lunes, 15 de mayo de 2017

La corrupción y sus consecuencias

Por Luis C. García Correa
La corrupción es el mal en grado superlativo. No es solo personal, sino que es repartido y compartido por quienes deshonran -queriendo o sin querer- a la familia y a la sociedad a la que pertenecen, y con quienes conviven hasta la muerte.
La corrupción ha invadido todo lo que ha podido, y más. No hay límite ni acción libre de corrupción, lo infecciona todo arrasando hasta llegar a producir la muerte.
Algunos seres humanos se han aprovechado de la corrupción para ganar dinero y poder, para luego morir sin poderlo corregir, sin llevarse nada a la otra vida más que sus malas obras, dejando el reguero de la deshonestidad como herencia a quienes siguen en la tierra o dicen que les quieren.
Corregir es de sabios. Quien corrige bien merece el perdón y no el castigo.
Todos tenemos las mismas posibilidades de hacer el bien o el mal, todo depende de los valores, convicciones y creencias que sostienen y desarrollan nuestra vida, le dan contenido y son las metas que perseguimos.
La corrupción y sus consecuencias son tan largas, profundas y duraderas que quien comienza con ella va dejando una huella difícil de borrar, haciendo un enorme mal a su descendencia porque heredan esa maldad.
Ser hijo de un corrupto no tiene culpa, pero ante todos se es el hijo del corrupto.
Las consecuencias de la corrupción se extienden y se profundizan en medida incalculable.
La corrupción es un pecado de lesa humanidad, porque va dejando ese rastro profundo y contagioso del dinero y del poder cuando se convierten en meta, que arrasa con todo sin respetar a nada ni nadie, y que consigue dominar la sociedad.
No basta la compasión para ayudar al corrupto, tiene que ser mucho más. Hay que castigar, hay que corregir, hay que educar.
La corrupción se impregna en el alma y en el comportamiento hasta tal punto que es como si así se hubiese nacido y crecido, y como si así se hubiese vivido hasta la espantosa muerte del corrupto convencido, que deja todo y no se lleva nada de lo que tenía, pero sí de lo que hacía.
Anatema al corrupto, a su mal y a su pecado de acumular dinero y poder que no le sirve para comer, sino para pecar y dañar en grado superlativo a la gente, sin conseguir la paz y la felicidad que buscó en el dinero y en el poder.
El corrupto y sus consecuencias llegan más allá de su propia existencia.
El arrepentido del corrupto, con la correspondiente justa reparación, es la gloria terrenal, el ejemplo a imitar y el camino que le llevará a la propia santidad.
Bendito sea el arrepentido, de él o ella nace y crece la virtud de la honestidad, que al compartirla nos llena de felicidad.
La corrupción y sus consecuencias son tan largas y duraderas que -salvo el profundo arrepentimiento con hechos de reparación- quedan grabadas por generaciones. Esas generaciones serán mal recibidas por la sociedad solo por ser herederas de su sangre y de su mal. No tendrán la culpa, pero esa desgracia social ocurre y debe hacer meditar a los corruptos, porque el castigo social es siempre duro.
La corrupción y sus consecuencias pueden arrastrar y arrasar hasta una nación, y más allá de una generación.

No hay comentarios: