viernes, 27 de septiembre de 2013

Reflexiones

Por: Luis C. García Correa y Gómez
En las oraciones de la mañana, leí una frase que escribió J. M. Casciaro, a propósito de que la Iglesia Católica no toma partido por opciones temporales determinadas. En concreto decía: ”precisamente por no optar por una de las soluciones humanas: ni judíos ni romanos le siguieron (el autor habla de Jesucristo). Pero no; fue precisamente lo contrario: judíos y romanos, griegos y bárbaros, libres y esclavos, hombres y mujeres, sanos y enfermos, todos van siguiendo a ese Dios hecho hombre, que nos ha liberado del pecado, para encaminarnos a un destino eterno, donde únicamente se cumplirá la verdadera realización, libertad y plenitud del hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, y cuya aspiración más profunda rebasa cualquier tarea pasajera, por nobel que sea”.
Esta frase, el anuncio de la canonización y beatificación de tres grandes seres humanos (Juan XXIII, Juan Pablo II y don Álvaro del Portillo), y la publicación de la encíclica Lumen Fidei (Luz de la fe) de S. S. Francisco y Benedicto XVI, me ha hecho reflexionar sobre la misión sobrenatural de la Iglesia y nuestro comportamiento.
La Iglesia ha tenido y tiene la misión llevar a sus hijos -y de tratar a los que no lo son- a Padre Dios. Sin desentenderse de las tareas humanas, tratando de eliminar el mal, en la búsqueda del bien personal y de la comunidad.
La esperanza en un Cielo no elimina el compromiso con lo terrenal.
Como corredentores con Cristo nos hemos de preguntar: ¿tratamos de llevar a Padre Dios a todo aquel que podamos?
¿Nos urge, por la fe y caridad de Cristo, promover a nuestro alrededor la justicia por nuestra honrada participación?
¿Buscamos liberarnos de la esclavitud del poder perverso con nuestro comportamiento?
¿Nuestra solidaridad es determinante en la búsqueda del bien común?
La fe nos debe llevar a sentir respeto y cariño al ser humano – creyentes o no – y jamás a la indiferencia.
Nuestro comportamiento debe reflejar justicia y misericordia.


De cada uno de nosotros se debería decir al final de nuestra vida que, como hizo Jesucristo, “pasó haciendo el bien”.

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