domingo, 15 de diciembre de 2013

Memorias de un tenoyero. Capítulo IV. "Y ahora a comer gofio"

  
Por Tino Torón
Recuerdo cuando oía decir “El cacharro o la lata del Gofio” ¿dónde está? (se acabó el gofio) y llegué a oír a los tenderos cuando un cliente le pedía “se terminó el gofio”  nos íbamos con desconsuelo y cuando viene Antoñito, el camión viene los Viernes…esperemos que lo traigan. En capítulos anteriores he nombrado algunos suministradores (si era un niño llegaba a la casa llamando a la madre: madre, madre a Nicolasito se le acabó el gofio, no te preocupes hijo mío, yo se lo pido a Francisca que me preste un poco pa (para) estos días.
        Cuando éramos niños a la hora de la merienda las madres nos preparaban gofio, aceite y azúcar, si el aceite era de freír pescado mejor,  antes todo se aprovechaba, se amasaba en ese mismo papel vaso de las tiendas de la época, los que merendaban salían a las calles que eran de tierra, muchos niños descalzos corriendo y a mí me decía mi madre  “mi niño, cómetelo aquí para no desconsolar a los demás niños”. Al llegar a la calle unos comían otros no, a estos les dábamos un pisquito, mi padre tenía colmenas y lo hacía de gofio y miel, esto era un lujo, gofio y plátanos, con manteca, hasta solo con agua y en polvo ahogándose. Nosotros a verlos decíamos “polviando gofio” y ellos “Gofio polviao” (polveado).

       En los almuerzos no faltaba el gofio, estaba preparado el lebrillo que se ponía en el centro de la mesa, este lebrillo a lo mejor se había roto y estaba pegado por un latonero que tanto arreglaba platos, escudillas (tasas) como les ponía fondo a los calderos lo lañaban, le incrustaba unas grapas de verga y lo disimulaba las grietas con cemento blanco,  estos arreglos se hacían en la misma calle y los niños mirábamos viendo aquel artilugio, berbiquí o taladro de madera que parecía de juguete, con un hilo sinfín abriendo los agujeros a las losas con unos movimiento de balancín.    
       
Antes comíamos todos juntos poniendo aquel mantel que mi madre le llamaba también el hule que se aprovechaba hasta el final, del uso los dibujos iban desapareciendo, algunas cortadas, quemaduras involuntarias recibían, los bancos corridos en cada lado que eran muy usados en aquello época, algunos con refuerzos porque ya remaban, a la hora de comer si éramos muchos nos dábamos codazos, las dos sillas en los extremos e íbamos haciendo cortes en aquella montaña que pronto desaparecía tocando fondo, hasta que nos tropezábamos con las cucharas, escuchando aquellos sonidos medios apagados de cucharas de aluminio ya desgastadas, en las casas por regla general todos tenían su cuchara, platos y enseres  peleándose  si los cogían, eran de uso personal.
      Cuando venían de forma inesperada las visitas familiares, la casa se llenaba de alegría, entraban sin tocar, la puerta siempre abierta y en aquel pasillo y galería se escuchaban repetidas veces: Francisca ó Paca ¿dónde estás?…. agasajando con ternura a mi hermana y a mí, sacaban los enseres nuevos guardados cuidadosamente en los cajones del trinchante del comedor para tales momentos, los familiares ayudaban unos a pelar las papas, otras a amasar el gofio…ese día de felicidad comíamos mejor, lo que no teníamos mi madre nos mandaban a la tienda, nos ponían queso, higos pasados, aceitunas, sardinas saladas y en aceite, de postre frutas y hasta conserva sobre todo para los niños.      
       A esas horas como si fuera una bendición pasaban  los vendedores ambulantes vendiendo frutas de la que aprovechábamos esos momentos llevando un plato preparado.  
      Mi madre que era costurera tenía a jóvenes sobre todo familias y conocidas que venían a aprender y a ayudar hilvanando, rehilando, despuntando, poniendo botones… cuando entraba por aquel corredor las veía en la habitación de enfrente conversando y mi madre en la máquina de pedales, conduciéndola con verdadero arte sin casi parar, a veces la lanzadera partía el hilo y le daba y las muchachas le enhebraban las agujas. 
     Llegaba la hora de la merienda les preparaba el café con leche, gofio, queso, aceitunas del país, algunas galletas y hoy estas mujeres ya pasados los años, que cuanto le gustaban esas meriendas, pues teníamos cabras en la misma casa y el café mezclado  o torrefacto (también se tostaba y se molía en el mismo momento dejando el verdadero olor y aroma a café que las mujeres se lo ponían el molinillo en medio de los  pies y sobre la falda para sujetarlo, en momentos se trababa haciendo un movimiento repentino balanceándose al coger varios granos.  La cafetera era de cuerno, que era un cono de tela gruesa por donde se filtraba el café quedándose las borras, éste tenía un asa de verga para levantarlo y escurrirlo, muchas les llamaban y utilizaban el calcetín y cuando hervía se escuchaba el gotear lento y minucioso, mientras conversaban, otras lo hervían en un caldero y luego lo colaban, llegaron las cafeteras express y el café ya molido y todo cambió desapareciendo los olores que llegaban hasta las calles. (Recuerdo cuando los vecinos al olerlo decían: “ya Lolita está haciendo el café”…..y tuve la suerte de que mi abuela tenía cafeteros y todo ese proceso se hace largo en este relato.
    
 El gofio se amasaba con agua, con caldos, sobre todo de caldos de pescado, de potajes ….con plátanos, con huevos azúcar ó vino San Clemente… en los sancochos sin la pella de gofio no había sancocho y dentro de la gastronomía canaria es un referente publicitario de importancia y que nos identifican, tanto es así que los Peninsulares a la distancia nos dicen: “los canarios comen solo gofio” y los que lo prueban en nuestra tierra, comen mas gofio que los mismos canarios.    
     A las madres se les oía decir: “Come gofio mi niño pa (para) que te hagas un hombre” si lo veía con poco apetito, si lo veían con mucho apetito y el gofio se estaba terminando los padres se lo dejaban “cómete ese mi niño” y si sobraba o las raspas se le echaban a las gallinas, escuchando ese platillo raspado con la misma cuchara, sonidos que se escuchaban en muchas casas a las horas de los almuerzos.

Seguiremos en el próximo capítulo

4 comentarios:

Eva Mª Molina dijo...

¡Muy bueno Tino! Yo no fui mucho de merendar así,más recuerdo la merienda de café con leche y galletones o galletas tipo María (en mi tiempo Tamarán por supuesto) Quizá el solo hecho de ser la única niña de la casa pues ya daba lugar a más "finezas" jajaja.
Aunque también lo llegué a pedir a mi madre y comerlo porque se lo veía comer a mis compañer@s de juego ¡Y qué rico era!
Además en mi casa se ponía el ¿lebrillo? a diario en la mesa, según que fuera la comida, o gofio amasado con el caldito (escardao)o la pella de gofio con agua, que mi padre sobaba como nadie y que ¡lo que son las cosas!la única que siempre lo ha hecho igual es mi hija Mency cuando hemos tenido un sancocho canario.
Si puedo decir que mi marido contaba como anécdota que cuando jugaban en su calle al fútbol y descalzos,se paraba para entrar en casa y decir "Mamá,la merienda" y la merienda consistía en lo tu dices: Gofio, azúcar y aceite en un papel baso y seguían jugando mientras lo comían por un agujero que le habrían por debajo...
Es raro Tino que nadie se acuerde de que se comía antes muuuucho "gofito" ¡Claro que nosotros somos de otra generación! Gracias por hacerme revivir estos recuerdos.
Saludos

Sergio Naranjo dijo...

Efectivamente, era un lebrillo, al que en casa de mis abuelos, en Lo Blanco, llaman "barsolana" y era de un color verdoso y brillante.
Por cierto, este de aquí come bastante gofio. ;-)

Tino Torón dijo...

Eva María Molina y Sergio Naranjo: Me he quedado agradecido porque ambos han colaborado como siempre y estos comentarios es una continuación del artículo, donde siempre se quedan cosas atrás.
Eva María a mi se me había olvidado "El caldito escardao)y tu padre "sobaba" el amasado como nadie.
Sergio: Efectivamente el lebrillo era de color verdoso y amarillo, me ha llamado la atención "Barsolana" que la tendré en cuenta en próximos escritos.
Les saluda att.

Eva Mª dijo...

¡Muy bueno Sergio! Gofito ¡Si señor!
Saludos