sábado, 26 de abril de 2014

La Vida...¡Sucia miseria!

Por Antonio Domínguez
Espeluznante es, el proceder del yo fanático... de las chicas de la sociedad en Caritas, salidas totalmente de las nobles intenciones, ¡aun a su pesar!, por metidas en el afán belicoso y en las guerras del aparentar (esto sí que no se les olvida, porque lo tienen siempre presente: huir a toda velocidad de su ascendencia allá arriba en un barranquillo perdido; a la que no da un duro, ni de ella quiere saber). Materializase esta actitud en el casamiento que hacen de la arrogancia y la piedad; de la riqueza y de la elegancia social de desparramar;  si no a manos llenas; es porque no pueden (que más raros matrimonios se han visto). La meta de todas ellas es ayudar económicamente a mayor número de pobres que su inmediata enemiga, más que adversaria, compañera de vicio.
He conocido de primera mano (en mis etapas de largos años recorriendo las islas), un caso específico de este modo de proceder. Tratábase de una familia latifundista (a escala de Las Canarias, no estamos en Australia), exportadora de sus productos. A pesar de no estar muy dotados, tiraban las manos al piano, balbuceaban poéticamente impertinencias en el casino, escribían obras de teatro que no pasaron de su estreno, emanadas éstas de la realidad mimosa y acomodada de su autor; no es de extrañar que la candidez ignorante, que da el conocer sólo la cara mas muelle de las que, infinidad  tiene la vida, haga que parezcan insulsos a la vista de los demás, tanto ellos como su obra.
No hubo monjas en esta familia. No hubo necesidad, todas se casaron; una con el colindante norte, otra con el colindante sur, otra con el este y otra no se pudo casar con el del oeste, porque uno de ellos lindaba con dos puntos cardinales, el sur y el oeste. Qué paradójica suerte, siendo sólo tres hembras casaderas en la familia, y por toda belleza, la de sus propiedades (deslumbrantes, por supuesto).
Empezaron las féminas a practicar la caridad con pobres que no conocían de nada, sino a través de las asociaciones humanitarias a las que pertenecían.
A los pobres que conocían, los cuales tenían muy cerca, en la servidumbre y en las explotaciones, parecían no  importarles y eran muchas las chicas de la limpieza, mandaderos, jardineros, mozos de almacén, labradores, vaqueros criadores de animales, etc. A estos les pagaban sueldos miserables, vigilaban lo que comían las chicas que tenían de continuo en la casa, y hasta lo que decían. Y cuando caían en desgracia mayor y salían por la puerta grande, no despedidas, obligadas por la necesidad de ganar un sueldo mayor, el cual tampoco les alcanzaba para la supuesta desgracia o enfermedad que pudieran tener en casa (no olvidemos que en aquellos tiempos no había inseguridad social), ellas les instaban visitar las asociaciones benéficas a las que pertenecían, para, una vez allí, valerse de gran parafernalia y propaganda para hacer lo más pública posible su dádiva. Quedaban de  concierto, dueña y excoriada (ex criada), que le daba, por ejemplo diez mil pesetas, si decía ante sus competidoras que ella era su benefactora y  que había sacado a sus hijos adelante gracias a la caridad de su señora.
A pesar de que la vida no dura ni un minuto con respecto al tiempo, ¡Cuán grande debe parecer cuando en ella se pasa de la abundancia a poquito más de lo imprescindible!
Y esto fue lo que tuvo que transitar esta familia; que pasaron del bienestar a la inanición no extrema, aún más torturadora todavía para estos seres; ya que no les da opción inteligible a quitarse de en medio o del medio total (vamos, del mundo).
Dilapidada la fortuna material por el gasto compulsivo que aqueja a todas estas personas; los varones, con sus juergas, sus queridas, sus apartamentos picadero, sus viajes al extranjero a ver un partido de fútbol(No se entiende qué partido de fútbol, por muy en el extranjero que sea, pueda costar quince millones, por ejemplo), y suma y sigue, y etcétera, etcétera, y lo que va sobrando lo van empleando, las féminas de la casa, en satisfacer el vicio más caritativo y caro del mundo: La caridad: sumidero con capacidad de tragarse el mundo si por él lo vierten.
Estas personas nacieron de pie, encontrando como maná, en sus primeros pasos, una nevera llena de leche y mantequilla, no conociendo nunca el más mínimo sacrificio para conseguir algo, entregados a vida relajada, quizá tanto o más mala de llevar, por licenciosa, competitiva y de enfrentamiento oposición y desafío, frío y gélido del aparentar; que no afloja ni en el sueño-descanso.
 Juntándose el hambre con las ganas de orinar  en este declive, ya que a las arruinantes piruetas se sumó la caída en picado  del plátano, explotación agrícola que poseían.
Ha fallecido ya toda esta familia, a excepción de una sola mujer que queda, viuda, con hijos, cuya actitud para el estudio era cerril y negada, pero que sin embargo gozan, independizados hoy, de unos estupendos empleos conseguidos antaño en la tremenda fertilidad de los saraos; en clubes de la más cara matrícula.
Esta señora, vive ahora sola en la casa solariega (el único inmueble que le queda, amplio, de no sé cuántas habitaciones, de paredes altas y techos altos, lúgubre, que no parece sino la tétrica casa del conde Drácula). Jubilada como médico cabezudo (de cabecera), que tuvo que empezar a ejercer arruinada; enchufada por las viejas amistades, casi a las postrimerías  de la edad laboral, para correrse luego de placer en las tertulias de Caritas Diocesanas, comentando casos, muy de pasada, y como quien no quiere la cosa, con respeto, con cariñosos arrumacos entre ella y las que están todavía arriba y, con mucha consideración y caridad, faltaría más (son hijos de la Iglesia); hacen leña del árbol caído; en la que ya no viene porque enfermó, se murió, se arruinó o las tres cosas a la vez.
Ésta adinerada que fue y ya no es sigue víctima de los vicios que contrajo un día. Cómo alcohólico terminal mendigando una copa, sigue frecuentando las obras de caridad, prácticamente no sólo con su presencia física, porque la paga del retiro sí que obra milagros supuestamente, hace mil y un apaños económicos en su casa y necesidades, presuntamente, para poder disponer aunque sea de una pequeña cantidad de dinero, que reparte a céntimo por pobre, siendo el hazmerreír de todas aquellas malvadas señoras, que si son mujeres de albañiles venidos a mucho, por ser éstas prácticamente analfabetas, hasta se pasan. Pero la señora, ya vieja y aturdida, o no se da cuenta o no se quiere dar cuenta; como la persona adinerada que fue; que se obstina en vivir en pasado, prototípica esta actitud en todos los vicios humanos.
Sigue, esta soberbia y  pobre señora, perteneciendo a la obra social de Caritas Diocesana, misa va misa viene, ¡misas hasta con café con leche!; que de nada sirven, por lo menos para la falta de dinero. Estirando de forma majadera lo no investigable de la pensión que cobra, sirviéndose a sí misma, sin sirvienta alguna ni nadie que la acompañe, afrontando con acrobacia los gastos de la casa, para presentarse con cuatro perras y la cara dura que da el haber sido alguien en lo económico en los locales de la magna institución.
Pero, qué triste debe ser para ella (a pesar de la valentía que le da el sempiterno estiramiento que no abandona) ver cómo la mujer de cualquier tahúr prevaricador, o peor todavía de un albañil analfabeto, que empezó cogiendo metros de encalado a destajo, que más tarde trajo del pueblo a sus dos hermanos y luego a sus primos, siguiendo por los amigos y vecinos, y ha llegado a tener hoy en día una compañía constructora, con sus empleados.
Son miles y miles de personas a quienes ha arruinado la caridad, porque, para ejercerla hay que pasar primero por las más caras zapaterías, por las imposibles “incomestibles” boutiques y joyerías, mantenimientos de segundas, terceras, cuartas residencias en Tafira, Santa Brígida o Teror, etc.
Las personas que se pueden sentir aludidas por esto caben en dos estadios. Por lo tanto siéntase usted tranquila/o, porque lo suyo aunque es grave igualmente, aquí, puede ser pura coincidencia, o sea que no tiene que ser necesariamente este su caso. La caridad cuando se lleva su desastre a alturas de placer, no deja de ser una manía como el bingo, en este caso,  el casino para los ricos. La caridad acaparadora de pobres a lo bestia, para salir por encima de los poco amigos ¡no adversarios!, contrincantes, es arruinante; como el acaparacionismo primero de los apartamentos en Maspalomas; pero con una diferencia, los apartamentos se podían volver a vender y el hecho y el acto, lo bendice Dios. La caridad no la bendice Dios, ¡¡es imposible!! Porque ¡es una afrenta de Dios! Se produce como consecuencia de tener que paliar bandidajes, ladronescos, manilargos tomadores, delincuencia de guante a todo color, prevaricaciones, fechorías, contraversiones, ilegalidades, etc etc. Se produce como consecuencia del adobamiento del mundo por cuatro, para luego freírlo; se me da lo mismo que por ocho. Todo ello trabajo es, de la justicia universal; no se puede paliar tanto dolor y desorden humano invocando a Dios en la caridad y la limosna; por los auténticos demonios que estamos aquí tirándonos cuchilladas y tiros; robándole la comida a África,  La India y América del sur, etc. Eso sí, les mandamos legiones de curas a servirles arroz hervido sin sal, a cambio de adoctrinares, para desalarles por el miedo al pecado y frenarles literalmente su vida personal para hacerle figura estática en museo de cera: un cristiano. Sin derecho a gozar; sin derecho a desear; sin derecho a amores a mano. Sin derecho a correrse en sueño: ¡a ver qué culpa tiene uno si está dormido!; sin derecho a desear los bienes ajenos (¡ni hablar! De robar los bienes ajenos, ni de incurrir absolutamente en nada estatuido como malo en la ley de los hombres; no estoy diciendo eso,  pero, ¿porqué se me prohíbe a mí desear un yate con las griferías de oro, como el de Onasis?);  ¿porqué he de santificar las fiestas, si ellas no tienen nada que ver con la santidad? (vamos, hablo de fiestas en condiciones).
El pecado de lujuria lo inventó un loco; si una mujer tiene treinta años fértiles –suponiendo que esté “dando leña” durante ellos- tiene que tener treinta hijos (treinta saltos)para no pecar; luego si tiene tres que es la media, ¿ha de conformarse con solo tres saltos fecundantes ella y su marido y dormir de espaldas para los restos?. Con lo de la gula yo estaré condenado, pero cuando estoy haciendo una panzada de una comida que me gusta mucho y a deseos, estoy en la gloria y la valoro; porque vale más pájaro en región metacarpiana que pi elevado al aire. Etc etc.
Demostrado está que los pobres no tenemos “pecados” capitales. No tenemos avaricia puesto que no tenemos el dinero: su fruto. No tenemos pereza: si no trabajamos no comemos. No tenemos ira; yo no sé ahora, pero antes la ira era un mal negocio para los pobres. El que se ponía iracundo lo llevaban pá bajo y cuando le traían para arriba, el más sano traía una oreja arrancada.
Envidia sí tenemos, pero a lo pobre, somos pobres hasta para envidiarnos entre nosotros; sería demasiado envidiar a Henri Ford ¡ni se nos ocurre! A envidiar como Dios manda, les animo, mientras no sea delito.
Si la soberbia es una confianza entera en uno mismo y deriva en la vanidad, esa la disfrutamos todos; soberbios y vanidosos sin muchísimas diferencias lo somos todos; a todo lo que sea hombre le pasa lo mismo ¡si está tenido por Dios no! La soberbia y la vanidad son a ramalazos muy esporádicos. No se apodera de un ser de la mañana a la noche, pero, nadie puede en buena lid llegar a la tremenda soberbia vanidosa de decir que a él no le ha tocado alguna vez mínimamente la soberbia.

 Como usted sabe; por si acaso se lo recuerdo, la soberbia y la vanidad no son un delito. Ande con cuidado de que no se le note su natural soberbia vanidosa, porque se la hará notar y le acusará de ellas el más soberbio vanidoso. Eso sí, desde la hipocresía, con sus grandes soberbias y vanidades muy bien escondidas. Al final somos cachos de carne peluda montada en huesos. ¡Y con ojos!

               


1 comentario:

Pedro Domínguez Herrera dijo...

Mejor imposible podría ser la consideración a esta opinión de mimbres filosóficos en la que el autor va desde una sola posición en busca de la verdad y en una sola dirección para reforzar las discrepancias del lector y para hacerle dudar de lo que no tiene bien definido sobre lo que debe ser la verdadera caridad. Que nadie se soliviante que puestos a filosofar la filosofía se puede plantear la no existencia. Por más este mensaje o como se le quiera llamar tiene un andamiaje literario poco visto, oído y considerado. Hay que felicitar al autor porque el ser liberal es la libertad de pensamiento como así mismo es...