sábado, 14 de enero de 2017

Plátanos amasados con gofio

Por Jesús Vega Mesa
Me hizo mucha gracia cuando me lo contaron. Un vecino de mi pueblo participó hace unos meses en un concurso de postres canarios. Se presentaron más de cien concursantes con recetas muy  elaboradas:   Mezclas insólitas de productos de nuestra tierra a cual más sofisticada. Para sorpresa del concursante de mi pueblo, su receta, plátanos amasados con gofio,  fue la premiada. Los ingredientes eran plátanos y gofio. Así de sencillo. Y este fue el postre o la merienda de muchos canarios en los tiempos que por aquí  no se conocía el yogur ni el mus ni todas esas delicateses  que nos ofrecen ahora en cualquier restaurante. Me supongo que el jurado valoraría la sencillez del postre y su autenticidad. Qué más se puede pedir.
Como en casi todo, nada mejor que lo sencillo. A mí, por ejemplo, me cansan   los discursos, homilías o reuniones con lenguaje  rebuscado, infinitos,  no hechos para ser disfrutados  sino para el lucimiento de quien lo hace. Me molestan los escritos que hay que leer tres veces para entenderlos. Cuando era estudiante en Colonia, cuenta una profesora, tuve que preparar,   en una ocasión, un trabajo largo y difícil  para una clase en la Universidad. Antes de entregarlo al profesor, lo enseñé a un compañero mayor, que lo leyó con interés, y después me dio un consejo amistoso que nunca he olvidado: Está bien, me comentó. Pero si quieres tener una buena nota, tienes que decir lo mismo, pero   de un modo más complicado.
Así suele ocurrir. Se confunde muchas veces lo complicado con lo inteligente. Cuántas veces hemos oído a alguien que dice: Qué homilía tan buena. O qué inteligente la persona que habló. Y si uno le pregunta cuál era  el tema  responde que no  lo entendió  mucho, pero que hablaba muy bien. Si se habla es para que el público a quien uno se dirige lo entienda. Lo siento, pero hay predicadores –a lo mejor yo soy uno- que son maravillosos…para dormir a la feligresía. Nos olvidamos que Dios, que es la suma verdad, es también la suma sencillez. San Pablo, en la primera carta a los Corintios (14,1) dice que “Si no hablamos con palabras que se entiendan, estaríamos hablando al viento”. Y es que, para ser auténticos hay que empezar por ser sencillos. Sin demasiado decorado, sin afectación. La forma hay que cuidarla. Pero lo que realmente importa es el mensaje que se quiere transmitir-.
El papa  Francisco tiene la difícil virtud de la sencillez. Generalmente no ha sido fácil  leer los discursos o encíclicas de los papas. Sin embargo ahora nos estamos acostumbrando a escuchar o leer  las homilías de Francisco. Hace poco  hacía él mismo este comentario: “En nuestra imaginación –se lamentó- la salvación debe venir de algo grande, majestuoso. Como si sólo pudieran salvarnos los poderosos, aquellos que tienen fuerza, que tienen dinero. Sin embargo la salvación solo viene de lo pequeño, de la simplicidad de las cosas de Dios.”  
El lenguaje engolado, falsamente erudito y rebuscado puede valer  para el lucimiento personal. La forma de hablar llana, sencilla, humilde, auténtica, es como los buenos postres. Fáciles de entender y gustosos al paladar y al corazón. Como los plátanos amasados con gofio. 

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