lunes, 13 de abril de 2015

Laicismo

Por Luis C. García Correa
Laicismo es la doctrina que defiende la independencia del hombre y de la sociedad de toda influencia religiosa. Es suplantar el honor debido a Padre Dios, y la moral basada en principios trascedentes, por ideales y normas de conducta meramente humanos, que acaba siendo infrahumanos.
Libertad es la facultad natural de la voluntad humana para determinar espontáneamente sus actos. Libertad es la facultad de hacer y decidir sin causar daño a terceros.
El ser humano ha nacido para ser libre, viviendo de acuerdo a unas normas o valores que le permitan una existencia feliz y libre.
¿Puede el Ser Humano ser laicista, vivir libre y ser feliz?
De acuerdo a mi experiencia, vivencia y creencia la vida es sagrada, porque le pertenece a Padre Dios.
La exclusión consciente, el repudio deseado de Padre Dios, tiene que conducir y generar daño y mal.
¿Por qué? La contestación está en la existencia de la corrupción, en la muerte de un niño cada cinco minutos, en el hambre… ¿Para qué seguir narrando hechos que solo se entienden por la ausencia de Padre Dios?
La ausencia del bien, que es el mal, es la ausencia de Padre Dios.
La falsedad corruptora del paganismo es muy antigua.
Las señales producidas por la secularización, como el aborto, el consumo de drogas, la agresividad… son evidencias de la ausencia de Padre Dios.
Creo que no son necesarios más ejemplos de la nefasta influencia de la ausencia de Padre Dios.
Padre Dios es amor. ¿Existe algún amor que no tenga a Padre Dios?
El mundo con Padre Dios es el de la plena felicidad y de la plena libertad.
¿Existe felicidad y libertad sin Padre Dios?
La vida de cada uno de nosotros es tan importante, que sólo existe mi vida. Ni ha habido ni habrá otra vida igual a la mía.
Esta singularidad de la vida ¿quién la ha creado? ¿Quién tiene la potestad para cambiarla? ¿Qué ser humano la ha cambiado?
¿Qué debemos hacer para que Padre Dios esté en la vida y los hechos de cada uno de los seres humanos?
Yo creo, ciegamente, en pedirlo con la oración, a la que he llegado después de 84 años:“¡Padre Dios, danos lo que necesitamos!”.

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