lunes, 24 de octubre de 2016

A las madres y padres que les robaron un hijo.

Por Luis C. García Correa
La maternidad es, sin duda, el acontecimiento más importante para la humanidad.
La vida es única e irrepetible. No hay dos personas iguales.
Engendrar, gestar y parir un hijo es la máxima expresión de la felicidad y del amor. Es un hecho trascendental.
La madre es el ser humano que más y más desinteresado amor nos puede dar en la vida.
La maternidad es incomparable. Tiene algo de divino.
El amor de una madre supera lo imaginable.
Perder a un hijo debe ser el mayor dolor de unos padres, especialmente de una madre.
¿Cómo es posible entonces desear el aborto?
Quien desea el aborto puede hacerlo porque su madre no le abortó.
La vida es propiedad personal, intransferible, única e irrepetible de uno mismo.
Comprendo y rezo por el dolor y el sufrimiento de unos padres que han perdido un hijo. Y si  además se lo han robado, el sufrimiento es aún mayor, como consecuencia de la inagotable ilusión de encontrarlo.
Como creyente pido a Padre Dios bendiga a esos sufridos padres y les de las fuerzas y resignación necesarias para poder vivir de forma normal.
Siempre hay un tiempo para arrepentirse y corregir y pedir perdón por los errores y pecados. Por ello ruego y suplico a los padres que tienen un hijo robado que se lo devuelvan a sus padres naturales, porque las bendiciones, el agradecimiento, la felicidad y el amor serán tan grandes que durarán eternamente.
Quienes devuelvan los hijos robados serán un ejemplo universal de amor, honestidad, desprendimiento y valor.
Benditos y alabados sean los padres que devuelvan al hijo robado.
Los hijos son de sus padres, y de nadie más.

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