domingo, 24 de agosto de 2014

Carta al Viento: Hoy recibí una carta.

Por Jesús Vega Mesa
A mis amigos de infancia Felo, Suso y a mí mismo nos ilusionaba recibir cartas. Cartas de amigos o de quien fuera. Tanto es así que mirábamos las revistas de la época solamente por buscar aquellos anuncios que ofrecían recibir información gratuita: Ceac, Escuela Radio Maymó, o Librerías. Y cada semana escribíamos varias solicitudes a esas empresas u otras sólo por el placer de ver llegar el cartero a nuestra casa (entonces no teníamos buzón) con un sobre a nuestro nombre. 
Han pasado los años y sigo disfrutando cuando el cartero de mi barrio (en realidad ahora es “cartera”) deja en el buzón la correspondencia. Por unos minutos busco ansioso quién me escribe y casi siempre me llevo una decepción pues quienes más lo hacen son Telefónica, Bankia y algún otro enemigo que busca disminuir con urgencia mi delicada cuenta corriente. Pero hay veces que no. Hay veces que, sorpresivamente, llega una carta diferente: la invitación de Raquel y Ángel que se van a casar o de un viejo amigo que simplemente me dice que le gustaría charlar un rato conmigo.
¡Charlar un rato conmigo! En estos últimos años he deseado muchísimo ser un cura con tiempo para escuchar, para estar con la gente, para recibir cartas de quien necesite quien le escuche. Cada vez lo veía más difícil porque ser párroco es como una bola de nieve que va creciendo, que te va llenando de actividades y reuniones y te quita tiempo para, simplemente, estar con la gente, sentarte en el banco de la plaza, atender con calma a quien viene a contarte su problema, visitar al vecino que está enfermo… Mis primeros años de cura fueron así. Después vino esto tan necesario de reunirte para casi todo y nos robó la frescura de vivir sin prisas, escuchar sin prisas, compartir sin prisas. 
Muchas veces me venía a la mente lo que la Biblia dice:“Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo: tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de curar; tiempo de derribar, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de lamentarse, y tiempo de bailar; tiempo de lanzar piedras, y tiempo de recoger piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de rechazar el abrazo; tiempo de buscar, y tiempo de dar por perdido; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de rasgar, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar. “ (Eclesiastés, cap. 3)
Y me preguntaba: ¿Cuándo me llegará ese tiempo de hablar menos y escuchar más? ¿Cuándo llegará ese tiempo sin prisas? ¿Cuándo llegará el tiempo de saborear la vida con los vecinos de mi parroquia sin que me estén esperando para la quinta reunión del día? Yo no sé si es que ha llegado ya o es un anuncio de que está próximo o simplemente es un espejismo
Esta mañana sonó el timbre de mi casa y era el cartero (perdón la “cartera”). Traía una carta certificada. ¿Qué podría ser? ¿Una multa de tráfico por mal aparcamiento? ¿Un comunicado del Banco diciéndome que había agotado la cantidad de números rojos posibles?
Abrí nervioso el sobre, del tamaño de una cuartilla y miren lo que estaba escrito en un folio fechado el 15 de agosto:
“Monseñor Francisco Cases Andreu, Obispo de Canarias. Por las presentes (¿Las presentes?) nombro al sacerdote de esta Diócesis D. Jesús Vega Mesa (¡Cuánta formalidad, Dios mío!) Vicario Parroquial de S. José Artesano en Cruce de Arinaga y de Ntra. Sra. Del Pino en Playa de Arinaga, a tenor del Código de Derecho Canónico, cc545 ss (¿qué dirá ese cánon y los siguientes? por un tiempo no superior a seis años, a no ser que el bien de las almas aconseje otra cosa, concediéndole todas las facultades que requiera este cargo para el cumplimiento de su misión pastoral y bla bla bla”
Me alegró. La carta, con número de salida 376/14, a pesar de su frialdad, transmite mucho más de lo que aparentemente dice. O al menos despertaron en mí el deseo de vivir el sacerdocio de un modo diferente que antes no me era posible y ahora creo que sí. Hubo un tiempo de ser párroco y ahora llega el de ser “vicario parroquial”. Hubo un tiempo para organizar y reunir y correr y hablar. Y ahora llega otro para escuchar, para estar, para obedecer, para callar.
¡Quién le iba a decir a Suso o Felo, amigos de la infancia, que un día yo recibiría una carta que iba a producirme muchísima más alegría que las de la Escuela Radio Maymó. Esa fue la carta que hoy recibí.

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