domingo, 7 de abril de 2013

Nos toca respirar

Por: Tomás Galván Montañez

Solemos decir que se nos ha cortado la respiración cuando nos enfrentamos a una situación de miedo o donde pensamos que el final se acerca. O simplemente cuando somos testigos de una realidad desagradable, inesperada, punzante y dolorosa. La respiración es esencial y hace las veces de máquina para aportarnos oxígeno y expulsar el Dióxido de Carbono generado, y, en ocasiones, de detector que indica que no estamos bien. Su ritmo armónico y rutinario se puede llegar a ver alterado. La respiración agitada es capaz de desvelar nuestro estado de asfixia y la necesidad de ventilar con rapidez para poder solventar algo que nos aterra. Ansiedad, apuntan los tochos de biología.
Nuestro ritmo respiratorio habitual, que oscila entre las 20 y 24 tomas y expulsiones de aire por minuto, se ve alterado. Sube. Se acelera. 40, 50, 60... Empezamos a ponernos ansiosos, el corazón late con potencia y también coge carrera. Tensión. La vista se nubla. Necesitamos más oxígeno, que la sangre se limpie y recorra con agilidad nuestro cuerpo y mente. Ilusos e inconscientes, deseamos que nos limpie completamente y evitar, así, afrontar lo que nos aterra, aunque a veces siquiera sabemos cuál es el motivo de nuestro horror.
Seguimos perjudicando nuestro ritmo con un descontrolado corazón bombeando sangre y unos pulmones en sus máximos. En sus límites. Sangre. Oxígeno. Pum-pum, pum-pum... Más ansiedad. Atormentados, temerosos, inconscientes, aventuramos posibilidades. ¿Y si no respiramos? ¿Tomaremos así mejores decisiones? Rápidamente contenemos la respiración, ahora cara a cara con nuestro problema. ¡No voy a respirar! le llegamos a decir. Venceré.
Y esto, es mentira. No venceremos, caeremos asfixiados hasta morir retorcidos. Si conseguimos dejar de respirar, nuestros pulmones se retorcerán y el corazón, poco a poco, se desvanecerá con nuestra vida. Para vencer, aunque sea muy difícil, aunque la adversidad y el peligro nos resoplen con soberbia y aires de altanería, queda respirar. Y con calma. Debemos dejar que el cuerpo haga su labor: que entre oxígeno, que bombee la sangre y realice esta su recorrido. Si dejamos de respirar, pensar será imposible. Habremos sido derrotados. En cambio, decidiendo respirar, ventilar y renovarnos por dentro, habremos vencido una batalla. Respirando se piensa mejor. Y al rato nos sentiremos limpios, aliviados. Toca respirar. Coger aire. Calmarnos. Ser conscientes de nuestra respiración y de los latidos que el corazón genera. Tenemos que enfrentarnos al dolor, a la incertidumbre, pisando decididos y con una respiración plena. Respirando se vive y se piensa. Respirando vivo y pienso. Y escribo.

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