martes, 20 de agosto de 2013

La desconfianza

Por Luis C García Correa
La desconfianza es corrosiva.
Destruye al que la padece y a los que están a su alrededor, en especial a sus familiares. A los más cercanos, en la relación personal y familiar.
El desconfiado se destruye así mismo, porque no descansa: vive constantemente atrapado por las sospechas (las amenazas imaginadas), noche y día.
La desconfianza es angustiosa.
¿En qué me la estarán jugando ahora? ¿Qué puedo hacer para parar el daño que me quieren causar? ¿Qué puedo hacer para dañar a quien no me merece confianza?
No es sólo una sensación. Se convierte en principio de actuación.
Todo es un por qué. No se está de acuerdo con nada. No existe la posibilidad de llegar a un entendenmiento. Es imposible.
El desconfiado, la desconfiada siempre piensa que le están engañando.
No son capaces de aplicar el principio de la presunción de Inocencia.
Es un mal, si Padre Dios no les ilumina, irremediable.
Por ello, recemos. Recemos mucho por los desconfiados. Que Padre Dios los devuelva la confianza, para que la felicidad, que no tienen ni pueda tener, les llegue y puedan ser felices. Lo que es imposible para ellos.
Quien siembra mal, recoge mal.
Quien no confía, desconfía. Y quien lo hace se amarga y le amarga la existencia a todo sobre el quien tiene alguna ascendencia.
Es un mal contagioso y acumulativo, en especial cuando procede de alguien cercano en el afecto.
Dios me libre del desconfiado, porque yo me comprometo a rezar para que deje de serlo.
La confianza es el fundamento de la felicidad y de la libertad.
Y la desconfianza origina el mal y la venganza

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