domingo, 7 de abril de 2013

Cartas al Viento: Prohibido escupir en el suelo.



Por: Jesús Vega Mesa
Los coches de hora, aquellas guaguas amarillas que hace más de cincuenta años  recorrían nuestra isla, tenían en el interior unos cartelitos para advertir de algunas cosas importantes a los viajeros.  Muy cerca del volante y el freno de manos uno de los letreros indicaba “Prohibido hablar con el conductor”. En otro lugar se advertía, bajo multa de cinco pesetas a los infractores: “Consérvese los billetes”.  Y en un lugar privilegiado se leía “asiento reservado para caballeros mutilados”. Pero a mí el aviso que más me llamaba la atención era uno que se podía leer  en dos o tres lugares distintos del “coche de hora”: “Prohibido escupir en el suelo”. Yo pensaba: ¿Pero de verdad hace falta prohibir algo tan ilógico y de tan mal gusto como escupir en el suelo de una guagua? Mi padre, que era chófer de aquellas guaguas de la compañía AICASA, me afirmaba que sí. Y eso, a pesar de la prohibición.
    Hace poco, cuando me dirigía al trabajo en coche, iba escuchando la radio, la emisora que me salió al azar. El  presentador empezó a decir cosas de mucho interés para nosotros los que vivimos en Canarias. Asuntos sobre el agua, los pinares, los incendios, la situación de los ayuntamientos, la economía,  la religión, la Iglesia… Además hablaba  con corrección gramatical y  se veía que en algunos temas tenía los conceptos claros. Pero qué pena. Todo lo decía con insultos a los políticos, a todos. Con tacos de mal gusto, con lenguaje sencillamente grosero.  Yo lo empecé a escuchar con interés  y él seguía diciendo verdades acompañadas  de palabras ofensivas a la policía local,  a comerciantes y  a todo el que se ponía en su camino. Al poco rato sentí como, si más que hablar, aquel hombre estuviera escupiendo a la gente. Escupiéndome. Y escupir a alguien es el peor de los insultos que se  puede hacer. Y usar palabras de mal gusto, lo siento amigo locutor, te estaba quitando la razón. Lo razonable se puede y se debe defender con educación. El oyente se siente tan ofendido como la persona a la que intentas ofender. 
     No hagas caso, por favor, a quienes te animan a hablar así. Quienes  aplauden tu estilo lo que buscan en ti es un circo,  un espectáculo que nada tiene que ver con lo que defiendes ni con tus nobles ideales de justicia y de fraternidad. El mundo no se arregla con prohibiciones. Pero con insultos mucho menos. Es muy bueno que tu programa de radio, como otros que también  intentan construir una sociedad más justa, denuncie las incompetencias, y los intereses y los chanchullos de las personas que fueron elegidas para servir.  Pero hazlo sin chabacanerías. No hagas daño con tus palabras lo mismo que ellos hacen daño con sus hechos. No permitas que tu vocabulario te desautorice.
Yo, que soy creyente como tú, me siento ofendido cuando alguien, en vez de hacer una crítica sana y necesaria a la Iglesia a la que todo el mundo tiene derecho, recurre al insulto o la blasfemia. Pero también me ofende que  alguien, para criticar a un partido o una decisión política, se ampare en la descalificación generalizada o en un vocabulario soez. Y conste que, afortunadamente, la mayoría de los programas de radio y de televisión no caen en esta trampa. Y tú tienes demasiado talento como para tener que criticar escupiendo. No debe ser ningún consuelo para ti, pero hay otros que utilizan la misma forma de hablar que tú, pero no en un medio de comunicación. Los he escuchado en algún bar y en algunas manifestaciones. Hablar así no es señal de valentía sino todo lo contrario.
En un bar de Andalucía leí hace años un cartel que decía: “Se prohíbe blasfemar”. Yo, en tu emisora, pondría este otro: “Prohibido escupir en el suelo”. Y sobre las personas, no te digo. 


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