viernes, 23 de enero de 2015

¡Quién reparte mal, recibe mal!

Por Luis C. García Correa
Se recoge lo que se siembra. Si se siembra mal, se recoge mal. Es triste, pero real: nadie da lo que no tiene.
¿Cómo es posible sembrar el mal? Para sembrar el mal es necesario mucho odio, mucho rencor, mucha envidia. Sentimientos que son consecuencia de mala conciencia.
El mal engendra el mal. El bien engendra el bien ¿Quién no sabe esto?
El ser humano es bueno por naturaleza y si se le añade una buena educación, su comportamiento es honesto, participativo y bueno.
Las virtudes y los valores se aprenden por la educación y por el ejemplo recibido. Se adquieren por imitación.
Rezar, tenemos que rezar para que desaparezca la maledicencia del malcriado, del mal querido, del mal deseado.
Quien cultiva y reparte el mal, recibe el mal. Pero ahí no termina todo: comienza la cadena del qué dirán, de lo que ha dicho, de lo quiere que digan y de lo que dirá. Así es como progresa el mal.
Vivir en el mal, desear y repartir el mal es un castigo tan grande, que ya sea de noche o de día, no deja de amargar la vida.
No existe razón objetiva o subjetiva que ampare la razón de dar y repartir el mal.
Existen razones objetivas y subjetivas para, en cualquier circunstancia, repartir el bien.
Repartir el bien llena de alegría, esperanza y libertad.
Repartir el mal llena de tristeza, amargura y de cadenas: el mal esclaviza.
Hemos nacido para la felicidad y la libertad, todo lo que la coarte o disminuya es de una enorme y gravísima responsabilidad.
La bondad, antítesis de la maldad, genera el bien eliminando el mal.
¿Está de acuerdo? Rece con nosotros y tendremos la mayoría que necesitamos para arrinconar el mal y resaltar el bien. Para conseguir la plena felicidad y la plena libertad.


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