jueves, 27 de julio de 2017

¡Dime gofio peligroso! ¿Cómo siendo tú tan sabroso, estás falsificado?

Por Antonio Domínguez
La catedral no necesita adornos. La catedral literaria mas grande de todos los tiempos, la levantó un manco. Un solo brazo (salvado en Lepanto) le bastó para erigir la obra que asombraría al mundo. ¡No le cambiaría, eso, nadie y nada le haría pasar de un extremo a otro: nadie puede hacer deconstrucciones de la globalidad inmensa de que el mundo se construye!. 
Siempre está la otra parte del asunto: personas que aun no siendo enanas, se creen muy grandes. Se puede ser grande en las ciencias, letras y las artes.
Se puede ser un Liszt, o un Chopin, o un Verdi y no pasar nada; y puede pasar demasiado mucho con chica isleña, que no sabe cantar, no tiene voz, no tiene educación musical, no sabe tocar la guitarra, y, a pesar de nada, llena estadios; vende todas las entradas y vuelve locas las masas. Otro tanto de lo mismo pasa con la pintura; prosa y poesía, en cuanto a logros y reconocimientos; que no son iguales perteneciendo al amplio montón, que, los que se logran en la altura del estudio y la técnica verdadera.
Mi asociado compadre tiene una habitación llena de trofeos ganados en el ajedrez canario, pero, ni es maestro FIDE, ni maestro internacional, ni gran maestro; ni siquiera es campeón de canarias; todo queda en triunfos pueblerinos y en clubes de la mas barata matrícula, ante los que eran peores que él. ¿tienen valor universal los títulos ganados por mi socio? ¡pues no! Por lo menos no sirven para estarlos aireando a pique de que cojan catarro, que entonces, sí que se quedarían en nada.
Galdós; Alonso Quesada; Tomás Morales, ojo Antonio Morales no; Alfredo Kraus, serán recordados siempre. Rosana será olvidada; como olvidadas y no reclamadas están Marivi Cabo, Isabel padrón y Lea Zafrani: las tres grandes cantantes ligeras (de las de verdad) que han dado las islas. Estas si que tienen voz, saben cantar, tienen cierta educación musical, y, a pesar de todo, no llenan estadios, ni venden todas las entradas, ni vuelven locas las masas. 
A mi compadre solo le conocerán vecinos y allegados, y será un auténtico desconocido en la posteridad igualmente que todos los con méritos a nivel local; a pesar de sus diplomas y títulos; medallas, copas y reconocimientos. ¿Porqué? Porque lo local tiene la monta que tiene, y no es mucha la verdad. Son valores emocionales y sentimentales ¡no cabe duda!. Tiene esto gran similitud con los concursos de Mises: se quedarían los títulos otorgados por los amigachos en la lejanía de la elegida Miss, con la corona de reina de la simpatía: ¡mas fea y colorada que  la mandanga de un perro!; que llega ahí por hija de papá, que si no ni eso. ¡Para grandes logros se necesita valía personal, que sin ella, son imposibles. Para pequeños y medianos logros están los amigos; que se encargan de postergar la valía, en socorro del mediocre que está en el nido con el pico desencajado.
¡Claro! pocos son los que tienen muchas distinciones aunque sean de poco valor. Los pobres con agüita hacen caldo. ¡¡los ricos también le echamos!! Porque lo indiscutible –y por tanto imposible- es que, sin agua, caldo, se pueda hacer.
Las distinciones que no son siquiera títulos nacionales y que conceden los amigos en agasajos, agasajantes, en los linderos del bucolismo, son baldíos y están vacios; en vaciedad semejante, no se deben blandir, para que de ellos, se entere el mundo; ya que al mundo nada le interesan cosas domésticas y domesticadas y mucho menos los números veinte o más en la clasificación a que se recurra o se concurra. 

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