viernes, 14 de junio de 2013

La supina irresponsabilidad

Por: Luis C. García Correa y Gómez
Vivimos en Gran Canaria (España) uno de los momentos más trágico de su historia reciente. Sin duda, el más trágico de la historia que he vivido y recuerdo.
Nuestra economía está “en caída libre”, según el diagnóstico de mi querido y admirado don Juan Arencibia Rocha.
No sé si hay algún estamento particular, social, empresarial, político local o nacional, que luche, denodadamente, para parar esta caída. Poco podrá hacer si no permite que la sociedad civil asuma sus responsabilidades y tire hacia arriba en la parte importante que le corresponde.
La corrupción es un hándicap.
Aquellos responsables políticos -meros administradores-, algunos ya estigmatizados por sus comportamientos deshonestos, no sólo retrasan el progreso, sino que lo destruyen.
El ejercicio del poder que se concede a los que ostentan algún tipo de autoridad tiene una repercusión inmediata y determinante en las familias y en la economía.
La autoridad conlleva la toma de decisiones.
La honestidad, la participación.
La participación honesta es la voz de la autoridad disidente, la mayor fuerza frente a la autoridad "legítimamente" constituida.
Para que la autoridad se ejerza de manera honesta, es imprescindible la participación mayoritaria del pueblo, cuya responsabilidad es máxima.
Lo contrario es la supina irresponsabilidad, que, desafortunadamente, campa por sus fueros en estos momentos de la historia.
¡Dios mío! ¡Cuánta irresponsabilidad! ¡En qué poco tiempo se ha enseñoreado del cuerpo social! ¡Qué necesaria y urgente es la responsabilidad honesta!
Cada uno nos debemos preguntar ¿cómo colaboro a aumentar o mantener la irresponsabilidad?

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