viernes, 3 de julio de 2015

Lo que me han dicho al dejar de conducir para no contaminar

Por Luis C. García Correa
Desde que el día 18 de junio de 2015, a las 18:20 horas, tomé la decisión de no conducir nunca más para no contaminar, he recibido una gran cantidad de comentarios, opiniones, apreciaciones y hasta insultos velados. Destaco solo los más repetidos:
“Que he dado un paso hacia atrás”.
“Que uso transporte públicos que contaminan”.
“Que no lo entiendo”.
“Mira Luis, si los demás contamina ¿por qué tú no?”
“Pero Luis, ¿qué es lo que te vas a ahorrar?”
“¡Qué idiota!”
"¡Qué extremista!"
Podría continuar, pero creo que estos ejemplos son suficientes para hacerse una idea del rechazo a dejar de hacer cosas sencillas y al alcance de la mano que contaminan, cuestan dinero, y dan disgustos… Aunque, evidentemente, son incómodas. ¡Cuesta trabajo!
¡El poder de las influencias es tan grande y poderoso, que el mal comportamiento se ha convertido en una necesidad!
¿Se imaginan su pueblo, su ciudad, sin coches particulares? Serían lo que eran: un paraíso. Además del ahorro de dinero, las personas se conocerán en los transportes públicos, tendrían menos accidentes, se ahorrarían disgustos, no tendrían que aguantar a los malcriados, no tendrían que buscar aparcamiento y no tendrían que pagarlo… Y, por si todo eso fuera poco, ¡no contaminarían!
¿Para qué seguir si todos sabemos, de sobra, lo que hacemos, lo que nos cuesta y lo que nos ahorraríamos en disgustos, en dinero y en salud?
A todos esos beneficios individuales y comunitarios habría que añadir el bien resultante de la protección de nuestro hábitat natural.
Gloria, honor, respeto y agradecimiento a todas aquellas personas que hacen todo lo que pueden y deben por no contaminar.

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