sábado, 13 de abril de 2013

Libros

Por: Pedro Domínguez
Herrera

Hasta hace bien poco tenía un gran concepto de los libros y sufría cuando los veía apilados en los contenedores de basura. Hace unos días empecé a remover los   que tengo en la habitación de la azotea y empecé a ojearlos y a poner en cajas para deshacerme de los que no me gustaban. Me di perfecta cuenta de cuanto libro malo me habían colado, los regalos de los que por no tirarlos, me los daban con la frasecita: -¡Como a ti te gusta leer!. La verdad que he leído pocos libros, pero algunos varias veces. Leer con el deseo de acabarlo, es como alimentarse a la fuerza y eso no presta al entendimiento; es más me atrevo a decir que mejor no leer que leer los librejos que abundan, como los mas vendidos, que se acercan a las mil páginas, que se podrían resumir en cincuenta y que hacen pasar al lector por el calvario de tener que leerlos, para cuando en tertulias  con sus amistades, poder hablar de estos esperpentos literarios que están de moda.

Se imaginan un prospecto de medicina escrito por estos literatos de las mil paginas, la enfermedad haría estragos en el paciente antes de enterarse de que va la cosa.
Cualquier popular presentador, futbolista, cantante, alpinista… escribe su libro para sus adeptos. Hay libros de masajistas, de medicina natural, de cocina, para auto estima… todos son lo mismo, se copian unos de otros para no decir nada o muy poco. Todo libro sin proponérselo, con su titulo da a conocer la calidad de su contenido, esos bellos títulos de los libros de poemas, novelas tituladas con mensajes o frases surrealistas o libros técnicos con indicativos que son lo máximo en la materia. Teniendo en cuenta estos detalles, salvo raras equivocaciones, se puede saber la calidad de un libro sin tener que leerlo. Me decía José Bolaños, mi maestro, que lo primero que había que leer de un libro era su índice. En los literarios  si sus reclamos exteriores y después de leer unas diez o quince paginas, si no me gustan, los desecho.
Hay una frase que dice, que de todo libro siempre se aprende algo y creo que no es cierta, con ciertos libros se pierde algo, el tiempo que empleamos en aprender. Si el libro es malo se deja de  leer uno bueno y hace que se pierda el gusto por la lectura.

Hay quienes creen, que con leer dos libros a la semana  pueden llegar a ser entendidos en literatura y cultos. Las novelas malas son como las del “oeste” cuando lees una ya las has leído todas.
No se si por casualidad, de todos los libros que  aparté, de los que  ya tenia por buenos o muy buenos solo escaparon unos cuantos pequeños. El libro grande es malo, salvo raras excepciones.
Donde más se nota la ingenuidad de los autores es en los libros de poesía, la inmensa mayoría de ellos son tan malos, que ofenden y hastían al entendimiento…

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Perico. Nerón canario del mundo. Humano pedernal, encendedor de libros la pira. Homónimo colega del ilustre barbero que con su consustancial cura al lado, tiraran libros a patio ardiendo, a cientos. Tocas de refilón una verdad: “los libros siempre se leen con el deseo de acabarlos” solo para poder decir: sé tres libros más que tu. Faltó que, poquísimas personas leen despacio como el que come manjar escaso para que no se le acabe; por lo que los que no releen, nunca serán algo. Dices que los libros hediondos son copiados. Yo digo ¡amén! Lo bueno es el que estudia periodismo, e incapaz de hacer una ridícula columna diaria copia tal cual del inglés, francés, etc. Con lo de Bolaños patinaste porque el índice es lo primero que lee hasta el que poquito mira. Hay quien pasa la sinopsis y con solo ello debate en TV . Tienes razón Perico y yo te abundo; que los libros hediondos siempre estuvieron en manos de toletes, como arma disuasoria, que dice ¡ojo, te llevo catorce libros de ventaja!, por eso, les sacan para leerlos en la incomodidad de la piscina; en la playa en lectura solazada y solapada del acecho al sexo contrario; en el bullicio de la cafetería y demás; en la incomodidad y los vaivenes de la guagua… Los libros serios (no hediondos) son para interiores, en total silencio para que surta el efecto medicinal de su grandeza (bastante prescindibles, a lo que se ve en comportamientos, credos y formas de decir). Cuando un libro serio pone los hidráulicos en marcha y tira de nosotros hacia sí, nos penetra dentro de su mundo y nos olvida de que existimos, por eso, porque ya nos adentró en su existencia. “LIBROS” de momento, es el artículo tuyo que más me ha gustado. ¡En hora buena!
Antonio Domínguez

Sergio Naranjo dijo...

Muy bueno ese artículo. Pero entro en discusión con las novelas del oeste.
Yo, que soy muy leído, nunca me avergüenzo de aquellas novelillas que compraba en el bazar de Sarito, de Marcial Lafuente Estefanía, de Keith Luger y Silver Kane. Llegué a tener más de doscientas. Y comparadas con los tochos que ahora tanto se leen, me siguen pareciendo obras de arte.
Un saludo.