martes, 28 de mayo de 2013

La Verdad


Por: Luis C. García Correa
Quien dice la verdad es feliz. Es un ser digno. Pertenece a un grupo privilegiado: el que forman las buenas personas. Es admirable. Vale la pena imitarle.
Camina con la cabeza erguida. Mira de frente.
El mentiroso agacha la cabeza. Cabizbajo y esquivo, torvo, no mira a la cara.
“La verdad os hará libres”
¿Hay mayor satisfacción que ser libre? No lo creo. Lo añoro y lo deseo con toda el alma.
Insisto: después de Dios, creo en la libertad.
Quien miente es esclavo. La mentira es una cadena.
¿Hay mayor autoridad que la que concede el decir siempre la verdad? ¿Mayor prestigio? ¿Mayor poder? Lo dudo seriamente.
La libertad es una prolongación de la verdad. Ambas son inseparables y dan la felicidad.
El mentiroso no puede ser feliz, porque no es libre.
El hombre sincero, la mujer sincera, veraces, no se improvisan. Estas virtudes nacen y crecen en la familia.
¡Qué enorme responsabilidad! ¡Qué gran honor el que tenemos los padres: educar a nuestros hijos en valores!
Educarles para que digan siempre la verdad. Para que sean sinceros. Para que caminen con la cabeza levantada. Para que sean queridos y respetados.
No comprendo al mentiroso. Causa daño: a sí mismo y a los demás.
Sin la verdad no se puede vivir honestamente y sin honestidad no hay vida feliz y menos libre.
Recemos por los hombres y mujeres sinceros. Recemos también por los mentirosos, para que se conviertan y dejen de serlo. Para que vivan.
La palma del honor y del respeto pertenece a quienes dicen la verdad.
Seamos honestos. La verdad brillará con el resplandor de la libertad. Caminaremos de frente, con la cabeza erguida, y el alma tendrá el descanso de la plena felicidad.
Honor a la verdad  y a quien es sincero.
Felicidad y libertad para él y para la verdad.

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