lunes, 10 de marzo de 2014

Historietas de mi primer trabajo duro

Por Antonio Domínguez
Cuando yo era monigote e iba con el cura a administrar sacramentos o extremas unciones (según fuera el caso)… la quietud de la muerte dominaba en el aposento: mortecinos eran los bostezos de los acompañantes que meditaban de su futuro acabar, y por sus mirares salía el miedo a lo no mas remedio,- de interiores que se daban ya por cadáveres efectivos y hasta putrefactos, mientras duraba “y evidenciaban la experiencia” de uno de los estragos de la muerte.           
Cuando se trataba de extremas unciones, tanto si había sido deseado el tránsito al otro barrio como si no; tanto si había sido una suerte haberse ido, o por el contrario una desgracia; los semblantes eran solemnes siempre, durante las veinticuatro horas que duraba el acto… el arrebato mas bien se producía en la primera y última hora: en la primera por el horrible mazazo, y en la última porque no le verían más (no iban las mujeres a los enterramientos). Todas las horas intermedias eran de continuo llanto llovizna, precursor de violento aguacero, por además del dolor: desnutrición y debilidad nerviosa; y extrema delgadez propiciada por el glorioso alzamiento nacional: que no en vano se llamaba régimen. Rebrotaba la angustia de sopetón por toma de conciencia cuando parecía que el sosiego se iba a instalar; y entones se apelaba a alguna alusión, tal como, entre gritos muy fuertes y llantos, hablaban con él, o la fallecida: de un sentimiento entre ellos, que ensamblaban en tres o cuatro palabras, las cuales solo repetían, con tanto dolor, que cualquier presente se sentía perdido, helado y “muriendo” un poco más ante aquella situación.
Yo presagiaba (cuando se trataba de administrar sacramentos) que los que allí habían intuían que aquél pobre enfermo antes de dar otra hora ya habría muerto irremisiblemente, bien por el propio mal que padecía o por el terrible miedo de que era poseído. Que venía como colofón a los dolores que ya soportaba cuando veía el montaje del expeditivo ministro que entraba directamente con gran autoridad y solvencia, casi con no sé si  ese celo profesional elevada al aire y gran aparato alienador que ostentaba el resolutivo cura llevado de, ”la violencia nerviosa porque todo salga bien”; esa que da a los individuos el sentirse muy importantes y en este caso particular, el sujeto cura iba a llevar un alma al cielo que queda muy lejos, no podía perder tiempo, tenía mucha prisa.- Que no parecía sino que hubiese estado negociando con San Pedro la entrada urgente del desgraciado pobre-. Cuando nada más entrar decía con la voz puesta en la grave nota DO de la escala primera del piano, muy fuerte y varonil: “ave María purísima”, las mujeres salían contestando el “sin pecado concebida” para hacernos hueco en la birriosa estancia a los monigotes, armados de los cirios e utensilios que ponían en nuestras manos inocentes, para ayudar al hercúleo y tarzánico cura a “evangelizar”; tanto a la concurrencia como a nosotros mismos pobres angelitos de verdadera miseria, e infelices criaturas cuando no éramos ni capullos para poder abrir a la flor de la edad, lo que posiblemente (la flor de la edad todavía lejana) nos permitiría disipar un poquillo más el miedo y la angustia; por tener más fuercitas de todo tipo… o para ese tipo de cosas ¡Que cosas!.
Las comadres plañideras no de oficio aprovechaban los duelos para llorar públicamente sus amores imposibles; sus grandes fracasos personales en toda cuestión, con “el chico de la sociedad” que le hizo un niño cuando “servía” en Triana o en Vegueta y luego le viraba el “hocico“ cuando la veía casualmente cada par de años. O con el que la “desgració” y luego se fue al tercio. Sin olvidar a aquellas pobres personas que “los numerosos accidentes de trabajo diarios” se les llevaban las vidas de sus vidas; en la persona de hombres que amaban con locura (eso decían ellas. La práctica totalidad tenían su duelo personal). Su acuciante falta de dinero, desavenencias con su nuera y demás. Cuando nos hacían el hueco y salían al muladar ya no lloraban, salían con la cabeza recta hacia la puerta (me acuerdo) pero con la mirada totalmente forzada de reojo, puestos estos, muy en oblicuo desde aquellas caras color lindo: -mezcla- del de todas las aceitunas habidas,- y claro, aquellas miradas a pesar que eran hechas con el recato propio de la represión de la época, eran in disimulables; porque ellas con la cabeza recta como he dicho cuando atravesaban a un lado y hacia arriba aquellas dos esmeraldas que tenían luz en su interior y por ojos lo que lograban era envanecer más al gigantesco cura; que sin darse cuenta el muy pío, le daba gravedad y entonación a la voz y en singular círculo imaginativo-limitador de los frenos de la carne, las admiraba más y las enamoraba más y mejor todavía de lo que ya estaban de él; contemplaban prácticamente al único hombre sano, fuerte y machote, bueno de bondad, cariñoso, principio y fin de toda ilusión y esperanza (y encima, tenía comida) los demás, estaban echando un pulso a la selección natural con sus hambres todos, incipientes tuberculosis otros y anemias perniciosas con los consiguientes catarros perrunos los demás, con muy pocas carnes todos ellos además.
Volviendo con el varonil ave María purísima que el enfermo oía casi, como si fuera la última cosa que iba a oír; téngase en cuenta que cuando se llamaba al cura para confesar a alguien ya las comadres le habían sentenciado, estaba listo, y él lo había percibido en el ambiente.
El enfermo que esto no ignoraba, por práctica de cuando no lo era, y viendo a aquel inmenso santón negro, envuelto en ricos ropajes blancos, con el copón tapado en telas a juego y aquella perorata en latín, pronunciada con un empaque y gravedad que ponía el cuero de gallina hasta al que estaba sano … al más expeditivo, ¡que no sería a él que ya SABÍA se iba” para las chacaritas!
A muchos enfermos despacharon de susto poniéndoles en columna de viaje antes de lo debido; impresionándoles con el tilín tilón de las campanillas, las velas, las sombras de los cirios presentes en la pared (¡¡habrá cosa más impresionante y espantosa que los sombrajos de los cirios!!); aquel inmenso santón inmerso, “¡metido a presión!” en aquel pequeño cuarto, cueva generalmente; que para entrar en él tenía que hacer cuatro o cinco dobleces, cogiéndose todo el espacio, para hablar el lenguaje de los muertos: “luce tu luz perpetua” “danos el espíritu tuyo” llévatelo hoy mismo al cielo” (dando órdenes a Dios y tratándole de tú) así de palabra ¿y con el gesto y todas las sutiles formas de comunicación existentes?. No sé que tenía el dichoso cura que nada más verlo, el más macho enfermo, se meaba en la cama (soy testigo).

Volviendo al principio, oí yo un sin fin de veces que fulanito de tal murió en paz y en gracia de Dios porque no hizo sino confesar y se murió automáticamente. De acuerdo, puede que murieran algunos casualmente después de confesar, pero la inmensa mayoría y sobre todo a los que le flaqueaba el corazón morían tras el temporal desolador del terror matador.
Retomo lo que a mí me marcó bastante porque era muy pequeño y encima tenía que asistir con el cura a retirar el cadáver del domicilio, a la hora del enterramiento (no había tanatorios) para ser sepultado. El cura y los monigotes teníamos que entrar hasta adentro del todo de aquellas pequeñas casuchas donde se hacinaban todos los vecinos del pueblo y eran tiempos en que se usaba plañir gratis, por lo que aquello era un griterío que hasta que mi corazón de niño no endureció algo me parecía todo un auténtico infierno. De la multicidad, vaya, multitud, de mujeres cayendo desvanecidas por las anemias perniciosas que padecían y el estrés de las veinticuatro horas sin dormir, prácticamente sin probar bocado, no había: quedaban amargos recuerdos que fortalecían tanto para amores ingratos, como para aguantar ganas de comer. Si yo acertara a describir esto como debe ser -como es debido- no sé qué ventaja para aterrorizar tendría sobre mi Dante, con su viaje al infierno. Me acuerdo ver salir,- cuando era yo más granadito a aquellos curas orejudos y altos de estatura; por consiguiente, con medidas de a cuarto metro para arriba, que daba en aquellos tiempos la fe-, del habitáculo donde se encerraban a cal y canto con el enfermo para poner en marcha la máquina de confesar antes de que muriera. Me acuerdo de los curas –que medio asfixiados por lo que habían oído seguramente- abrían la puerta de la choza lívida la faz del rostro o apoyándose en ella con los brazos abiertos a coger bocanadas de aire fresco a hocico abierto como hipopótamo. Le ha interesado siempre a la iglesia tomar la síntesis última de todas las existencias, porque por insulsa que nos parezca la vida de cualquier persona, cuando va a dejar este mundo ya solo le interesa largar su lastre basura al primer testigo; y en verdad, en esta situación cada uno de ellos revela a través de la confesión el mapa de un valioso tesoro del tipo que sea; no olvidemos que se le entrega al cura nada más y nada menos que los intríngulis de toda una existencia.
Muchas veces “se solidificaban como la roca” en el umbral de la “choza”, lívida la faz del rostro, quedando estáticos por lo que habían oído seguramente; vuelvo y digo al decir de Dickens, (que se entrecomillará y no se sisará ni una coma que sea de él)

 “debe helar la sangre los secretos más caros al corazón guardados durante largos años, y que ahora confiesa desesperado e ignorante, además de moribundo, el ser que tiene delante. A pesar de que en lo conocido no hay nada absolutamente bueno que no contenga algo malo y al revés,- así mismo la confesión que no sirve para nada, sirvió en estos casos aunque solo fuera para asombrar al curioso cura hasta dejarlo medio asfixiado cuando comprobaba que sin haber estado en el seminario aquellos moribundos, eran capaces de filigranas casi tan perfectas como las de él.
Cuan frustrados deben sentirse estos “seres de luz” cuando a través de la confesión de un moribundo descubren por la narración de una maldad determinada,- practicando la cual-, era un verdadero artista el que tenía ya el pie en el estribo para emprender largo y definitivo viaje.
Como deben rascarse en su interior los relucientes clérigos cuando se dan cuenta que toda la ciencia del mundo no sirve de nada para arrebatar aquel ser a la muerte, del que tanto podrían aprender, parece mentira, de virtudes.
“Muchos relatos han sido hechos por moribundos; relatos de culpa y de crimen, tan espantosos, que los circunstantes han huido del lecho con horror y espanto, a no ser que les haya herido la locura por lo que oyeron,- por recordar y asumir algunos oyentes que lo de ellos es aún peor - ; y más de un desgraciado ha muerto solo delirando sobre cosas que harían retroceder al más osado”.

Se debe desprender que estas cosas no las puede concebir el niño monigote que fue, pero sí el hombre, que a pesar de seguir siendo considerado como lo mismo, ha visto lo que ha podido ver: y las depura contrastadas con múltiples experiencias, que dan lo que dan. Es por lo que recordando es donde demuestran más activos sus huellas mnémicas, evocando las expresiones en los rostros con bastante realismo para analizarlas ahora flipando en colores auténticamente. Si has llegado hasta aquí “lector ilustre o quier plebeyo”, (como ya fue dicho por uno de los grandes) es por cuanta gana tenías de comprobar la “gracia” para abrocharlo todo, del mentecato, del atrevido. A los decepcionados (por los totalmente calientes no puedo hacer nada) les compadezco por haberles tambaleado sus principios y a los sorprendidos también por haberles impedido encontrar por si mismos la pequeñez que aquí no se esconde.

Cómprese un buen cherne. Busque una playa que no sea peligrosa y haga un caldo de pescado acompañado de su mujer, sus hijos, yernos y nueras, nietos y algunos afectos más. Pasen un día confraternal. Tómense unos güisquis de marca, sin exagerar. Quiéranse unos a otros. Sean felices. Yo les garantizo que a ese es al único cielo al que se puede aspirar. Con diligencia se pueden buscar  cielos homónimos o mejores todas las semanas y yo le advierto y hágame caso, que absolutamente todos los cielos están en la tierra. Acostúmbrate a preguntarle a tu cerebro y al mundo. No preguntes a un guardia. No preguntes al cura. No preguntes a un santo- pregunta por nuevas playas (nuevos cielos) disfrútalos  como los disfrutan ellos y por si acaso son los únicos del universo: que lo más lógico es que sigan apareciendo los cadáveres en el cementerio quietecitos allí, sin irse para ningún lado, como siempre. Si quiere vivir en el único cielo conocido dedíquese a ir a hoteles a las islas; incluyendo las portuguesas; Cabo Verde. Si tiene dinero no se la pierda  porque lo que es la gloria está aquí para los que se la puedan permitir y los que  no, a pudrirnos cuando nos muramos directamente como cualquier  animal . Pudrirán juntas almas, esencias, espiritualidades,  la falta de dinero y el desprestigio de la vida. ¡TODO!.


Antonio Domínguez

5 comentarios:

Anónimo dijo...


¡Me he quedado flipando! En cuanto a los duelos antiguos los recuerdo y te doy la razón...¡Cuánto sabes Antonio!

Anónimo dijo...

Hay que ver el dominio que usted tiene de la vida, del ser humano y de la existencia en general. Mire un día por accidente entré en esta página y le juro soy desde aquél entonces un fiel e incondicional seguidor suyo. Todos mis RESPETOS para usted MAESTRO!!. No deje por favor de deleitarnos con su supremo conocimiento. Y un consejo, si no escribe para otros periódicos o similares, está perdiendo el tiempo, porque a mi entender y con el debido respeto, esta página le queda pequeña MAESTRO. GRACIAS.

Anónimo dijo...

Al comentario de las 00:22. Tengo vaga idea en el creer saber quién eres. Basamentado en ello me encanta escuchar de ti –persona formada- que flipas; y ello, por dentro, me engrandece a mí. Con el dato de que recuerdas ¡aquellos duelos! Te puedo poner hasta la edad. Por poner una nota: recuerdas cuando (en el duelo) a alguna, que había comido algo, se le encendía el saltaperico y se arrimaba al hombre que más le gustaba para simular un desmayo y quedar en sus brazos “atrincada”. Sí mi muy estimado no enemigo Sergio ¡cuántas cosas hemos visto los viejos!
Antonio Domínguez.

Anónimo dijo...

Al comentario de las 11:56. Llevo más de media hora cavilando el modo como salgo del compromiso en el que usted me ha involucrado. No me queda otra que ser muy sincero y duro con quien veo tanto me estima, ¡Y LO SIENTO! No le puedo agradecer su comentario. No negaré nunca que ansío relumbre, pero no a costa de compañeros ¡que todos ellos! Son gente de estudios y yo no tengo ningunos.
El valor primero de un sitio web es la libertad heterogénea, y en este sitio las opiniones son en carne viva; y tanto las de humanísticas como de cientificidad son admitidas con mismo agrado. Es por lo que escribo aquí: “para educar” y para ser educado. Para compartir ideas fijas con ideas errantes. Ideas de todo tipo. Eso, repartir heterogeneidad. ¡Para todos los públicos! Sepa señor otra razón entre bastantes por la que me encanta escribir aquí. En esta página siempre se opinó, jamás, se adoctrinó.
Mi agradecimiento en este caso por elevación es para ti Esteban.
Antonio Domínguez.

Anónimo dijo...

Del comentario que has hecho de 00:22
¿Recuerdas Antonio ver en los duelos que cuando a alguien le daba un desmayo(Si, claro que soy de tu tiempo, y vecinos de niños...solo había un estanque por medio, jeje) Como te decía, ¿cuando les daban esos desmayos y se buscaba el zapato más sudado para ponérselo en la nariz a la desmayada para que aspirara, allí, dentro del zapato? ¡Vamos,eso no tiene desperdicio! Yo es que ahora pienso en esas cosas que estos ojitos vieron en la infancia y como te dije: ¡Flipo!