vida para ayudar la pierde de forma y manera irreparable y no recuperable!
¡El tiempo pasa deprisa y jamás vuelve, y si se pierde, se pierde para siempre!
¡¡¡Cuando se muere en el atardecer de la vida se tiene más responsabilidades y hay que dar gracias por haber tenido más oportunidades!!!


¡Morir en el atardecer la vida debe servir para más servir!

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