lunes, 29 de abril de 2013

En recuerdo de Don Manuel Balbuena Pedraza

Por: José Juan Mujica Villegas

Después de más de sesenta años andados, son muchas las vivencias, los recuerdos que quedan en la mente. Como a todos, en mí persiste un sin fin de instantes puntuales de mi vida que no se han borrado nunca después de que sucediesen. Aunque lógicamente queden muchas cosas por todo el camino, es en la infancia donde más lejanas y borrosas quedan las huellas de la memoria. Hay claves propias de esa etapa de la vida que perduran marcadas para siempre. Una de estas claves viene a ser, sin duda, la figura del maestro. Hoy nos encontramos aquí para evocar precisamente la semblanza de una de esas personas que nos acompaña en una etapa que marca siempre el tránsito por una vida entera. Esa es la ardua tarea del educador para con sus alumnos, en la que se forjan las bases del conocimiento, de la convivencia, del respeto…
   Con esta premisa, seguro que generalizada en el pensamiento de todos, nos hemos reunido aquí para conmemorar el centenario de uno de esos maestros, pero con una singularidad que la hace para los asistentes a este acto, como para tantas personas que conocieron a don Manuel, bien diferente a un evento convencional.
Don Manuel Balbuena
   Corramos un poquito para atrás en el tiempo y situémonos en la segunda mitad de los años cincuenta del siglo pasado. Con seis o siete años empecé en la escuela de don Manuel (mis padres decidieron mandarme a ella porque mi corto paso por la escuela particular no parecía prometedor. De hecho, una educadora les había advertido al respecto, refiriéndose a mí, que “el niño no tenía ciencia”. Luego se me ocurriría pensar, como seguro que lo hicieron mis padres al oírlo, que aquella frase quería decir que el niño era tonto.) Ya en mi niueva escuela, recuerdo algo que me impactó de aquel primer día de clase con don Manuel: descubrí que había aprendido a sumar en menos de una hora cuando hasta entonces tal cosa parecía tarea imposible para mis neuronas. Ese fue mi debut con don Manuel y ese fue el estreno de don Manuel conmigo. Transcurrido el tiempo me daría cuenta de varias cosas importantes de aquel hombre. Una, su extraordinaria dedicación, su encendido amor a la enseñanza resumidos en un afán por conseguir poner los cimientos del hombre en cada uno de los chiquillos que pasamos por sus manos. Otra, una singular devoción hacia aquellos pequeños seres humanos que, en época tan difícil, de tanta pobreza e incultura, necesitaban una mano amable y experta que timoneara sus espíritus, en muchísimos casos un afectivo sustituto de una limitada paternidad en tantos hogares de aquellos tiempos. Otra, su generosidad. Fruto de ella y de la transmisión de su sabiduría nos beneficiamos de aquellas horas de estudio y ejercicios añadidas al horario lectivo (me refiero a unas horas de enseñanza y esfuerzo adicionales, la escuela paga; unas tres o cuatro pesetas al mes para afianzar nuestra personalidad y nuestro conocimiento. Muchos, lo sé y no porque saliese de los labios del maestro, fueron los que, al sus padres no poder costearles económicamente esa ventaja, disfrutaron gratis del mismo tratamiento. Él tenía una familia numerosa a la que sacar adelante con los parcos emolumentos asignados a un maestro en esa época, pero su alma generosa le asesoraba diciéndole que su alumnado también tenía una gran dependencia de él, en el más noble sentido dado a la frase. De allí, de aquella escuela de Tamaraceite, como estoy seguro que igual sucedió con su paso por Fontanales, iniciaron su camino chiquillos que luego fueron y son hoy médicos, farmacéuticos, ingenieros, periodistas, maestros, poetas, pensadores… y otros muchos que, sin llegar a esas metas, han tenido en sus manos las herramientas imprescindibles para defenderse dignamente en la vida, reconociendo aquel punto de inicio vinculado a la extraordinaria persona que hoy recordamos.
   En Navidad, el día anterior a las vacaciones de esas fechas, la escuela se llenaba de regalos al maestro (cartones de huevos, gallinas, queso, dulces, frutas…) todos los padres agradecían a don Manuel la extraordinaria labor que venía haciendo con sus hijos. A mí, cada año, me correspondía el honor de acompañarle en un taxi, bien repleto de obsequios, desde Tamaraceite hasta su casa en Alcaravaneras, haciendo casi las labores de ordenanza, cosa que me alegraba y complacía. No sé por qué siempre don Manuel me concedió, aparte de otros, ese singular regalo, ser el elegido, entre tantos, para acompañarlo cada año en ese día señalado. Recuerdo que más de una vez, su hijo Luis, algo mayor que yo, me acompañaba a la parada y permanecía a mi lado hasta que cogiese la guagua para regresar a casa. Mientras transcurría el tiempo hasta que llegase aquel ómnibus de color verde, yo degustaba un riquísimo cucurucho de helado que Luis tenía  la deferencia de comprarme. 
   No puedo glosar en tiempo reducido las excelencias y las bondades de aquel sencillo maestro que pasó de forma llamativa por las vidas de tantas hornadas de chiquillos; sólo, para concluir, necesito expresar mi agradecimiento, mi cariñoso recuerdo y mi admiración por una persona que estuvo con nosotros y nunca pasó desapercibida.
   Don Manuel Balbuena Pedraza, en el lugar privilegiado en que esté desde su partida, habrá podido observar muchas veces que una parte suya  se quedó con nosotros para siempre.
Gracias.

1 comentario:

Pedro Dominguez Herrera dijo...

Amigo Pepe as dado en el clavo. Es muy emotivo y nos llena de recuerdos a aquellos que vivimos aquella escuela excelente solo por el maestro una maravillosa persona al que como tu bien dices le debemos micho. Te animo públicamente ya que en lo personal lo he hecho a que escribas en esta pagina que hace pueblo y nos une. Te felicito.