miércoles, 10 de mayo de 2017

Por Luis C. García Correa
La monarquía parlamentaria es un sistema político que tiene un monarca como jefe de Estado.  
En la monarquía parlamentaria española, el Jefe del Estado es el Rey con el añadido del mando supremo de las Fuerzas Armadas. La mayor parte de su función es representativa del Estado, de la Nación, y como  tal, protocolaria. Otras funciones incluyen la responsabilidad de arbitrar y armonizar el funcionamiento del Estado, más allá de la resolución de conflictos entre los poderes del Estado, que suele residir en un Tribunal Constitucional. Es función del Rey actuar para ayudar a las instituciones y al pueblo, o velar para que se respeten las leyes que elabora el Parlamento y que hacen cumplir el Poder Ejecutivo, el Tribunal Constitucional, los Ejércitos y las Fuerzas de Seguridad del Estado.
Como ejemplo, y en la práctica habitual, puede ayudar y ayuda como árbitro entre los distintos partidos políticos que han sido elegidos, intentando encuentre el fin para el que fueron elegidos: representar a los ciudadanos en el Gobierno del Estado.
Pero hay algo del Rey parlamentario que es de una grandiosa actuación y representación: “al ser el gran símbolo de la unidad nacional”. 
La monarquía hereditaria es el sistema más común de escoger a un monarca, además de tener el gran valor de la historia, porque la monarquía no se puede improvisar ni crear por acuerdos y votaciones, se tiene o no se tiene. Este valor histórico es uno de los grandes valores a proteger, valorar y amar, al tener la monarquía necesariamente una historia singular e irrepetible, que en el caso de la española es varias veces centenaria.
Ya no existe, y menos en España, la monarquía del antiguo régimen, que era una monarquía en la que el poder supremo ejecutivo del Estado estaba en el Rey. Así eran los reyes absolutistas, en donde se añadía que la legitimidad provenía de un derecho divino y la soberanía se ejercía como un derecho propio.
Ya esta teoría es historia, porque el progreso de las libertades y de la cultura de los pueblos ha ido fortaleciendo la autoridad del pueblo en su responsabilidad, solidaridad y honesta participación.
Siempre digo y repito: “¡la honesta participación es la solución!”, y lo es para una segura, feliz y próspera convivencia.
La honestidad es el cimiento del orden, de la felicidad y de la libertad, y en donde se cimentan las monarquías parlamentarias.
El Rey parlamentario es el Representante de la Nación como Jefe del Estado, pero sin atribuciones gubernativas, que en España, las tienen el Gobierno y Administración del Estado, la Justicia, las Cortes y el Senado.
Tener una monarquía, y encima parlamentaria en estos días, es un honor y un valor, que se tiene o no se tiene. No hay forma de crear hoy una monarquía, su cimiento solo puede ser la tradición y la historia.
Benditos y afortunados los pueblos que tienen monarquía, que la conservan y protegen como valor de su historia, y porque la monarquía es la historia viva del pueblo en la persona del Rey o de la Reina, de su ascendencia y de su descendencia.



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