martes, 9 de abril de 2013

¿Por qué agachamos la cabeza?

Por: Luis C. García Correa y Gómez

Agachamos la cabeza por dos razones: por respeto, o por falta de respeto.
Las personas educadas agachan la cabeza por respeto.
Las personas maleducados lo hacen por falta de respeto.
Quien se comporta como una persona bien educada, inclina la cabeza (se quita el sombrero, decimos a veces) ante quien se ha ganado una  alta consideración moral, como señal de respeto.
El mal educado la inclina por mala educación. Y me explico.
Tengo por costumbre -así me lo han enseñado- saludar a quien me encuentro. La mayoría me mira de frente y me devuelve el saludo. Unos pocos se empurran, desvían la cabeza por mala educación, y no te saluda.
Es verdad que la Real Academia explica que quien hunde u oculta la cabeza, quien se empurra, lo hace por disgusto o por mohína. Pero, por desgracia, cada vez me encuentro con más personas que giran la cabeza por falta educación. Disgustan a los demás y se disgustan a sí mismos.  
En ocasiones he entrado en un ascensor lleno, con diez o más personas, y nadie ha contestado a mi saludo. Esto me ha ocurrido, sobre todo, en la ciudad. El campo es más saludable y no solo porque el aire  esté más limpio. Todavía hoy, en el campo, se tiene por malcriado al que entra y no saluda.
Hay normas y comportamientos que fortalecen la convivencia. Otros la disminuyen y la dificultan tanto que llegan a hacerla imposible. Anulan la convivencia.
La educación es necesaria en todos los órdenes de la vida.
La felicidad es compartir. La libertad la fortalece e incrementa, siempre que se ejerza con un mínimo de educación.
Para ser feliz y libre es absolutamente necesario ser bien educado: tener muy claras y practicar unas normas de conducta que pongan de manifiesto algo tan fundamental como lo es el respeto.
Todo ser humano merece respeto.
Debemos fomentar los actos que aumenten nuestra felicidad. Si nos sentimos felices y contentos contribuiremos a la felicidad de los demás. Saldremos de nuestro "empurramiento", si se me permite la expresión. No eludir el contacto visual. Al contrario: mirada limpia, amable; cuando menos respetuosa; y mejor aún, comprensiva y alegre.
Compartir la educación engendra el bien. Recibir mala educación engendra el mal.
Los problemas diarios de la vida son suficientes. No hace falta añadir otros, sobre todo cuando, todos,  podemos mejorar el ambiente y la sensación de bienestar de una manera bien sencilla: buenos días, por favor, muchas gracias, ¿cómo le va? 
El bien es difusivo. La buena educación genera una atmósfera que regenera al maleducado. Los efectos de la buena educación se multiplican de manera exponencial. Cuando uno percibe que le tratan con respeto, crece. Y comienza a tratar mejor a los demás. 
El poder de una mayoría honesta y educada es de tal magnitud, que no hay nada que se le resista: ni las crisis de valores, ni las crisis económicas.
La situación actual es culpa de los maleducados. De los activos y de los pasivos, pues por ambos caminos se puede llegar a la perversión.
Reciban el saludo de quien les quiere con alma apasionada, y espera saludarles personalmente, mirando de frente, y con la cabeza levantada.

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