Por unos dulces, inteligentes y candorosos ojos

 

Por Pedro Domínguez     

Benito dio un largo paseo para llegar a su casa en la nocturnidad de una noche clara y escarchada, evitando en todo momento ser visto por los vecinos del lugar, de casas esparcidas y de maledicentes críticas.

-¡Le pediré perdón, me pondré de rodillas si hace falta! Nos encerraremos en la habitación para que el niño no nos vea así. Que grite, que diga lo que quiera.¡Tiene razón, lo que he hecho no está bien!

Yendo casi a rastras, por aquel empinado sendero poco usual que iba a dar con la trasera de la casa las ortigas le acariciaron su piel sudorosa, insensible por el nerviosismo del momento. Aún así notó el olor a grasas descompuestas que expelía el barrizal que se formaba con el desagüe del fregadero - -Si algún día vuelvo, reconduciré las aguas y haré un huerto, esto aquí está hecho un asco.

Se dijo.

Oyó voces y risas. ¿Quién estaba allí a aquellas horas, en su casa, en la cocina donde tantas veces había tenido el regocijo de comer con su familia? ¡Estaba otro hombre con los codos sobre la mesa zampándose una cena; con risas y carantoñas con las que Hortensia le acompañaba la velada. Sintió un desafuero interno como si se le desgarrase el alma y una furia contenida le atenazó las vísceras. Más tarde, después de un largo momento volvió a mirar a hurtadillas. Benito se enfureció como un “cabrito”cuando vio que él la cogía por el talle mientras ella fregaba la loza. ¿Que hacer?, dar unos gritos y un par de puñetazos aquel marrano. Pero él, que llevaba tres meses sin aparecer por su casa sin dar señales de vida, no podía dar lecciones de moralidad.

Con la vista mas clara, pasado el sofoco, se percató de quien era el que estaba mancillando su honor en su propia casa.

¡Ah ruin, eres tú el que tanto venias por casa!; que tan dispuesto estabas en ayudarme en lo que fuera menester. ¡ Puerco! Yo al menos tuve la valentía de escaparme con Maruxa. ¿Valentía? , ¡Idiota que soy !

Benito se recostó en aquel estrambótico jardín enjugándose las lágrimas con la áspera tela de su abrigo en espera de calmarse y saber que hacer. De lo que si estaba seguro, era que sin ver a Andresín no se iría de allí.

Recordó como habían comenzado sus desventuras. Fue en la verbena de fin de fiestas de San Alejo a la que había ido de copas con unos amigos. Tenía el sueldo del mes al completo en el bolsillo; parecía que todo estaba urdido por el destino y San Alejo le alejó de su familia.

Desde la cantina observaba como Maruxa no le quitaba la vista de encima y moviendo los dedos de la mano le hacia señas para que fuera hacia ella. “La conocida por todos en el pueblo insistía” y él ufano se sentía como un gallo irresistible.

-¡Si le paso mas de veinte años!

La orquesta se arrancó con la canción mexicana Cielito lindo. Sin pensarlo, ya estaba danzando con ella. Benito bailaba malamente, movía la columna al ritmo de sus pasos abiertos, como si tuviera miedo de caerse. Maruxa, aferrándose, pegó su cara a la de él, la lozanía de su cuerpo y la ternura con que le miraba, hizo que el se sintiera un chaval.

-¡ Dios mío!, Que locura cometí, abandoné mi casa, sin tener en cuente mí familia ni mi

1. estima. - ¡Ay, ilusiones! No hay nada que se compare con la gracia de Andresín, con sus dulces, inteligentes y candorosos ojos.

Se dirigió a la cantina, hecha con bidones, tablas, lonas y hojas de palma. Ella le dijo tirándole de la mano.

-¡ Ahí no!

Al pasar por delante de aquella concurrencia de borrachos de fin de semana, los amigos le hicieron señas que le querían decir que aprovechara la situación. Mientras se dirigían al coche, los músicos comenzaron a dar ritmo rápido para que la gente entendiera que la verbena estaba acabando.

Empezó a sentir frío y el escozor de las ortigas en aquella espera interminable a que estuvieran dormidos. Volvió con los recuerdos del inicio de su desventura. . -Vámonos a tomarnos algo al bar de Pepe el Macho, cierra de madrugada.

Llevaban unos cientos de metros de recorrido cuando ella trató de incorporarse del asiento y con habilidad se quitó las bragas.

-¿Que haces?- y ella le contesto con voz jadeante como si se asfixiase.

– Me las quito porque tengo mucho calor.

Benito se puso como una moto. Paró el coche en el arcén unos segundos. Dio un giro de noventa grados saltándose una línea continua.

-¡Vámonos al sur-, dijo él.

Se hospedaron en los Apartamentos Mami Playa. Cuando estaba abriendo la puerta de la habitación, Maruxa se empeñó en que la entrara en brazos de forma nupcial.

Al siguiente, día luchando con la resaca y el remordimiento, a escondidas de Maruxa, llamó a su hermana Marcela.
-Te llamo para que le digas a Hortensia que estoy en el sur. Anoche un amigo me ofreció un trabajo interesante. El sueldo me hace falta para gastos; que coja de ropero para ir gastando que pronto voy.

-¡Porqué no se lo dices tú! -Le contestó ella con malestar.

-Tú sabes como es, me armaría un griterío.

A los pocos días, por el que yo les vi en tal sitio, y los precedentes de Maruxa, todos en la zona sabían de que iba la cosa. Nadie se molestó en buscarles. Hortensia se resignó y tomó las riendas de su destino. Le pidió trabajo a su primo en el supermercado y Marcela se hizo cargo de cuidar al niño.

El padre de Maruxa, único familiar que tenía ella, cubano para más señas, vividor de una pequeña pensión, tenía la extraña costumbre de llevar en su sombrero tipo tirolés una colorida pluma de gallo inglés. Tenía un animal de esta raza para este menester y cuando se estropeaba el adorno le arrancaba otra. Úrsulo que así se llamaba sentía una gran estima por Benito. Estaba contento porque su hija había elegido a un hombre de valía para “sentar cabeza”.

Pasaron los días y de la aventura empezó a conformarse un amorío. De la reseca memoria de la juventud surgió un querer estrambótico que le hizo enloquecer. Aquello no era amor, era una batalla entre dos generaciones con un previsible final, como así sucedió.

Paró unos segundos en sus recuerdos, y se dijo:

- ¡Pobre Maruxa!-, ¡Que será de ella! Fuerte locura.

Cuando se les acabó el dinero, allí mismo encontró trabajo, en el servicio técnico del complejo de apartamentos, ya que él sabía de todo un poco.

Maruxa en un desliz propio de ella, “se los puso” con un freganchín de la cafetería y Benito tuvo que darle la suelta a su amorío.

2)Ya no se oían ruidos, todos parecían dormidos; la espera se había hecho interminable. Sosegado sacó las llaves de su casa del bolsillo, abrió suavemente y se adentró a tientas por el pasillo.

Al encender la luz de la mesilla de noche de Andresín. ¡Que emoción!, unas gruesas lágrimas le limpiaron las mejillas materializando un profundo acto de arrepentimiento El niño dormía; hacía poco se había dado la vuelta porque observó como su oreja aún permanecía colorada.

Le besó con cuidado.

¡-Ay desdicha, si todo volviera a ser como antes.

Con paso sigiloso se acercó a la puerta de la alcoba. Por la claridad que trasmitía la habitación del niño, vio con un desgarrador silencio como dormían a pierna suelta Hortensia y aquel marrano.

-¡Que botellazo más bien dado! ¡O un buen palo!. Pero a mí me lo da el niño en el alma.

Volvió sobre sus pasos a la habitación del niño y se sentó junto a la cuna. ¡Cuanto daría porque aquella vigilia fuera interminable! Había perdido el miedo a ser descubierto. ¡Estaba en su casa! - se dijo, si Ginés despierta, con lo gallina que es se muere de miedo. No sabía porqué motivo dejó la puerta de afuera abierta, quizás con la oscura intención de que el otro huyera de su casa.

Benito comprendió que aquello no tenía arreglo y que se tendría que conformar con dejar a su hijo allí. Los jueces no le darían ni siquiera la custodia compartida a quien desapareció de su familia por motivos injustificables y aún lo peor sin mandarles dinero para el sustento. Sintió una inmensa pena por su mujer. Ella había rehecho su vida por el lado más fácil. Otro hombre y aquí no ha pasado nada. Pero él sabía que su mujer lo hacia por despecho y para mostrarse ante aquella comunidad de crueles críticas, como liberada de tenerlos en cuenta.

¡Que bonito eres Andresín!. Dónde te habrán dicho que estaba yo. Le acarició olvidando el sigilo que requería la situación y le dio un beso. El niño despertó.

-¡¡¡Papá, Papá... !!!

Benito se asustó mucho, le dio otro beso y al salir el pasillo, se dio un encontronazo con Hortensia que salía rápidamente de la alcoba al sentir las voces del niño. Ella le siguió alocada

y se paró en el quicio de la puerta. La luz del pasillo a sus espaldas contorneaba su silueta en una transparente camisa de dormir que hacía poco estrenara para su nuevo idilio.

-¡No corras sinvergüenza! Vuelve aquí, cabrón!.

Ginés se escondió debajo de la cama. Hortensia lo sacó tirándole de una pierna. Aquel despertar violento y la intuida cuchillada hacía que temblase como un chiquillo asustado.

-¡Se ha ido, se ha ido! -con gimoteo fue como a llorar.

Hortensia en el estado de nervios en que estaba y el comportamiento de él, que la colmó le dio una fuerte bofetada.

-¡Marica! -le dijo.

Pasaron los meses y el amante se dio a las copas, tanto que lo despidieron del trabajo y lo que cobraba del paro se lo bebía. Lo que ganaba hortensia era para los gastos de la casa. Él a veces le pedía dinero y si no lo conseguía le daba unas terribles palizas.

Al atardecer de un día en que ella no aguantaba más aquella situación, ayudada y aconsejada por una amiga, cambiaron la cerradura de la puerta.

Cuando él llegó cayéndose, del bar de la Lupe y notó que su llave no abría aquella puerta, organizó un escándalo, dándole patadas a la madera y gritando.

-¡Abre gran pu...! -lloró, babas y mocos. Cuando se serenó se fue y no apareció más.

3) Benito se enteró de la buena noticia por su hermana y con ella misma empezó a mandarles dinero. Cuando tenía libre en el trabajo iba a ver al niño a la puerta de la guardería. Meses después consiguió un buen empleo, por la zona, en una empresa de estanterías metálicas. Marcela le alojó en su casa aunque las circunstancias no eran muy apropiadas. A Ramón, cuñado de Benito, hacía poco le habían extirpado un testículo. Estaba insoportable. Lo que para cualquiera esto supone un duro revés, para él una buena persona, pero engreído de su virilidad, de ajustadas camisetas, fumador de puros, a los que mordía, y cigarros de hebra virginia y bebedor de ron, “por ser cosas de hombres”. Lo que en cualquier otro momento para el hubiera sido una satisfacción que estuviera su cuñado en casa, ahora le era insoportable que un “hombre entero” le observara y compadeciera en su desgracia.

Marcela fue a contarle a Hortensia el calvario por el que estaba pasando, y la convenció para que dejara a Benito alojarse en la habitación de la azotea; al fin y al cabo no se había tramitado el divorcio ni se pensaba en ello.

-¡Porque me lo pides tú, pero que al subir y bajar la escalera ni siquiera se pare.

Benito lo tenía todo pensado. La mudada fue mientras su mujer estaba trabajando. Un amigo que le transportó sus cosas y ayudó a colocar un inodoro en el desagüe de la azotea. Las duchas con una manguera. Con un infiernillo de gas portátil, una cama plegable, su radio y con latas , cervezas y embutidos se preparó un feliz retiro. Cuando él sintió que ella había llegado de trabajar puso en el radio cassette una cinta de Javier Solís para que supiera que lo tenía en el techo.

Se sentía muy feliz. El niño se escapaba e iba a jugar con él. Cuando creía que era el momento de bajarle le llevaba al último descansillo de la escalera y con la palma abierta daba unos fuertes golpes para que la madre recogiera el niño y se percatase que allí había un hombre fuerte.

Pasaron unas semanas, y un domingo le llegaron a través del patio de luz los olores de un estofado y una sopa de pollo.

-¡Si usted quiere comer, baje!- le gritó ella.

Alborozado se lavó la cara,se peinó, se cambió de ropa, se quitó los olorosos calcetines se puso las zapatillas y bajó con la respiración entrecortada, en ceremonial silencio se sentó a comer. ¡Por fin comía en su mesa! Aunque en el lugar de siempre que él se sentaba para comer estaba ella. No hablaron nada, y Andresín con sus cinco añitos, dándose se cuenta que allí pasaba algo raro les acarició. Al padre se le escaparon unas gruesas lágrimas sobre la sopa.

Cuando terminaron de comer, ella en todo momento evitando un acercamiento le dijo.

-De aquí en adelante puedes bajar a comer.

Él se fue muy feliz a oír el carrusel en la azotea. Aquella noche descorchó una botella de vino.

Por aquellos días Benito había cobrado una herencia. La invitó a pasar una semana en Galicia. Como amigos.

-Bueno, y el niño a quien se lo dejamos - dijo ella.

- Marcela me dijo se haría cargo de él.

Eran como dos extraños. Hablaban lo necesario. Dormían en camas separadas, el orgullo y el resentimiento aún no estaban superados.

4)Faltaban tres días para acabar la semana de vacaciones. El hotel organizó una fiesta el sábado por la noche, barbacoa, barra libre y orquesta; en sus amplios jardines. Había en un sitio apartado un escenario para los músicos, y una amplia lona blanca impermeable con arriostres y cuerdas tensadas con lo que se formaba una techumbre para los comensales.

Mientras se duchaban preparándose para la fiesta, ella dejó la puerta del baño abierta con insinuaciones fáciles de captar. Hortensia puso su camisa de dormir en el lado de la cama por donde siempre dormía. Las feromonas, con gran intensidad flotaban en el ambiente. Se puso unos zapatos de tacón alto.

-Mejor las zapatillas, vamos al jardín- dijo él.

Fueron de los últimos en conseguir donde sentarse. Pusieron platos vacíos sobre la mesa para ocuparla. Él se fue a por la comida y ella a traer las bebidas. Hortensia trajo una botella de cava; se la dieron en un cubo con hielo en una pequeña barra improvisada para aquel evento y Benito trajo un plato con chuletas y chorizos parrilleros.

-Ve comiendo tú- dijo Benito.

Él necesitaba algo mas fuerte. Había unas mesas de ping pong cubiertas con grandes manteles en las que había de toda clase de bebidas. Se sirvió una ginebra a lo grande, poca tónica, un cubito de hielo y rodaja de limón y se dirigió a la mesa a los pocos pasos ya se la había bebido. Volvió y solo se sirvió ginebra, llenó el vaso para tener para la cena.

Después de comer hasta la saciedad y otra incursión de Benito a por ginebra, fue cuando hortensia por sorpresa tomó la iniciativa.

-¿Bailamos?-, le dijo.

Bailaron acaramelados. De madrugada se fueron a la habitación. Él con una chispa llorona fue como a decir algo, ella le puso la mano en la boca para que no hablara; Benito hizo lo mismo y así sellaron para siempre un pacto de silencio.

Pasaron una noche de volcán. Estaban unidos por unos dulces, inteligentes y candorosos ojos.

Comentarios

Entradas populares