martes, 23 de julio de 2013

Amor a la verdad

Por: Luis C. García Correa
¿Cuántas verdades existen?
Yo sé cual es la mía.
También sé que todo puede ser confundido. Incluso se puede mentir si falta rectitud de conciencia.
Por amor a Dios y al hombre siempre se debe decir la verdad. Es una cuestión de caridad, de justicia y de valores.
Al hombre se le debe, siempre, el buen nombre, el respeto, la consideración, y la fama que haya merecido.
La calumnia, la murmuración, la maledicencia, la crítica malévola… son faltas a la verdad. Y faltas a la justicia, pudiendo crear graves problemas al injuriado.
También se falta a la verdad con el silencio, cuando se omite la defensa de la persona injuriada. Ese silencio supone aprobar el mal que se oye y no reprobarlo. Incluso alabando se puede faltar a la verdad.
¡Lo mejor es no comentar nunca rumores infundados!
¿Cuántos medios de información promueven este tipo de mentiras? Nuestra obligación es ser consciente de ello ... y no gastar un céntimo ni un minuto en prestarles atención.
Las personas, como las instituciones, tienen la obligación de decir la verdad. También tienen derecho a que se diga la verdad sobre ellas.
¿Cómo se nos conoce? ¿Como personas que decimos la verdad?
Debemos rogar a Padre Dios que nos ilumine y siempre digamos la verdad, pero sin ofender.
Formar juicios precipitados y basados en informaciones superficiales es otra forma de mentir, que puede causar un grave daño.
Conviene no subjetivar los hechos, mantener siempre un sano espíritu de crítica para eliminar los posibles errores tendenciosos o informaciones incompletas.
El amor a la verdad debe ser la constante en la comunicación. Nos defiende frente a un cómodo conformismo, pues se trata de huir de las simplificaciones parciales o sectarias, y de buscar siempre la verdad.
Si actuamos así, el mundo será lo que tiene que ser, un mundo donde se respeta la dignidad de la persona sobre todas las cosas con la verdad.
La justicia, ser justos y honestos, hará posible el mundo que nos merecemos. Dejaremos de ser esclavos y seremos seres libres. Entonces podremos ser auténticamente felices.
Y todo amando la verdad, porque amamos a Dios y al prójimo como a nosotros mismos.
Curemos los ojos del alma para ver la verdad y decirla.
San Agustín decía: “procurad adquirir las virtudes que creáis que faltan en vuestros hermanos, y ya no veréis sus defectos, porque no los tendréis vosotros”
Veamos lo bueno de las personas para disculpar errores y ayudarles a que digan siempre la verdad.
La verdad en vivir la justicia en las palabras en los hechos, respetando y considerando al ser humano como únicos e irrepetibles.
Amemos a la verdad, y seremos libres.

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