lunes, 30 de enero de 2017

“Vivir para aprender. También en la vejez”.

Por Luis C. García Correa
La vida es la experiencia y la vivencia personal e intransferible. La vida es lo que vivimos cada segundo, ya sea de iniciativa particular como ajena.
La vida es el tiempo para aprender, repartir y mejorar, tanto personal, como familiar, social y mundialmente.
“¡Vivir para aprender!” Para aprender y saber que hay que aprovechar cada segundo de la vida. La vida es muy corta y debe de ser muy intensa, para vivir, para aprender, saber y ser de utilidad personal, familiar, social y mundial.
Desperdiciar la vida es imperdonable.
La vida es muy corta para desperdiciarla sin hacer, decir y repartir la sabiduría de la vida. Hay que gastarla en ayudar y en ayudarnos.
La vida tiene un tiempo y un valor inconmensurable, y perder el tiempo de la vida es imperdonable, y no recuperable.
El tiempo se usa, se disfruta y se comparte, o bien no se reparte y se queda en la nada.
¡Qué gravísima responsabilidad dejar pasar la vida y hacer poco o nada!
La vida, en especial la de las personas mayores y retiradas, lleva la obligación ineludible de devolver a la sociedad lo que aprendieron de ella y que tanto les sirvió y sigue sirviendo.
No devolver lo que hemos aprendido los jubilados y las personas mayores, por gandulería, pasotismo, egoísmo… es imperdonable.
“¡Vivir para aprender y luego devolver!”
Lo aprendido es una experiencia y un conocimiento con una exigencia personal y social, que todos los mayores debemos devolver a la sociedad en la forma que mejor podamos hacerlo y siempre que nos sea posible.
Anatema y condena a quien en el ocaso de su vida solo vegeta en vida y sin actividad, dejando pasar el tiempo sin hacer nada, sino que cansado y aburrido se sienta a ver pasar la vida, y dejar pasar su vida sin hacer nada, en especial, por los demás.
La vida y su experiencia no es solo nuestra es también de todos –de todos la hemos recibido- y a ellos hay que devolverlas para merecer ganar una paga y un descanso a la vida de trabajo.
Ningún jubilado sano tiene el menor derecho a no hacer nada.
No hacer nada es condenable y es esperar a la muerte sentado sin hacer nada por los demás.  La muerte le deberá ser muy triste y no sé lo que le exigirá.
Benditos y alabados sean los jubilados que dedican una parte de su vida en compartir su sabiduría. Cuando les llegue la muerte no les cogerá desprevenidos y recibirán el premio al mérito alcanzado por su ayuda a los demás.
Vivir para aprender y luego repartir en la jubilación y hasta la propia vejez y muerte, es un valor merecedor del premio de la eterna felicidad en la contemplación de Padre Dios.
“Vivir para aprender. También en la vejez”.

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