jueves, 13 de septiembre de 2018

Una síntesis de la Amistad

Por Antonio Domínguez
Los conceptos, todos, han sido ya llevados a síntesis mil; según quien los argumente, evoque, etc.
Yo no me voy a pasar por el tremendo sacrificio de la tesis y antítesis (aunque en cierto modo lo que sigue es antitético de las tesis conocidas) del concepto no-enemigo. Me sitúo ya en su síntesis porque hablar es gratis (si como es el caso no se le ofende a nadie) y además solo dispongo de un artículo para lo que haría falta un libraco.
 Desde tiempos de los que casi no queda memoria; desde la China de Confucio y más atrás, se cantaban las excelencias del amigo y de la amistad; todo ello estaba muy bien en mundos donde se viajaba a caballo durante días y meses en unión de los congéneres; cuando se salía de caza durante lunas, en fin, cuando las actividades era necesariamente colectivas. Hoy que aparentemente vivimos en colectividad, no es tal esa colectivización, en el sentido de que el éxito de cualquier empresa (ello en total amplio sentido de los negocios humanos) atañe a su solo dueño y ha de bregar para que el esfuerzo individual de cada empleado se sume al resto “colectivo” para tener éxito; por lo tanto hoy en la despegada “individualidad a que todos aspiramos”, (en secreto desde lo más recóndito de nuestro ser) el concepto de la amistad -que tiene ya miles de noches sin dormir- debe ser revisado para rechazar la vejez de su estilo e ir a pensarlo y tratarlo desde nuestra contemporaneidad más lúcida y no seguir utilizando engañados, algo como la amistad -que como el Titanic-  se hundió hace muchísimo más tiempo que este buque. Entrando ya en las disquisiciones que arriba “se recomiendan” empezamos por decir, que, nuestro “amigo” no es la contestación a nuestras necesidades. Esa contestación la es de nuestra esposa, nuestros padres, nuestros hermanos -y no siempre-; y por supuesto de nuestra laboriosidad, parquedad en el gasto: que de la madera tan torcida de que el hombre está hecho nunca será totalmente recto y habrá de apoyarse cuando va cambando más, apuntalado en sus teneres, porque, cuando se va a menos y se llega a nada, “es inútil que busque el desgraciado quien quiera su dolor con él partir; sordo el mundo le deja abandonado sin aliviar su mísero vivir“; entrado “allá” e instalándose en consecuencia, artificialmente, en las postrimerías cuando se llega a estar viejo feo y pobre, ya se pueden meter en mismo saco a amigos y deudos ambos inclusive: contumaces abandonadores de obligaciones filiales, que fueron siempre ansiadas y esperadas y por lo mismo más descorazonadoras y desengañadoras; mucho más dañinas -solo estas- que las de la mentirosa, pueril desilusión de la amistad traicionada, entre los que creen en ella. Es capital que los que no creemos en ella, jamás nos dará el menor palo.
En los campos que dos amigos han sembrado con amor y cosechado con agradecimiento, ha habido infinidad de casos en que uno ha cobrado la cosecha y se ha llevado el dineríl montante, al completo, para la península y ¡ojos que te vieron ir por esas mares afuera!.
El amigo no es ni nuestra mesa ni nuestro hogar como se pretende en las filosofías caducas: árabes, indias y chinas sin ir más lejos, porque él es sujeto y la mesa y el hogar son objetos. Cuando nos aproximamos a él con nuestra hambre y nuestra paz nos pasa lo que a uno en Agaete que le dijeron: mira … paja “pal” burro no hay… Fefa tiene los calderos virados pá bajo… si no te estás mucho, al risco llegas con el día.

Cuando el amigo revele su mente, échate a temblar, ten un lugarcito para el “no” que va a parir de seguro tu amigo y guarda tu “sí” en lo más recóndito de tu cerebro. Cuando esté silencioso y no cesa tu corazón de escuchar el suyo, habrás de tener mucho cuidado porque ya esto es un amaneramiento, por no usar el irrespetuoso termino mariconada. Cuando escuches a los que dicen, que todas las esperanzas brotan en la amistad y son compartidas con ese placer que no necesita palabras, advierte que ese es otro gran amaneramiento; mucho más grande que la anterior, si cabe. Cuando te apartes de tu amigo, frótate  las manos de placer, porque lo que en él más doblado y escondido está, quizá se vea más claro en su ausencia; al igual que la montaña es más clara para el montañés contemplado desde el llano. Permite que exista todo tipo de interés (o sea, como siempre ha sido y nadie confiesa) en la amistad como medida profiláctica, a excepción de cuando signifique y aspires a enterrarla tu hasta el espíritu, esto es, hasta el alma; entonces se justifican todas las tretas del mundo y son válidas, aun por espirituales que aparenten.
El afecto que no busca más allá en propio beneficio, sino que busca la revelación de su propio misterio, habla de desordenado conocimiento y de un mal acierto. Es una red que se lanza hacia delante, con la que solamente pescamos lo inútil. Si haces que lo mejor de ti sea para tu amigo, más grande será el desengaño cuando te deje colgado. Si él quiere conocer el flujo de tu marea, permítele que se largue con su flujo -que coja la chaqueta-. Los amigos no son buenos -es lo mínimo que se puede decir de ellos- pero es tolerable buscarles cuando se desea matar algo de tiempo. No le busques nunca cuando tengas horas para vivir, te las arruinará, porque las suyas son para él y no colmarán tu necesidad y muchísimo menos tu vacío. En la dureza de la amistad no hallarás la risa honrada, ni aun la podrás participar en aquello que es ingrato, pues, en el rocío de las cosas pequeñas, no encuentra el corazón el frescor de la mañana; y la amistad es un negocio pequeñito y ruinoso, y “un camino muy malo de conocer y si lo quieres saber sométete a peregrino”.
Solo un amigo puede entenderse con nuestra esposa, o nosotros con la de él: como corresponde y es natural a la amistad, o sea, como amigos también; ¡cuando no!, saca a plaza, a traición, conversaciones comprometedoras; cosas que tiene difíciles el enemigo porque está alejado y no -penetra- en nuestro hogar. No quiero saber nada de amigos ni de enemigos. Me quedo en justo medio, y más cuando  los no-enemigos que son el mundo entero son todos míos; en el sentido de no “amigos” ni enemigos, tantos, cuantos no me conozcan no podrán nunca ser “amigos” o enemigos míos. Ya sé, estoy casi seguro que no está usted de acuerdo con esta forma ¿avanzada? de mirar, si es así abandone el papel de fumar y tírele la mano desnuda, sin miedo; la izquierda que es mano extraña. Que sea todo lo dicho de provecho y valga la insolencia: “buena para tener enemigos, los que prefiero si fuera el caso de no poder tener los millones de no-enemigos que de hecho tengo en todo el planeta”.
Se le da aquí fuerza al concepto no-enemigo y es un trabajo de pensamiento que espero le valoren no más allá de su pretensión, que es, el entretenimiento. 
Fíjense muy bien que amigos y enemigos son dos extremos y que el centro neutro  no-enemigos alcanza los siete mil millones de humanos que tiene el planeta. Ahora bien, el concepto no-enemigos, no es una cuestión especial aun por importante que sea y su gran cantidad de personas; sino la cuestión, aquella sin la cual, no puede haber ninguna otra de este jaez. Esto es, que los amigos y enemigos no serían jamás si no hubiera no-enemigos de donde extraerlos. No hay amigos para amigos; las cañas se vuelven lanzas (Cervantes).

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