jueves, 18 de mayo de 2017

El llanto de los gofios

Por Antonio Domínguez
En departamentos donde se hace de comer (cocinas), creen los que allí están, que son portentos totales y se comportan (dando meneos del culos y tonos que dejan con la boca abierta al mas  que se la echa de sabio social) como catedráticos  que esperan el Nobel.
Por culpa del hambre histórica que siempre padeció España, triunfa hoy la elaboración de comida por la que compiten hasta con participación de escolares. A los cuales meten en unos apuros de responsabilidad para mayores que dan pena; del mal trato y abuso llenándoseles de responsabilidad- pena, acorde a sufrimientos de Santa María (el penal)
Es increíble ver como estos cocineros hediondos, enseñan a montar platos con las manos desnudas contaminando alimentos y con la cara encima de la comida; invadiéndola de infecto vaho. La comida es a la vida lo que el aire, que es al por mayor, nunca ha faltado y de momento está seguro (es por lo que no se habla de él ni se le hace caso) otra cosa es  la comida.
No hay mayor señal de muerto de hambre que la pleitesía a la comida qué, ya no importa tenerla de sobra porque las hambres se dividen en tres : la normal biológica, la grandísima cuando no hay de que alimentarse, y la psicológica sentida desde  los ancestros que la porta el individuo en sus huellas mnémicas. Cuando se la tiene, nunca SE habla ella en ningún caso; cuando no se padece hambre psicológica o genética , que son hambres que cuando atacan, no importa tener el estomago lleno. Son ordenes cerebrales mnémicas que vienen de generaciones; que abochornan al mas pintado que hasta se le cae la baba ante la comida; quedando que no tiene para comer- demostrando ganas ancestrales las de necesidad y haciendo el ridículo parándose en todos los ventorrillos a mirar la comida con cara de ansiedad; qué hasta un niño pequeño ve que ese hombre ha venido desprotegido de alimento durante generaciones (aunque durante toda su vida haya disfrutado de palacio y de todos los vinos y manjares. Hay personas que siempre tuvieron comida y sin  embargo sienten angustia ancestral ante la presencia de alimento y sus olores, seguramente por el hambre que sus antepasados pasaron en asedios o en Cuba mismamente.

Ahora los cocineros se llaman chefs  y es inconveniente- atrevimiento, tope y bisoño, verde; el rango que se le quiere dar a la mezcla de alimentos para guisar; lejos de los sabores ancestrales. Aun por sofisticados son platos para su público y no es determinante que ese público (cuatro gatos) ponga el respingo de placer en el cielo; puesto que ahí no se va a  comer, sino a figurar. Es de mala saña y mal gusto ahumar “manjares” con nitrógeno a través de las pantallas de tv. Ante el desconsolado pueblo español , que jamás tendrá ocasión de probar eso; porque lo cobran treinta veces mas caro que comida bien hecha, abundante, sustanciosa y, hasta sabrosa. Mantendrán la incógnita manteniendo alejados a los de las alpargatas, bermudas y tatuajes (que es como tendrán al mundo alejado de esas “fregaduras” carísimas; porque el gran publico no puede permitírselas y por ello jamás las podrá “descubrir”. Y el pequeño público (son pocos los que tienen el dinero; además de los políticos con sus dietas millonarias) aunque no les guste la comida se satisfacen en dejar muchas sobras, propina escandalosa, por la carestía de los precios y salen hablando bien; y satisfechos porque pocos son los que pueden pagar setecientos euros por cabeza y vinos de trescientos euros la botella.

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