lunes, 2 de diciembre de 2013

Memorias de un tenoyero: El gofio millo (Capítulo II)

Por Tino Torón
En nuestra agricultura canaria, el millo o maíz, planta originaria de America, llegada a Las Canarias de la Península lo mas posible, de procedencia dudosa si vino directamente de América, planta elegante y vistosa con sus espigas (también le llamábamos, plumeros, tanto es así que en las casas lo tenían en los floreros de adornos y decoración) balanceándose en los campos con el aire como el péndulo de los relojes, planta de un verdor atractivo, hasta de dos metros de altura dependiendo de las semillas y zonas que abanderaban todas las fincas, aprovechando hasta las orillas e incluso cuando se plantaban papas en medio entre plante, se recogían las cosechas de papas dejando los millos a media altura que se desarrollasen con una o dos regadas más, dependiendo del tiempo, la época y la zona, cogiendo doble cosecha y en las plataneras se cosechaban con las mismas regadas, como así rama de batatas que veíamos como cortinas haciendo hasta encajes colgadas en las paredes de las fincas. (Una belleza perdida)

De los millos se aprovechaba todo, desde las raíces, los tallos, también llamados palotes, “con el dicho te doy con el palote”, las hojas y los frutos llamado piñas o mazorcas, las camisas de éstas hasta el bigote, otros le llaman barbas o flequillos (los niños nos poníamos bigotes) algunos se hacían cigarrillos y se los fumaban, en Tenoya había hasta una mujer llamada Catalina la Macha que tenía un burro y se lo fumaba y los chiquillos llegábamos a imitar. ( Los cigarros se hacían de forma artesanal utilizando de papel la camisa y con las barbas el tabaco) ver a aquella apreciada y respetada señora con sus manos arrugadas y endurecidas haciéndose con arte su cigarro colgándolo en sus labios, mientras le seguía el burro mas viejo que ella.

Una vez que se cogían las piñas, se entongaban en un lugar apropiado, bajo un árbol o sombra para el descamisado (despojándole la camisa) desnudándola de esos vestidos blancos cremosos delicados, descubriendo en su interior su belleza natural.

Por regla general eran tareas de mujeres, incluso voluntariamente se prestaban a ayudar, con sus vestimentas tradicionales, trajes largos y sombreros grandes con una cinta en el cuello o tirantes manteniéndolo del viento, éstas cogían los puestos alrededor de montón de piñas, descamisándolas, se celebraba con anís hasta ron para los hombres y para los niños cocha fisco, (millo tierno tostado con azúcar), entre chismorreos, festejos, conversaciones, cantos y alegrías tirando las piñas a un lado y las camisas a otro como si fuera un juego malabar, coincidiendo a veces con otra piña que ya volaba, oyéndose el chasquido de sus dientes-millos, se llevaban a sus hijos pequeños que jugaban tirándose sobre el cúmulo de camisas y algunas piñas y carozos volaban con intención como niños entre unos y otros mientras las madres reprendían. Estos días si la finca estaba lejos comían todas juntas invitadas por los dueños.

Después de comer y en el descanso volvían a sus puestos como si les llamara o les atrajera un lugar imantado, en esos descansos mi madre que era costurera, recuerdo de verla coser alegando entre una y otras que sin darse cuenta y despacio calentaban manos, empezando la faena, como niño seguía jugando con los demás sin prestarle atención a lo que sucedía y sin embargo los niños nos quedábamos con todo, cuando nos cansábamos volvíamos al lugar haciendo las nuestras, oyéndose “quietos chiquillos, se van a chocar” “a que vinieron por aquí otra vez” “vayan al patio”…, mas granditos nos decían: “vete a jugar con lo que meas”

Llegó el tiempo de las ocupaciones de escuelas y colegios, si no coincidían con las vacaciones, dejando de asistir pero llevándome todas esas vivencias que hoy les cuento. (Estampas que nunca se borran) 

Ya descamisadas las piñas, llegaban los hombres y a veces las mismas mujeres las cargaban y las llevaban a las azoteas, de las haciendas, o casas extendiéndolas sobre los techos que vestían de un colorido de luces rojizos, jaspeados y amarillos matizados, cuando les daban el sol se encendían, pareciendo fuego y los granos como diamantes de colores daban un resplandor vigoroso, la mirada se nos iba desde lo alto contemplando una alfombra, de vez en cuando le daban vueltas para que se secaran parejas.

También los agricultores cogían las piñas para secarlas remangándoles las camisas sin quitárselas, luego las colgaban de las liñas, de las parras, de los patios, incluso vestían los mismos frontis de las casas, haciéndole un lazo a las camisas que les servían de agarre, lazos de natural elegancia que al hacerles el nudo salían sus dos puntas o orejas siempre tiesas como la de los gatos, mientras colgaban como bombillos de colores, esta imagen la han visto en el campo de manera casual ( les dibujo literalmente para que se recreen mientras leen, una bella imagen campestre decorada con el viejo y la vieja bajo el parral, con sus vestimentas sentados con su perro echado a sus pies en un atardecer,” la hora de la cachimbada”).

Las piñas son tan atractivas y llamativas que hasta en los bares y restaurantes

cuelgan como algo nuestro e identificado, sin embargo tantos que no nos damos cuenta de este detalle y para no cansarles el otro día entro en un bar recientemente en San Mateo, mientras les escribo se me presenta esta imagen a la vez que un pájaro canario desde una jaula nos cantaban, mientras los clientes entre conversaciones pasaban desapercibidos. (Tal vez sería de los pocos que le escuchaban, pues a mi amigo tuve que despertarlo diciéndole:” Escucha al pájaro y todo lo que rodea” quedando sorprendido.



Las camisas eran recogidas en fardos, sacos o cestones para echárselas a los animales é incluso se hacían colchones, lo mismo que la planta aun verde, también se ponían a secar, para que no se pudriera si la cosecha era grande, dejando el terreno para la próxima cosecha.

Los terrenos los estercolaban comprándolo unos y otros de las estercoleras de sus animales, antes desde niños a mayores iban a recolectarlo recogiendo las hojas de los árboles de las orillas de las carreteras, laderas, barrancos, el limo de las aguas etc. Los Tenoyeros llagábamos hasta los linderos de Tamaraceite vendiéndolo, sacando algunas perras para sus necesidades y caprichos.

Una vez arado con una yunta de bueyes o removiéndola a mano con sachos (azadas, raspaderas) las surcaban para la próxima cosecha.

Siguiendo con el procedimiento, una vez secas las piñas eran recogidas y llevadas al mismo lugar o a otro apropiado por si este era manual o mecánico, el sistema manual los volvían a hacer las mujeres que cogían las piñas para quitarles los millos, para esto cogían un carozo restregándolo con la piña dejando el carozo limpio, este era un trabajo muy agotador por lo también lo hacían metiendo las piñas en un saco y luego dándoles palos, este sistema lo ví hacer poco, los carozos limpios se aprovechaba para el fuego del tostadero y para los animales, los niños los cogíamos para jugar, haciendo un yugo uniendo dos carozos simulando arar con las dos vaquitas, también lo echábamos en las acequias como barcas y cargando la camioneta de verguilla hecha por uno mismo o por un amigo amañado cargándola de los carozos imitando a los racimos de plátanos, las niñas hacían muñecas y otras imaginaciones de aquella época.

Los que tenían máquinas desgranadoras con su peculiar ruido agradable y crujiente al pasar las piñas por sus dientes, lo hacían en un patio o lugar llano y limpio uno iba depositando las piñas y el otro le daba manualmente a un gran volante saliendo el millo por una parte y el carozo por otro, este se le quedaban millos en las puntas que eran desgranados a mano (descachuzar) o los dejaban como ración para los animales. Los niños jugábamos con el volante, queriendo imitar a los mayores que al vernos nos reprendían, recuerdo que el millo se aventaba con un cedazo y los millos que quedaban esparramados a la hora de limpiar soltaban las gallinas que se encargaban de dejar el terreno limpio.

Las fincas que tenían desgranadora a sus conocidos se la prestaban, por lo que era un alivio y evitaba tanto trabajo, esta máquina manual es sólida y pesada, por lo que era transportada en aquella época por burros, pero llegué a ver a un hombre a hombros con ella. (Antes se cargaban sacos de guano etc.…hasta 100 kilos) antes se decía: “trabaja y carga como un burro”, y si no iban a la escuela los niños le decían:” Te vas hacer un burro” “sabe un burro mas que tú”…. 

Seguiremos en el próximo capítulo

4 comentarios:

Eva Mª dijo...

¡Ay Tino! Yo debo ser muy mayor ya, aunque con un espíritu joven, pues he vivido lo de las descamisadas y lo de la desgranadora. En la finca en que nací y viví hasta los 8 años,ya te conté que los hombres tostaban el millo y removían ¿Podía ser? Con un palo largo que a su vez podía llevar un saco o algo envuelto en la punta del mismo (es el recuerdo vago que tengo)Pero si te puedo contar (hay que ver que cosas se quedan en la mente de un niño)Que bajo la ¿latada? de las parras se sentaban mujeres y hombres en el suelo ante los montones de piñas a"descamisar" y luego había una desgranadora manual que se le daba vueltas (antes se decía a la manivela, como ahora ya esas cosas ya ni se oyen, jeje). Pues eso Tino, gracias por traer a mi mente recuerdos de mi infancia.

Tino Torón dijo...

Eva María: Cuanto te agradezco tu comentario, para mi como si me acompañaras en unas memorias compartidas, tengo 67 años y sigo siendo niño, joven de espíritu sin pensar en ser mayor.
Cada vez que pasan los años y de vez en cuando vuelvo a caminar sobre mi feliz pasado, cuando contaba solo 8 años sin nadie obligarme le ayudaba a mis padres. Siempre he sido tímido y obediente, lo que me ha hecho hacerme lo que soy.
Un agradecido de la vida
Con mi mejor intensión seguiré escribiendo por que se que a algunos les llegan, dándome por conforme.
Te saluda,

Eva Mª dijo...

¡Qué bonitos recuerdos! Gracias.

Sergio Naranjo dijo...

Tuve la suerte inmensa de vivir todo lo detallado por Tino, que en San José, La Milagrosa y Lo Blanco se repitió anualmente hasta mediados los 70, cuando yo andaba por unos diez años.
Las descamisadas tenían lugar a mediados de julio; las desgranadas ya no eran tan festivas, a fines de agosto.
Después venía el tueste y la molienda, que se hacía en nuestro caso en el molino de El Faro, un artilugio que aún hoy me fascina, y por lo que se entregaba una cantidad como pago al molinero, la maquila...
Gracias, Tino, porque esos recuerdos tuyos son evocaciones de época felices mías en muchos casos.
Se te sigue, lo sabes.