viernes, 6 de septiembre de 2013

La Alegría


Por Luis García Correa

El ser humano ha nacido para ser feliz, y esa felicidad da la alegría.
El ser humano ha nacido, crecido y muere con el fin  de ser feliz en esta tierra y luego gozar de la eternidad en el cielo, en la contemplación de Padre Dios y de la Virgen del Pino (Nuestra patrona). Esto, entendemos los católicos que es para todos, y en lo que la alegría es una expresión importante de esa felicidad.
Al igual creemos que todos debemos ser alegres porque somos felices, y lo somos cuando cumplimos con las leyes divinas y las justas humanas.
Todos tenemos después de la muerte la eternidad, aún los que duden o no crean que existe la eternidad. Esto es digno de la mayor consideración.
Debe ser espantoso no creer que después de la muerte haya un cielo. Debe ser algo tremendamente frustrante.
Oí quien dijo que no quería pensar en vagar para siempre, en el infinito.
¿No es espantoso el que no haya nada?
Los católicos creemos a ciencia cierta que hay cielo, no tenemos la menor duda, y por esto debemos ser felices y estar alegres.
Pero para alcanzar la meta del cielo hemos tenido que recorrer nuestra vida. Estamos recorriéndola hoy y tiene que ser feliz y alegre.
La alegría tiene que ser patrimonio del nacido y, al igual, lo es para todos.
Sólo necesitamos tener fe en que la felicidad es una realidad alcanzable, y que uno de los medios que tenemos para saber que la estamos alcanzando es la alegría.
 Debemos repartir alegría en la medida de nuestras posibilidades.
Y cuando digo alegría no me estoy refiriendo a jolgorio, que también puede ser bueno. Pero tiene que ser jolgorio comedido, sin el menor daño para los que lo disfrutan como para los que les acompañan.
¿Qué importante y trascendental es la buena educación para todo?
A nuestros hijos debemos enseñarles, entre otras muchas cosas, a que si no pueden hablar bien de alguna persona, que se callen. 
Intentar hablar bien siempre y con alegría.
Debemos intentar siempre buscarle a toda persona su lado positivo, que siempre lo tenemos. Depende mucho de nuestra buena voluntad.
Así, de la misma manera que buscamos lo bueno de las personas, con esa misma facilidad repartiremos la alegría.
El amor no es una idea, es una experiencia, es una vivencia.
En la medida que amamos, en esa misma medida repartimos y recibimos la felicidad y somos alegres.
En la medida que hay más relación auténtica, - y si esa relación está reforzada con alegría -, en esa misma medida hay más amor.
Porque amar es dar y recibir, especialmente alegría. Solo insistir que: DIOS ES AMOR.
Si tenemos estas ideas claras, sólo necesitamos tener fe y buena voluntad, y la alegría surgirá como por generación espontánea.
Es necesario reír en la vida.
Hay muchos, muchísimos momentos duros en la vida, pero si tenemos la suerte de tener fe y buena voluntad, y absoluta confianza en Padre Dios, la risa, la alegría hará que la sonrisa o la risa salga, fluya espontáneamente.
No necesitaremos buscar la alegría, ella llegará sola.
Y con la santidad es facilísimo repartir alegría.
No cabe duda que hay momentos en la vida que uno no puedo repartir alegría porque está sufriendo algo muy grave que parece que le impide estar alegre; pero al menos intentemos no repartir amargura. No es fácil, y tampoco imposible. De nosotros depende.
Pidamos que Padre Dios y la Virgen Santísima del Pino nos apoyen constantemente y podamos repartir la alegría para bien nuestro y de los demás Así, casi sin darnos cuenta habremos cambiado el mundo.
De nosotros depende mucho y que empecemos ahora, no lo dejemos para después, en especial en estos días que conmemoramos la Fiesta de Nuestra Patrona, la Virgen del Pino.

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