lunes, 5 de septiembre de 2016

¡El día que nací!

Por Luis C. García Correa
El día que nací fue el comienzo de mi vida: un don de valor incalculable que debo a mis padres, en especial a mi madre por no haber abortado.
Nací, crecí y sigo creciendo en saber, solidaridad, humildad y bondad.
¿Qué es lo que me falta? Llegar a la muerte.
Pero, antes de la muerte, ¿qué me falta? Vivir plenamente la honestidad, no fallar al amor a los demás y no fallar al amor, profundo y esperanzado, a Padre Dios.
¿Qué puedo hacer entonces, con la edad que voy teniendo? Tratar de ser consecuente, en especial ayudando.
¿Por qué ayudar? Porque la felicidad está en compartir, el amor en compartir y la libertad en compartir. Sin compartir no hay amor, ni ayuda, ni felicidad, ni tampoco libertad.
El día que nací comenzó mi vida, en la que mis padres y mi familia me dieron los valores por los que estoy dispuesto a dar mi vida.
¿Cuáles son esos valores? Amar a Padre Dios sobre todas las cosas y al prójimo, a usted, como a mí mismo.
¿Qué han significado esos valores en mi vida? Todo, sin ellos hubiera sido otra persona.
Tener valores y tratar de ser consecuentes con ellos es la meta y la labor a realizar a lo largo de la vida para merecer ser un humano honesto, feliz y libre.
Sin esos valores no hay posibilidad de amar, de ser libre y feliz.
La felicidad, como la libertad y el amor, necesitan compartirse, y única forma de conseguirlo es ayudar.
El día que nací comenzó mi andadura, que mis padres fundamentaron, dándome un sentido y una ruta que han marcado mi vida.
El día que nací me ha servido para aprender y comprender.
El día que nací me hizo vivir para sentir y repartir el amor.
El día que nací comencé a caminar el camino de mi vida.
El día que nací comenzó la dicha de la vida.
El día que nací fue el comienzo de mi vida.

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