jueves, 30 de abril de 2015

La mujer de los ojos verdes de triste mirada

Por Pedro Domínguez
Hace unos días, en la observación continua que hacemos, aun sin ser conscientes en la mayoría de los casos, me fijé en el semblante triste de una mujer que tendría unos veinte años; venía precedida por su compañera en el pasillo de la guagua que se movía ésta como una culebra al ser un vehículo articulado. A pesar de la tristeza de sus centelleantes ojos verdes, esbozó una sonrisa cuando estuvo a punto de caer, si no se sujeta con sus delicadas manos de los hierros de la guagua. Se sentaron en los asientos que estaban a mi altura. Su compañera de viaje tenía una actitud más resuelta, ropas de escaso gusto, desaliñada, una argolla en la nariz, el pelo teñido con matices encarnados y rosáceos y desprovista de la más mínima coquetería. Como debe ser en todo momento y circunstancia, se notaba que estaba plenamente contenta con su personalidad… que, como todos nosotros llevamos a cuestas, es el sino de nuestra propia existencia. Lo que hizo que me fijara en aquella pareja que se me puso delante fue la mirada de tristeza que se escondía detrás de unos flecos rubios. Sin hacer elucubraciones del porvenir que les espera a estas mujeres, las pruebas que tienen que pasar tanto por familiares como por la intransigencia de los carcas de mi época, de esos moralistas que se dicen cristianos que rayan en el puritanismo de la estupidez sin saber que el Dios al que creen servir con sus censuras crueles despiadadas, no puede estar con ellos con estas actitudes retrógradas. Si el Hijo del Ser Supremo volviera a coger el látigo, no solo los echarían de los templos, sino de todo lo que significa la dignidad del ser humano para valorarlos en la categoría de las sabandijas, con perdón de estos seres.

Lo que me movió a sentir agrado y admiración por ellas fueron las miradas de cariño que se profesaban. Yo, a hurtadillas, sin que ellas lo notaran, las observaba. Aquello era amor del bueno, respeto, complicidad, me atrevo a decir a dar la vida la una por la otra; ahora mismo estoy emocionado por lo que fui capaz de ver en unos minutos. Cuántos vetos, negros presagios, han caído en pocos años… Mientras ellas se cogían de la mano en silencio, se rozaban con gran sigilo las cabezas y la electricidad corporal fluía cariñosamente entre ellas, me sentí feliz de mis apreciaciones. Cuando se bajaron de la guagua, las seguí con la mirada, en tanto que sus figuras por la distancia se iban empequeñeciendo y dejándolas atrás en su propio destino… que con felicidad sea.

2 comentarios:

Antonio Domínguez Herrera dijo...

Este es el mejor artículo, con mucha diferencia, que se ha escrito en esta página en el último año y medio. El enemigo o enemiga de mi familia, que no da la cara, ataca todo lo que puede desde el oscuro y pone no de acuerdo, porque tiene miedo que se le reconozca por su "estilo". Haciendo largas conjeturas y tertulias con Esteban al respecto, nos acercamos poco a poco a ponerle cara para decirle cosas a ese carota: ¡¡desde lejos y con piedras en las manos!!
A ti te pasa lo que a mí, que te crees mucho y no eres nada; pero además tú, y no yo, eres traidor; desleal; delator (chivato); felón; ingrato; indigno; intrigante y conspirador y también "un jediondo".
¡¡Atrévete de una p. vez a escribir en esta página para ver quien es menos!!
Y ya a lo bestia... ¡¡brinca si tienes rozones rozantes y colgones!!
Recibe todo el asco y el desprecio que activas en tu seguro enemigo ¡que de hecho te has ganado!: antonio dominguez herrera.
QUE TE USE UN MONO.

Anónimo dijo...

Amigo Pedro: He leído tu relato con la atención que siempre pongo a lo que escribes y puedo decirte que me ha emocionado. Sin embargo, no me ha sorprendido, porque creo conocer bien el nivel intelectual, la constante fuente de pensamiento que hay dentro de tu cabeza. Te animo a seguir complaciéndonos con cosas como éstas, tan diáfanas en esa mente tuya. Un abrazo.
Pepe Mujica